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Ante el trágico choque de trenes de la línea Sarmiento la justicia deberá determinar si la oposición contrató a un kamikaze japonés para producir la colisión entre las formaciones o si fue responsabilidad del ministro Randazzo que desmanteló los trenes del Sarmiento para poner en funcionamiento el tren fantasma del nuevo “Parque de la Kosta” (como titulaba TN el día de la estatización), en el caso de que algún medio haya dado en la tecla.

No creemos en la teoría del Motorman Kamikaze (aunque conociendo a la oposición no la descartamos), en lo que sí creemos es en lo bien que le vino a la oposición este choque, justo cuando se descartaba que el asesinato de Ángeles Rawson no era un típico caso de “inseguridad” que inmediatamente haría responsable a este gobierno.

La seguidilla de pesquisas esquivas del caso Ángeles siguió con la negación de que hubiera existido violación.  Los mismos pronosticadores ya sabían que la familia tenía algún tipo de responsabilidad y los lobos persiguieron a la madre y a la abuela de la víctima cuando iban a declarar, y la verborragia del padrastro coincidía con el perfil de un psicópata. Pero esas hipótesis fueron cayendo una a una.

Bueno, justo ahí apareció la tragedia de Castelar y la voz de los defensores de la privatización neoliberal salieron al ataque contra  “Un Estado indiferente a la vida de las personas” (título de una nota en La Nación), como ellos siempre lo quisieron. Esta vez la carrera fue para ver quién sentaba en el banquillo a quién. La oposición al abandono, inoperancia y corrupción gubernamental; el oficialismo, al maquinista, porque es obvio que los trenes andan de diez, no podía ser otra cosa.

En el camino TN realizó un informe sobre el “Deterioro de la señalización del Sarmiento”. Mientras entrevistaban a un trabajador de esa línea, que con razón criticaba el estado de abandono en el cual se encuentra su lugar de trabajo, un  zócalo debajo de la pantalla anunciaba: “La realidad desmiente un poco al gobierno” . Digamos que según la realidad, el gobierno tiene un poco de razón también.

Nadie podía afirmar nada pero todos insinuaban lo que les convenía.

Un informe de 678 el mismo día de la tragedia decía: “hace pocas horas sucedió el trágico accidente ferroviario y obviamente no sabemos qué paso”. Aquí podría haber terminado el informe, pero prosiguió, “uno de los indicios que surgen, no resaltados por los medios hegemónicos, es la coincidente opinión de los pasajeros acerca de los frenos y la velocidad del tren”, y después de pasar varios testimonios que iban en ese sentido, la voz en off concluye: “estos testimonios coincidentes marcan una referencia pero no permiten, a esta altura, emitir juicio alguno”.

En una clase de la cátedra “Esto es hacerle el juego a la derecha”, el tiro por la culata del kirchnerismo, Luis D’elia, publicó en su Twitter “Si bombardearon una Plaza llena de gente, como no van a estampar un tren a toda velocidad contra otro lleno de trabajadores HDP (sic)” y una hora después redobló la apuesta, volvió a twittear “Con frenos nuevos los últimos 150 mts. y a 63 km. el tren fue solo al choque. El motorman se fugó a la parte de atrás o se tiró”. Por supuesto estas declaraciones fueron motivo, no solo del regocijo de La Nación, sino de una nota en su diario.

Los trenes estuvieron en la agenda de todos, antes de la tragedia, cuando fue noticia la estatización del Tren de la Costa, junto con el Parque de la Costa y los trenes de carga en manos de la empresa brasilera ALL. Es para resaltar que el tratamiento que los medios le dieron al hecho demuestra que se ha ganado una batalla, si se quiere cultural, acerca de la necesidad de que los servicios públicos estén en manos del Estado. Ni la derecha pudo cuestionar abiertamente las estatizaciones, pero sí empañarla con las campañas de denuncia de corrupción e inoperancia por parte de funcionarios del gobierno.

Parecen cambiarse los roles cuando hay que defender lo indefendible, de uno y otro lado. Porque los progresistas, los populares, tienen que gambetear un debate que, haya sido quien haya sido el culpable, es imposible de ocultar, porque es la realidad de millones de trabajadores que a diario se enfrentan con la rutina amarga de tener que llegar a sus puestos de trabajo envidiando a las vacas que van en el camión. Y los otros, los sin vergüenzas, responsabilizando a un Estado que ellos pugnaron por achicar para agrandar la Nación.

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