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En San Pedro, Jujuy, el 24 de marzo, policías de Protección Ciudadana detuvieron a Jorge Salazar y a su hermano. Lo mataron a piñas. Le reventaron el hígado. Intentaron que pareciera muerte por broncoaspiración. Lo curioso es que ahora ocho policías están detenidos.

No pasó lo mismo con Juan Martín Gómez, Sonrisa. Lo detenían continuamente. Lo cagaban a piñas, lo torturaban. Su padre está convencido de que lo usaban para traficar droga desde Bolivia. Cuando se intentó recatar, apareció muerto el 17 de junio de 2012 en la casa de un policía. El cuerpo estaba incrustado en un ventiluz del baño por donde claramente no cabía, y ahorcado por su propia campera. Algunas versiones dicen que estaba en sentido de salida; otras, de entrada. Tenía moretones en la cara. La causa está estancada como si hubiera sido un accidente al querer entrar a robar a la casa, que una vecina describe como “aguantadero”, para robar. Las pruebas aparecieron ultrajadas: todas las comunicaciones de ese día fueron borradas del celular, que fue entregado sin la bolsa correspondiente. Los pibes presos ese día en la comisaría confirmaron las sospechas. Escucharon a los policías hablar de Sonrisa.

Pablo Juárez, militante de la Agrupación 24 de Marzo Nunca Más, asegura que diez jóvenes por semana llegan torturados al Patterson. “En el hospital La Esperanza los médicos son cómplices porque se callan”. “Todos saben que es el hospital de la Policía”, dice Juan, padre de Sonrisa.

Gladys, madre de un chico perseguido por la policía para que venda drogas, cuenta que en una de las caídas de su hijo, se enteró que cuarteleros invitan a los presos menores a cometer violaciones a otros detenidos en la cárcel de San Salvador. El entonces fiscal Cattán prometió ayudarlo a rehabilitarse y salir del consumo de paco. El instituto de menores adonde lo mandaron no contaba ni con psicólogos.

Juárez llevó quince denuncias a Buenos Aires porque no consiguieron que tantos otros se animaran a denunciar. Tienen miedo. La familia de Sonrisa, por ejemplo, ahora es perseguida policialmente. Los levantan selectivamente, aunque estén en grupos. Al tío, le pisaron la cabeza, le pegaron patadas, lo golpearon con cachiporras en la cara, en la espalda y en las piernas. “Uno de los policías intentó ahorcarme y me dijo: si seguís jodiendo con las denuncias que estás haciendo te va a pasar lo mismo que a tu sobrino”.

A José Vaquel en la plaza central lo pararon agentes de Toxicomanía, lo golpearon, lo subieron al auto. Por radio escuchó: “A que no saben el regalito que les llevo, prepárense para el baile”. Lo desnudaron, le pisaron la cabeza, lo picanearon, y le pusieron una bolsa en la cabeza hasta que llegó su hermana, que hizo la denuncia en organismos de Derechos Humanos. La empezaron a perseguir a ella. “Dejate de joder con los Derechos Humanos porque te vamos a matar a vos y a tu familia”, le dijeron desde un auto, que testigos señalaron como propiedad de un policía de toxicomanía.

A Fabián Flores, en febrero de 2012 los de la Comisaría Novena y de la Infantería lo llevaron a un monte y le dispararon 26 balas de goma. Un año después, policías borrachos lo insultaron desde un patrullero, lo fueron a esperar a la casa, entraron con él, lo detuvieron, le sacaron la ropa, le tiraron agua, le pegaron, le saltaron encima y, después, lo picanearon.

A Emilio Gómez, el 23 de septiembre de 2012, lo insultaron, golpearon, le ajustaron las esposas hasta lastimarlo. Se pararon con las botas sobre su espalda y le siguieron pegando. Cuando estaba quedando inconsciente, le pegaron tres culatazos en la nuca. A la abuela del joven no le quisieron tomar la denuncia en la Regional Nº2 de San Pedro de Jujuy.

Mientras Juárez lo denunciaba en Buenos Aires, tres personas vestidas de civil se presentaron sin orden judicial en la sede del “Movimiento 24 de Marzo Nunca Más” de San Pedro, para pedir información acerca de él y del padre de Sonrisa. A la militante que los atendió le preguntaron cínicamente si no tenía miedo de vivir sola ahí.

Los adjetivos sobran. La repetición de las torturas y amenazas funciona como conectores. Los nombres de los policías son circunstanciales. Es la institución la que tortura sistemáticamente.

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