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“Hay un antes y un después de este operativo…Ahora tenemos que aplaudir todos”, dijo el gobernador de Santa Fe, Antonio Bonfatti, junto al secretario de Seguridad de la Nación, Sergio Berni, cuando terminó la ocupación de veinte barrios rosarinos el 9 de abril, por parte de casi tres mil efectivos de la Policía Federal, Gendarmería, Prefectura y las Tropas de Operaciones Especiales de Santa Fe. Aunque los resultados fueron anoréxicos a la hora de secuestro de droga y también en relación a las detenciones, a consecuencia de filtraciones que llegaron con puntualidad a los búnkers.

Un día después, los cronistas de los medios locales repetían los comentarios de los vecinos que ahora expresaban la “sensación de seguridad”.

Pero las calles de la ex ciudad obrera estaban patrulladas por tremendos camiones artillados de las fuerzas de seguridad nacionales y por la noche, el ruido de las hélices de los helicópteros pintaban un paisaje de película de guerra. De ahí que el ministro de Seguridad de la provincia, Raúl Lamberto, haya salido a decir que se trataba de “un operativo de pacificación, no de ocupación militar”.

La última presencia masiva de tropas federales en el sur de la provincia de Santa Fe se produjo el 20 de marzo de 1975, cuando el ministro del Interior del gobierno de Isabel Martínez de Perón, ordenó invadir Villa Constitución para detener a doscientos delegados de fábrica. Eran casi cuatro mil efectivos de distintas fuerzas acompañados por bandas de ultraderecha de las patotas sindicales que convirtieron al albergue de solteros de Acindar en uno de los primeros centros clandestinos de detención y torturas de la Argentina.

-No venimos a buscar narcos, venimos a ocupar el territorio- le dijo Berni a los únicos tres periodistas que estábamos en el Centro Operativo de la Prefectura Naval de Rosario.

-Es el mapa de la pobreza…-le susurró el ministro de Seguridad de la provincia, Raúl Lamberto, a este cronista mientras veían el mapa digital proyectado sobre una pantalla en la sala del Centro Operativo. Efectivamente, los 67 puntos clave, marcados en rojo, rodeaban el centro rosarino. Pero el espacio blanco, ese centro rosarino, es el lugar donde empresarios, funcionarios de dudoso proceder, dirigentes varios, contadores, abogados y otros tantos integrantes de la fauna urbana hacen fortunas con el lavado de dinero ilegal que viene, fundamentalmente, de esa forma de acumulación fluida y permanente que es el narcotráfico.

El gobierno nacional había tildado a la administración santafesina de “narcosocialismo” y la provincial cargaba culpas sobre el kircherismo. Este año, la cosa cambió. Ahora hay que aplaudir juntos. ¿Por qué ese cambio? Quizás la respuesta está en la historia reciente de las relaciones de gobiernos provinciales y de la propia administración kirchnerista con Estados Unidos. En enero, el cuestionado general César Milani, jefe del Ejército argentino, anunció la compra de 35 camiones Hummer al Comando Sur de Estados Unidos para “combatir al narcotráfico”. Semanas después, Bonfatti y Lamberto recibían instrucciones de la DEA y el FBI para implementar políticas en contra del avance narco. Entre febrero y marzo, el propio Berni, Daniel Scioli después, funcionarios del gobierno cordobés de De La Sota y también integrantes del ejecutivo mendocino, hacían el mismo periplo.

Es el guión de la llamada “doctrina de seguridad ciudadana”, la forma de control social y política que viene implementado Estados Unidos desde el lanzamiento de la guerra contra el narco que declaró Ronald Reagan en julio de 1988. Es el mismo guión de una película de terror que se experimentó en el Plan Colombia, el Plan Mérida, en México y en Brasil. El resultado fue la disminución de las tasas de homicidios pero el aumento de las desapariciones. Y, a su vez, la continuidad de la violencia y el negocio narco. Los tres principales exportadores de cocaína a Europa son, según el último informe de Naciones Unidas del 27 de junio de 2013, Brasil, Colombia y Argentina.

Este cronista nació en Rosario hace 51 años. Disfrutó de aquella ciudad obrera, industrial, ferroviaria y portuaria que ofrecía trabajo a las pibas y los pibes que terminaban la secundaria y podían encontrar empleo. Vinieron los saqueos del mapa intocable de la riqueza y no hubo una sola explicación para esos lugares que se quedaron sin herramientas materiales para sostener los proyectos de vida. Surgió, entonces, la economía informal, fresca y alucinada del narcotráfico. Consumidores, consumidos, soldaditos inmolados en el altar del perverso dios Dinero y socialización de las armas, las dos grandes fuentes de dinero fresco y que no paga impuesto a algo que tiene el capitalismo. Drogas y armas, bien cerquita de nuestros pibes. Mucho más que un trabajo digno.

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