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Dos de cada tres argentinos votaron contra el plan de ajuste. Esa es la cruel verdad que el gobierno no tiene más remedio que intentar ocultar detrás de los globos y los fuegos de artificio. Para eso puso en práctica el “fraude mediático”, convenientemente amplificado por los lacayos del periodismo, consistente en tergiversar en el horario prime time los resultados de Buenos Aires y Santa Fe, en los que la victoria por 5 puntos de Vidal se redujo al 0,05%, y la amplia victoria en la provincia con forma de bota en una derrota a manos de Agustín Rossi.

Sin embargo, los resultados de las Paso abonan, aunque en forma provisoria y frágil, el proyecto de Cambiemos: de conjunto los resultados consolidan la alianza con el radicalismo y la Coalición Cívica, y consolidan de este modo a la alianza gobernante. La fragilidad de este equilibrio es  notoria y evidente: está atada a la evolución del proceso económico. El vuelco de una pequeñísima franja del electorado en la última semana, que decidió la elección, estuvo motivado tanto por el veto de los mercados, que hicieron saltar al dólar a los 18 pesos, como por el rechazo a la ex presidenta, prueba de lo inexpugnable de su techo electoral.

La incapacidad del kirchnerismo para reconstruir “mayorías”, como ellos mismos proponen, ha sumado una nueva prueba. Esa incapacidad es producto de los límites históricos del fracasado ciclo nacionalista burgués que Cristina encabezó. La endeble pero real hegemonía actual de Cambiemos se apoya en el futuro: Vidal (hoy más Vidal que Macri) representan un proyecto de futuro que la fracción más moderna de la burguesía nacional ofrece a la sociedad argentina. Cristina, representa un ciclo perimido. Se trata, aunque planteado un poco esquemáticamente, de la lucha entre el pasado del capitalismo argentino y su futuro. El pasado no tiene futuro.

Por eso  la reconstrucción del movimiento popular y su hegemonía, tiene en Cristina un obstáculo fundamental. Otro hubiese sido el panorama y el resultado electoral de no haber postergado la CGT, a pedido de la candidata, la marcha del 7 de agosto al 22. Sin dudas, obligados a no sacar los pies del plato, la totalidad de los burócratas hubiesen tenido que convocar, y la masividad de la protesta hubiese amplificado y consolidado el denso clima preelectoral. A último momento, y con la calle desierta, ese clima fue alterado por el golpe de los mercados y la suba del dólar, que explica el desplazamiento de una fracción del voto de Massa a Cambiemos.

Pero la bruma y el estruendo de los fuegos artificiales tendrá que disiparse inevitablemente. La defensa gubernamental de los intereses de la burguesía en general, y los de Benetton y la guerra contra el pueblo mapuche, parece no detenerse ni siquiera ante el crimen, como en el caso de Santiago Maldonado. Admita el gobierno su responsabilidad o pretenda  ocultarlo tras una telaraña de mentiras sacadas de los manuales de la dictadura, la verdad se abrirá paso y, en cualquier escenario, no puede más que desembocar en una crisis política.

El camino del castigo ya ha sido abierto a través del repudio movilizado del pueblo trabajador.

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