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> Por Daniel De Santis

Han pasado 37 años de aquel 24 de marzo, en algunos aspectos comienza a ser historia pero continúa siendo actualidad política. Los propios dictadores le llamaron “proceso”, posteriormente: última dictadura, dictadura militar, recientemente cívico-militar como si hubiese alguna en nuestra historia que no lo fuera, genocida, demencial, terrorista y otros calificativos, todos verdaderos, que no explican su actualidad, ni su virulencia.

El 25 de mayo de 1973 dos centenares de miles cantaban “Perón, Evita, la patria socialista” batiendo democráticamente a unos pocos miles que oponían “Perón, Evita, la patria peronista”. Por primera vez la patria era más socialista que peronista, mientras que los militares se retiraban derrotados por el pueblo. El primer sostén ideológico del peronismo burgués y burocrático: la unidad del pueblo con el Ejército, quebrado por el Cordobazo, terminaba hecho añicos.

El 20 de junio en Ezeiza, sólo 56 días después, la patria peronista masacraba a la patria socialista. Trece muertos y 82 heridos de alguna consideración, en la movilización más masiva de la historia argentina, entronizaban a Isabel, López Rega y a Perón que asumió el 12 de octubre. Inaugurando su tercer mandato, envió dos proyectos que modificaban la Ley de Asociaciones Profesionales y el Código Penal, es decir, control y represión al movimiento obrero. El 10 de noviembre estalló una bomba en el auto del Senador Hipólito Solari Yrigoyen, como respuesta a su profundo alegato contra la ley sindical. Con ese hecho debutaba la Alianza Anticomunista Argentina (Triple A).

1974 fue el año de la consolidación de las fuerzas revolucionarias, guevaristas y peronistas. El 3 de julio de 1975, estas fuerzas, a través de las Coordinadoras de Delegados y Gremios en lucha, convocaron a la primera huelga general con un contenido de clase después de 39 años, y la primera contra un gobierno peronista, barriendo su segundo pilar ideológico: la conciliación de los obreros con los capitalistas. La caída de López Rega significó el fin del gobierno que había venido a destruir al movimiento revolucionario, pero el resultado fue el inverso, los revolucionarios doblegaron a los contra revolucionarios.

¿Para qué les servía a los dueños del poder económico ese gobierno que había fracasado en la tarea encomendada?

El 24 de marzo de 1976, los militares, antes de tomar la Casa Rosada, las estaciones de ferrocarril, los nudos carreteros, las usinas, las emisoras de radio y televisión, los diarios, se dirigieron a las grandes fábricas que habían protagonizado las masivas luchas de los últimos siete años. El plan de operaciones militares descargó su primer Golpe contra los obreros revolucionarios, peronistas y guevaristas y, luego, sobre el conjunto del pueblo.

Algunos analistas históricos han dicho que a la fecha del Golpe, las fuerzas revolucionarias estaban derrotadas con la intensión de justificar la condena a los dictadores por los delitos cometidos. El móvil parece loable pero falsear la historia nunca es bueno y, a la vuelta de los años, está sirviendo para reconstruir la conciliación de clases. Nadie puede considerar que la lucha revolucionaria y conciente del pueblo pueda justificar la tortura, las vejaciones, los asesinatos, las desapariciones, las violaciones, las torturas a bebés y a niños, el secuestro de nuestros hijos. Es decir, que para impugnar a los dictadores no es necesario, ni correcto, ni justo que se desmerezca a los y las militantes revolucionarios.

En la forma de enfrentar a la Dictadura, que venía a aplastar al movimiento revolucionario, se cometieron errores tácticos que fueron la causa de nuestra derrota. Esos errores no deben deslucir los triunfos parciales ni ocultar los aciertos en los objetivos de la lucha: la transformación revolucionaria de la sociedad para lograr la independencia nacional y construir la patria de los hombres y las mujeres socialistas.