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> Por Luis Brunetto

Durante el primer gobierno peronista, los sindicatos tenían reservado el 33% de los lugares en las listas electorales. En un sistema de mayoría y minoría, a la primera de la cual le correspondían los dos tercios de la representación parlamentaria, el sindicalismo se aseguraba el 25% de la representación parlamentaria.

Sería de enorme importancia estudiar los orígenes del “pacto” por el cual, dentro del naciente movimiento peronista, los sindicatos accedieron a tal grado de influencia, enorme y nunca recuperada. Es innegable que, aunque parezca contradictorio, a la luz de las condiciones históricas abiertas por la movilización obrera del 17 de octubre del 45, esa influencia institucional era, sin embargo, claramente menor al peso político y social real que la clase obrera poseía. Como la liquidación del Partido Laborista antes, la división en tres tercios de la representación parlamentaria, compartida con la Rama Femenina y la Rama Política, venía a poner límites a la hegemonía de los trabajadores.

Pero la existencia de una representación sindical dentro de las filas del peronismo tenía que convertirse necesariamente en un vehículo de las presiones de la base social a la que representaba. Así, varios de los planes políticos del primer peronismo fueron abortados por los representantes parlamentarios obreros. Ese fue el caso de la participación argentina en la guerra de Corea, promovida por Perón y, sobre todo, de los acuerdos con la “abuela” de Chevron, la California Standard Oil que, enviados al Congreso por el entonces presidente, fueron frustrados por la oposición de los representantes obreros, diputados peronistas como John William Cooke y el bloque de la UCR.

Como se ve, y a pesar de no corresponder a la influencia real de los trabajadores, aquellos niveles de representación implicaban una gran influencia en la vida política nacional. Todavía durante el período 73-76, los sindicatos tuvieron un enorme peso y, literalmente, co-gobernaron como consecuencia de las jornadas de junio y julio del 75, pero su programa reformista, su intento de volver a las condiciones del 45 cuando la alternativa era la revolución o la contrarrevolución, frustró sus planes.

La derrota electoral peronista de 1983 abrió la crisis definitiva de la influencia sindical en el movimiento peronista. Lorenzo Miguel, figura principal del movimiento sindical y hombre fuerte del peronismo, no había podido hablar en el acto de Vélez en que se proclamó la fórmula Luder- Bittel, chiflado por la gente, y después fue estigmatizado como el jefe de los “mariscales de la derrota”, como lo rótulo la izquierda peronista, y enfrentado por el nuevo “peronismo renovador” socialdemocratizante que abriría el camino al neoliberalismo menemista.

Desde entonces, el lugar del sindicalismo se ha ido achicando dramáticamente, y aunque recuperó lugares y peso durante la fase progresiva del kirchnerismo, quedó afuera en la formación de las listas de 2011, cuando el gobierno inició su viraje derechista e inició su alejamiento de la clase obrera. En la lista del Frente para la Victoria, el primer sindicalista, Oscar Romero del SMATA, se encuentra en el onceavo lugar. Mejor ubicado se halla Héctor Daer, solitario representante sindical en la lista renovadora de Massa, y rodeado de derechistas se halla el moyanista Plaíni en la lista de De Narváez.

La hegemonía de los trabajadores, por supuesto, no se alcanzará colocando candidatos en las listas de los partidos burgueses. Pero la abundancia de candidatos sindicales, aun cuando se trate de burócratas de pura cepa, expone a las tendencias políticas a reflejar la presión de la clase. Por eso, para evitar sorpresas como la de la guerra de Corea o la de los acuerdos con la Standard Oil, es que el nacionalismo burgués ha relegado al 33% a la categoría de mito, perdido en la noche de los tiempos.

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