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Hace ya mucho tiempo que el fútbol espectáculo, ese que lleva a miles y miles a la cancha, ese que genera pasiones indescriptibles, ese que es casi parte del genoma argentino, dejó de ser para todos.

Lejos de ser la solución a los múltiples problemas que hoy sufren las instituciones que fueron saqueadas por dirigentes, representantes, empresarios y hasta políticos, el proyecto “Fútbol para Todos” que llevó adelante el kirchnerismo llegó para democratizar, al menos, la posibilidad de ver los partidos de forma gratuita por la televisión pública. Hoy, los Angelici, los Macri, los Tinelli y compañía, celebran el caos institucional que es la Asociación del Fútbol Argentino (AFA) y aprovechan para dar sus últimas puñaladas a un fútbol agonizante en busca de que, por fin, lleguen las privatizaciones que tanto desearon.

La llamada Superliga, recientemente aprobada por el voto de casi todos los integrantes de la AFA menos uno, el de Mario Giammaría (presidente de la Asociación Rosarina quién calificó como “suicidio” la aprobación a libro cerrado del nuevo formato para el fútbol argentino) viene a marcar una nueva etapa de un fútbol cada vez más privatizado. Y no se equivoca el rosarino; con la nueva modalidad, la AFA solo sería una figura decorativa que decidirá tan sólo lo que respecte a la selección nacional, mientras la Superliga será una entidad en sí misma, que recibirá del Estado unos 2.500 millones de pesos anuales que beneficiarán principalmente a los equipos de primera división y, como no podía ser de otra manera, los principales ganadores en esta rifa de dinero son Boca y River.

Pero más allá de la suma, que nuevamente ayuda a los equipos poderosos en lugar de a los que afrontan enormes dificultades económicas, los intereses de la Superliga son otros. Por un lado, se abre la puerta a la nueva era de televisación  privada, ya que los propios clubes en una carta a la AFA aclararon que están “dispuestos a liberar al Estado del costo de los fondos privados de nuestro producto”, y propusieron “disolver el vínculo que nos une y buscar oferentes privados interesados” y, por otro lado (y quizás aún más grave), se da lugar por primera vez de manera explícita a la existencia de Sociedades Anónimas. En el primer artículo del borrador del proyecto se resuelve la cuestión: “la Superliga estará integrada por clubes organizados en asociaciones civiles y/o Sociedades Anónimas Deportivas”.

En los años 90, cuando el neoliberalismo trajo las privatizaciones bajo el brazo, las canchas se pusieron más violentas que nunca y, casualidad o no, el negocio de la televisión por cable fue creciendo y así la gente fue eligiendo ver los partidos desde su casa (aquéllos que podían pagar los combos vip). Hoy ya ni siquiera se habla de que las familias vuelvan a los estadios, y los futboleros y futboleras deberán conformarse con ver la tribuna (y sólo la tribuna) desde la pantalla de tv.

Así las cosas, los equipos más reconocidos del país se parecen cada día más a empresas, la Superliga ya le abrió la puerta a la posibilidad de que haya Sociedades Anónimas y los hinchas deberán conformarse (más temprano que tarde) con la TV paga. Mientras tanto los clubes de barrio van cerrando sus puertas ante la imposibilidad de pagar la luz, el gas y demás obligaciones, y ante la falta de gente que ya no puede pagar la cuota porque la economía familiar no lo permite. Si los vecinos, vecinas, hinchas, amantes del deporte y los clubes, con sus jugadores y técnicos comprometidos no se ponen al frente, el fútbol habrá dejado de ser una pasión de multitudes para ser una bolsa de valores.

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