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Aunque haya quedado fuera del alcance del gran público, el primer cortocircuito en el seno del nuevo equipo económico se produjo bastante rápido. Efectivamente, en su reciente viaje a Nueva York, el flamante presidente del Banco Central, Alejandro Vanoli, se entrevistó en forma secreta con la flor y la nata del establishment financiero, y les dio garantías de que la voluntad tanto del equipo económico como de la presidenta Cristina Kirchner, es la de arreglar con los buitres a partir de enero, cuando caigan las consecuencias de la cláusula RUFO.

El lector podrá imaginar la ira del ministro Axel Kicillof ante tal muestra de sumisión al capital financiero. Lamentamos, sin embargo, desilusionarlo: la furia efectivamente existió, pero las razones parecen haber sido mucho más pragmáticas que la infracción de Vanoli a los principios antiimperialistas. Es que, aun antes de la reunión de Vanoli en Nueva York, otro encuentro secreto del mismo tenor y con las mismas promesas, había sido protagonizado por el propio Kicillof con miembros del Grupo de los 8, que nuclea a los representantes de las grandes cámaras empresarias nacionales. Allí, ante un auditorio en el que se habría encontrado incluso, el banquero Jorge Brito (propietario del Banco Macro, ex amigo y actual destinatario de frecuentes anatemas presidenciales), el ministro expuso el mismo curso de acción.

De manera que Vanoli no hizo más que exponer la línea de acción oficial, sin infringirla. La furia de Kicillof, entonces, sólo puede explicarse por dos simples razones: que el encuentro haya trascendido, o que Vanoli haya actuado sin consultar, tratando de tejer una relación propia con la banca mundial y de puentearlo.

La primera hipótesis no resulta convincente: el gobierno, cuando un artículo de La Nación dio cuenta de la reunión de Kicillof con los 8, no desmintió ni salió, siquiera en off, a negar su existencia. Tampoco los diarios del establishment, teniendo en cuenta lo delicado del asunto, le dieron demasiada manija a la noticia que, es evidente, contradice toda la parafernalia oficial sobre los buitres. Pareciera más bien que la cuestión se manejó con guantes de seda: para la corpo se trataba de dejar registrado el hecho e informar al establishment de las intenciones reales del equipo económico; para el gobierno, bastaba con no desmentirlo.

La segunda hipótesis suena más plausible, toda vez que la presidencia del Banco Central, que representa el control sobre las reservas y sobre la política monetaria, parece tentar al funcionario de turno a jugar al doble comando. El encuentro de Vanoli con los banqueros internacionales era estrictamente secreto y no, como el de Kicillof, “citable”. Trascendió porque fue difundido por uno de sus participantes, vaya a saber con que intenciones de banquero global que se nos escapan al común de los mortales. Y Axel puso el grito en el cielo, al que ya hace rato, por otra parte, dejó de aspirar a tomar por asalto.

Hay, sin embargo, una duda que queda flotando en el aire: ¿puede haber existido el encuentro de Vanoli sin venia presidencial? ¿Hubiese el banquero central arriesgado su novata cabeza pactando por las suyas la reunión? Es realmente improbable. Ambos encuentros parecen más bien formar parte de una política de garantías más o menos secretas al establishment, comandada directamente por Cristina, y que es la contraparte necesaria de la prédica pública contra el capitalismo financiero. Una política que, en el seno del propio kirchnerismo, acostumbrados a tragar sapos a cambio de rentas, algunos “militantes” llaman “la política del tero”, que pega el grito lejos del nido para que nadie sepa dónde están realmente los huevos.

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