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El progresismo kirchnerista se ha hundido atado a la pesada piedra del sciolismo, aunque tal vez también sea cierto que el sciolismo se acaba de hundir atado a la pesada piedra del kirchnerismo, Aníbal Fernández mediante. La épica  que sirvió para construir un relato que caló en importantes  sectores de la clase media se ha hecho añicos sin siquiera jugar sus propias cartas, habiendo sido incapaz de construir una candidatura propia en doce años de gobierno. Es verdad que la taba todavía se puede dar vuelta en noviembre, pero ahora la suerte de Scioli depende puramente de Scioli, el kirchnerismo ha quedado fuera del juego de noviembre.

Ya hemos analizado repetidas veces las causas de esta impotencia kirchnerista, marcada por las limitaciones de un proyecto cuyo agente social, la burguesía nacional antiimperialista, no existe. La vocación independendista de esa clase social, aun la de sus fracciones más ligadas al mercado interno, disminuye proporcionalmente a su envergadura: a medida que crece y se vincula con el mercado mundial, más se aleja de cualquier epopeya emancipadora.

La incapacidad del kirchnerismo de ganar por su cuenta las elecciones, de la que es hija la necesidad de la candidatura de Scioli, es una prueba contundente de la falsedad de uno de los axiomas del relato: la de su popularidad. Perón, nos guste o no, ganaba elecciones solo y, nos guste o no, había gente capaz de hacerse matar por él. ¿Alguien se haría matar por Cristina, por Zannini o por Aníbal? La diferencia entre un grado de adhesión y otro se explica por la diferencia entre el salario digno y la asignación por hijo, o entre el pleno empleo y las cooperativas. La tragedia y la comedia diría el moro.

Es por eso también que la base social real del kirchnerismo no hunde su raíz en las clases populares, sino en una importante franja de las capas medias. El resto, lo aporta el aparato y la Liga de Gobernadores.  En estas condiciones, la característica más notable del escenario que se abre para el kirchnerismo es la paradoja de depender abierta y rotundamente de Scioli para salvar la ropa.

De manera que, bien miradas las cosas, la verdadera responsabilidad del crecimiento del macrismo está en el fracaso inevitable del programa kirchnerista. La elección se empezó a  perder cuando, en enero de 2014, Kicillof se negó a estatizar el comercio exterior y eligió la ortodoxia devaluadora como medio de abrir el camino del retorno a los mercados. La insistencia en la mentira llevó al hartazgo al grueso del pueblo, que veía desnudo a un rey que hacía falsamente gala de izquierdismo.

Esta versión edulcorada de la dictadura que representan Macri y Vidal, capaz de convocar a los votantes de Del Caño, de proclamar su respeto a los derechos de la clase obrera, o de lo que sea para llegar al gobierno, mostrará sin embargo su verdadero rostro a la hora de los palos. No hay que engañarse al respecto, aunque la paridad de los resultados electorales de la primera vuelta representa un debilitamiento de todos.

 

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