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Convenientemente convencido de que a su izquierda no hay nada, el gobierno ha elegido como táctica responder sólo a la crítica “por derecha” al blanqueo de capitales. Casi como poniendo en práctica una táctica discutida previamente, el coro de periodistas militantes salió, luego de que se anunciara la puesta en práctica de la eufemísticamente denominada “exteriorización” de capitales, a contestar las diatribas morales de la derecha contra la legalización del dinero narco, prostibulario, o de cualquier otro repudiable origen, con prisa y sin pausa, como si la medida no pudiera ser cuestionada por otras razones, con otros contenidos, y desde la otra punta del arco político ideológico.

Por supuesto que todo político derechista incluyó en su listado de críticas al blanqueo el “asunto moral”, pero la verdad es que los argumentos de la derecha giraron mucho más alrededor de la ineficacia de la medida, en virtud de la desconfianza que a los capitalistas “ilegales” les despierta el gobierno, que de la práctica de fugar y blanquear sumas de origen espurio o ilegal, práctica que constituye el abc de la actividad de la clase a la que representan.

Es que la medida en sí es, justamente, una medida derechista, a la que han recurrido frecuentemente los gobiernos de ese signo político y cuyo único efecto posible será, en el mejor de los casos, la baja del dólar ilegal y una débil recomposición de las sangrantes reservas, erosionadas por el creciente déficit de la balanza energética. El costo que se paga es la aceptación de hecho del mercado ilegal al que el gobierno dice combatir, y cuyas cuevas podría liquidar de un plumazo con cuatro patrulleros de la federal o, en su defecto, si quisiera darle al asunto ribetes epopéyicos, con 50 militantes de La Cámpora.

Lo cierto es que el blanqueo no solucionará ningún problema de fondo ni resolverá la cuestión de la inversión privada, cuya reactivación es, en definitiva, el objetivo final de un esquema de política económica que tiene como agente y protagonista al “empresariado nacional”. Sobre todo cuando este, nacional y antinacional, mercadointernista o devaluacionista, ha encontrado en el mecanismo inflacionario un antídoto contra los efectos de la crisis mundial que lo exime del penoso deber capitalista de… invertir capitales. El otro componente altamente redituable para el empresariado, ha sido la negociación paritaria con la burocracia sindical cómplice del gobierno, que ha pactado aumentos muy por detrás de la inflación (24 % en dos veces en el caso de la UOM, o sea 12% ahora y 12 % en seis meses, luego de que el salario haya perdido otro tanto).

Inflación y rebaja salarial constituyen una fórmula difícil de igualar por blanqueo alguno.

¿Por qué, entonces, las diatribas del kichnerismo se dirigen a contrarrestar un argumento tildado de derechista que la propia derecha no esgrimió más que aleatoriamente? La respuesta hay que buscarla en el carácter absolutamente contradictorio de la medida, que representa un claro viraje derechista en el correcto camino iniciado en el sentido de la pesificación de la economía. El mensaje está dirigido a contrarrestar, ninguneándola, la crítica por izquierda, a la que el discurso del gobierno no puede enfrentar, porque si no expondría este nuevo hito en el proceso inevitable de capitulación del capitalismo nacional.

Pero: ¿acaso el gobierno tiene miedo a una crítica de ese sector, cuyo peso electoral e influencia sobre la opinión pública es mínimo? ¿Podrían entrarle las balas desde allí lanzadas? No se trata de eso, sino de ahogar antes de que nazca, la crítica de sectores de la propia base política del kirchnerismo, ante una medida cuyo carácter reaccionario, derechista, conservador, o como quiera llamársele, es absolutamente evidente. Y ahogar tal crítica es imprescindible si se quiere evitar que un sector de la propia base, no sólo de simpatizantes, sino incluso de la base militante, empiece a prestar atención y a dialogar con los argumentos de la inexistente izquierda.

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