COMPARTIR

Existen dos acepciones posibles del término ganar. Una está ligada al aprovechamiento de una situación, en oposición al “desperdicio” de la posibilidad existente, dada. El otro sentido hace alusión al triunfo, a la victoria sobre un contendiente. Al primero de estos sentidos es al que alude la expresión que el kirchnerismo ha elegido como eje de la campaña electoral de este año. Efectivamente, la “década ganada” se opone a las “décadas perdidas”, desde los ’70 para acá, por el neoliberalismo. Se trata de una reveladora manera de expresar el carácter de continuador del  régimen social capitalista, del cual el kirchnerismo se presenta como un constructor exitoso, en oposición a la ineficacia o al desperdicio de energía, tiempo y capital que supusieron las versiones políticas que gobernaron desde el rodrigazo en adelante.

Así planteado, el concepto de década ganada se articula en el coherente conglomerado ideológico que proclama a “la política” a secas, como la fuerza virtuosa constructora de tasas chinas de desarrollo económico, en oposición a la antipolítica de los monopolios. La política queda así definida como una actividad social justiciera per se, que se enfrenta a los mecanismos oscuros y secretos del lobby de la corpo. Movimiento hegemonizado por abogados y que libra sus principales luchas en los estrados judiciales, es lógico que el kirchnerismo desarrolle inconscientemente la idea de que la política es buena de por sí, y de que existe algo llamado “antipolítica”, origen de todo mal. De no ser así, debería buscar otros fundamentos para tales conceptos, y llegaría a la conclusión de que la política tiene un carácter de clase, que la “antipolítica” es la política de la fracción burguesa nacional proclive a un desarrollo asociado al imperialismo, y que su política no es la expresión del espíritu santo sino la de las necesidades de la fracción “antiimperialista en construcción” de la burguesía nacional.

Desde este punto de vista es perfectamente correcto hablar de década ganada. Tal enfoque autoriza a comparar el tamaño de la economía de punta a punta, del 2003 al 2012, y ver que el PBI casi se duplicó. Pero, reemplazándolo por un punto de vista de clase, hay que decir que lo que se duplicó es el tamaño del capitalismo y, con él, el de sus contradicciones sociales.

Que el tamaño del capitalismo argentino se haya duplicado no significa, sin embargo, que el kirchnerismo haya tenido éxito en imponer el programa burgués nacional, ante cuyo altar se ha mostrado capaz de sacrificar, por ejemplo, la vida de los trabajadores que viajan en el Sarmiento. El problema estructural del desarrollo del país, el del control de la renta agraria, no ha sido resuelto y, por el contrario, ha finalizado en una derrota. La Ley de Medios lleva una penosa existencia de varios años en los pasillos de los Tribunales, destino al que acaba de ser condenada por la Corte, a su vez, la reforma judicial, y la pesificación engendró dialécticamente su opuesto, el blanqueo. Es decir: en todas aquellas cuestiones en las que el kirchnerismo enfrentó a la gran burguesía nacional agroindustrial, fue derrotado o condenado a un eterno empate.

De modo que, desde esta perspectiva, la segunda acepción del término no cuadra: salvo en el terreno electoral, el panorama no ofrece más que frustraciones. Es verdad que esta década deja innumerables puntos de apoyo para seguir avanzando hacia el futuro, y que de muchos de ellos el kirchnerismo tiene derecho a reclamar derechos de autor, pero también hay que decir que tales triunfos se apoyaron en la rebeldía popular que explotó en diciembre de 2001 y transmitió su fuerza irresistible al panorama político del país entero, poniendo límites infranqueables a los proyectos de las clases dominantes. Y que fueron producto de la mejor versión del kirchnerismo, ya abandonada, aquella que pretendió, enfrentando a la burguesía terrateniente, expresar esa fuerza y erigirse en directora del verdadero sentido de la década nacida del viento furioso de la rebelión popular: la década rebelde.

SIN COMENTARIOS

RESPONDER