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> Por Juan Agustín Maraggi

En el año 2011, mientras el gobierno macrista y los gremios docentes se enfrentaban por las discusiones salariales alguien escribió en Twitter  “¿Y si asumimos que la educación pública está muerta y con esa plata le pagamos a los chicos una escuela privada? (…) Le regalamos las escuelas públicas a los maestros que dejarían de ser empleados públicos y podrían ser empresarios” y remató con “dejarían de discutir por el salario y se preocuparían por brindar una buena educación y recibir el cheque del gobierno”.

Esto no fue pronunciado por ningún teórico de la Escuela de Chicago, sino por Carlos Pirovano, funcionario Macrista y economista de la UBA.

Este planteo no se encuentra alejado de la política que el PRO viene implementando, y que, poco a poco, ha ido transformando la Ciudad en una empresa, hasta pasar a  ser, hoy en día, un nuevo experimento del neoliberalismo en el país.

Las privatizaciones se han ido imponiendo en todos los ámbitos, desde la educación, pasando por la cultura, los espacios públicos y hasta en la represión. Para ejemplificar, el Pacto realizado entre el Kirchnerismo y el PRO en la legislatura de la Ciudad significó la mayor entrega de tierra pública desde el regreso de la democracia.

En el año 2003, en un almuerzo con Mirtha Legrand, Macri afirmaba acordar con Chávez en que la solución a los problemas de seguridad del país no era más policía, sino más trabajo.

Pronto se olvidó de esto, y la tercerización, donde los costos se elevan entre un 200 y 500%,  ha sido característica principal del gobierno. Ejemplos de esto, podemos encontrar en la pavimentación, la recolección de residuos, el pago de los salarios, la custodia de los edificios públicos, y el claro ejemplo en la Seguridad.

Hace unos días fue primera plana de los diarios otra avanzada del macrismo en la búsqueda de la privatización de la cultura y su cruzada por la mercantilización del arte.

Esta vez, fue el desalojo por parte de la Policía Metropolitana del acampe cultural, que tras más de 70 días iba a ser levantado por los ocupantes, como un gesto de querer resolver el conflicto en la Plaza Seca del Centro Cultural San Martín, donde se encuentra la famosa Sala Alberdi.

La represión dejó como resultado treinta heridos de bala de goma, tres con balas de plomo y cuatro detenidos, uno de ellos menor.

Si nos remontamos a la historia de la lucha en la Sala debemos volver atrás más de ocho años, por lo menos en materia legal.

Tras idas y vueltas, por la intromisión de muchas manos privatizadoras, cierre de talleres, reducción de la programación cultural, cese en los contratos docentes, el Gobierno de Macri ordenó el cierre de ésta en el 2010, al igual que del Centro Cultural.

Por medio de la organización de los alumnos, ex alumnos y amigos de la Sala, es que se forma una comisión que dará inicio a la toma y la lucha, lo que hoy es el Colectivo de la Toma y Autogestión de la Sala Alberdi.

La Sala, y su lucha, vienen a representar el arte entendido de manera transversalmente opuesta a la que el macrismo quiere imponer.

La oposición es clara, el macrismo, en el intento de vaciar la cultura porteña, ve reflejada su propuesta cultural en el Distrito de las Artes en el Barrio de la Boca, que busca el beneficio del empresario y no del artista, siendo una máscara para encubrir el avance del negocio inmobiliario en el sur de la Capital, distrito y negocio acordado por el pack de leyes del kirchnerismo y el PRO.

Por el otro lado, tenemos la Sala Alberdi y sus artistas, en la búsqueda de un teatro cultural, al que las clases populares puedan acceder, un arte que, cómo dice una frase atribuida a éste combativo sexto piso,  “resista y transforme”.

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