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La culminación del mandato de Cristina Fernández invita a un repaso por alguno de los ejes que marcaron la gestión kirchnerista para empezar a pensar qué Argentina tenemos y cuál es la que viene en camino.

Parece que fue ayer. Con menos del 23% de los votos y bajo el padrinazgo nada menos que de Eduardo Duhalde, el 25 de mayo de 2003 se iniciaba el primer mandato de Néstor Carlos Kirchner y, con él, se iniciaba lo que años después se llamó “la era kirchnerista”. Argentina buscaba algo de luz tras el oscuro túnel de la etapa menemista que culminó con la llamada “crisis de 2001” y el ex gobernador patagónico parecía ser el hombre que venía a hacer olvidar el “que se vayan todos”.

 

Divino tesoro

Si se observan las imágenes de los masivos cacerolazos pre y post caída de Fernando de la Rúa en 2001 no es difícil distinguir un factor común: la juventud. Motoqueros, estudiantes, desocupados y hasta estudiantes secundarios marchando con su padre o su madre. Las enormes movilizaciones que continuaron durante todo el 2002, que tuvieron su máxima expresión en la marcha piquetera que en junio de ese año derivó en una feroz cacería policial que terminó con el asesinato de Darío Santillán y Maximiliano Kosteki y que siguieron hasta la llegada de Néstor, también estaban nutridas de jóvenes. El matrimonio Kirchner supo leer esto y, de la mano de medidas reclamadas por amplios sectores de la sociedad como la nulidad de las leyes de Obediencia Debida y Punto Final que dio lugar a nuevos juicios contra los genocidas de la dictadura de 1976, pero sobre todo a través de la constante apelación sobre la participación juvenil en cada discurso o acto que presenciaban, supieron ganarse la admiración de un amplio sector de esos jóvenes que veían cómo después de varios gobiernos que se cansaron de desacreditarlos, aparecía uno que los invitaba a participar.

Sin embargo y, pese a las altisonantes palabras de Néstor y Cristina, 12 años después  la realidad de quienes no superan los 30 años dista bastante de ser prometedora. Para quienes no terminaron la escuela el gobierno nacional lanzó el plan FINES, una modalidad para terminar el colegio secundario de manera exprés, pero con niveles de formación muy cuestionados; para los que terminaron la educación media pero no trabajan ni estudian el gobierno lanzó el plan PRO.GRE.SAR., con el cual, según la propia presidenta, se intenta incentivar (con el pago mensual de $600 a quienes acrediten una determinada aprobación de materias) a al menos un millón y medio de jóvenes de entre 18 y 24 años que no estudian ni trabajan; para quienes se cansaron de buscar un  empleo en blanco siempre están las promovidas policías locales o provinciales dispuestas a incluirlos y, para el 64% que tiene trabajo de manera informal (según el propio Ministerio de Trabajo de la Nación), aún no hay propuestas.

 

“Es el primer trabaja…”

Otro claro protagonista del ciclo kirchnerista ha sido sin dudas “el trabajador”. En cada acto, cadena nacional o conferencia de prensa brindada por Néstor o Cristina es casi obligatoria la presencia de la palabra trabajador o trabajadora, como casi obligatoria es la comparación de la situación actual de los trabajadores respecto a la de los momentos de la crisis de 2001. No se puede negar que la situación laboral ha mejorado respecto de períodos anteriores; durante los últimos años ya no se ven las enormes colas de gente buscando trabajo y hasta las consultoras más opositoras reconocen la caída del desempleo. Las cuestionadas estadísticas del INDEC marcan que la desocupación descendió de un 17% a un 7% desde 2003 hasta el 2014.

Sin embargo, no todo lo que brilla es oro y, detrás de estos datos se esconden algunas particularidades sobre la realidad de los trabajadores que pocas veces se nombran. Como sugiere la socióloga Clara Marticorena en Trabajo y Negociación Colectiva (2014), “pese a la recuperación salarial de los años recientes, que además tuvo diferente impacto según la condición de registro de los trabajadores, los salarios reales permanecen más bajos en términos históricos. Asimismo, la recuperación post-devaluación fue tardía y se dio sobre la base de un notable incremento de la tasa de explotación que garantizó elevados niveles de ganancia, aún elevados en relación a la década anterior. La evolución del empleo no registrado marca también persistencia, llegando a significar alrededor del 40% de nuestro mercado laboral”. En otras palabras, el salario real de los trabajadores está por debajo del salario real de otras épocas, incluyendo los años de crisis, y la ganancia de los empresarios es mayor.

En la actualidad, herramientas como el “ahora 12” parecen generar una sensación de mayor poder adquisitivo, pero a mediados de los 70 un obrero fabril podía comprar casi el doble de cosas que en la actualidad con su salario. Es importante remarcar también, y sobre todo, que el enorme crecimiento de Convenios Colectivos de Trabajo firmados no implican discusión sobre condiciones de trabajo y que, cuando se mira desde un poquito más cerca aparecen cosas que distan mucho de parecer conquistas, como la situación de millones de trabajadores que tienen en blanco sólo la mitad de horas que trabajan, condiciones insalubres y sobre todo subcontrataciones.

 

Un modelo capital o de cómo ser soberano

Si en algo hubo coherencia, honestidad y decisión política en los 12 años de gestión del Frente para la Victoria es en el modelo económico. De aquél “sabemos que nuestra deuda es un problema central. No se trata de no cumplir, de no pagar. No somos el proyecto del default” que expuso Néstor al inicio mismo de su gestión en 2003 al “propongo volver a un capitalismo serio” de Cristina en 2011, las medidas de uno y de otra fueron acorde a sus palabras.

La devaluación, el boom sojero, el acuerdo con Chevrón para la explotación de Vaca Muerta, los escandalosos contratos con las empresas mineras, los acuerdos comerciales con China y el pago sistemático de una deuda probadamente ilegítima son algunos cuantos ejemplos de una política económica que produjo, por un lado, los índices de superávit fiscal más grande de la historia que permitió solventar varias de las políticas sociales como la Asignación Universal por Hijo, y, por otro, ganancias empresariales siderales (consolidadas por el bajo costo de los salarios respecto a los ingresos por la devaluación) y una entrega total de recursos que, además, destruyen la salud de miles de argentinos y arruinan la tierra y el agua de extensas zonas de la Argentina y expulsan (sin ahorrar balas) a quienes se atrevan a defender el presente y el futuro de sus hijos.

En épocas donde el capitalismo no para de demostrar sus fracasos a nivel mundial, que se le siga ofreciendo a la sociedad siempre el mismo camino resulta al menos irresponsable. Desde su llegada al poder, el matrimonio Kirchner se ha ocupado de hablar siempre bien de Cuba, Venezuela, Bolivia y de los representantes de cada uno de sus gobiernos, sin embargo, en política económica no se ha siquiera propuesto imitar algunas de las políticas que hicieron que Cuba siga teniendo los mejores índices de educación y salud en todo el mundo, donde la mortalidad infantil o la desnutrición son casi nulas.

 

La década ganada

Hay algo que tanto en la historia argentina como en la de cualquier país está más que claro: las conquistas son del pueblo. En ese sentido hay que destacar que leyes como la de Matrimonio Igualitario, la de Servicios de Comunicación Audiovisual, de Identidad de Género, así como la Asignación Universal por Hijo son realidad gracias a la lucha que, durante años, llevaron adelante distintos sectores de la sociedad. Que el kirchnerismo haya concretado estas leyes no lo convierte en el mejor gobierno de la historia, aunque no se puede desconocer su mérito.

Por otra parte, debates como los que se generaron luego del llamado conflicto con el campo (que enfrentó por primera vez de manera masiva al gobierno nacional con la oposición de derecha y que puso por primera vez al Grupo Clarín en la vereda opuesta al oficialismo)o la ley de medios han llevado, de una u otra manera, la discusión política a la vida cotidiana de gran parte de la población. En los días que corren ya nadie confía tanto en lo que la pantalla de televisión nos dice, sea de Grupo Clarín o de 678 quien la dice, y eso hay que celebrarlo. En lo demás, la “batalla cultural” que impulsó el kirchnerismo hay que aplaudir, aún con críticas, la existencia de los canales Encuentro y Paka Paka.

Por último, ha sido muy notoria y se extrañará (en vistas de lo que viene) la calidad retórica, se esté o no de acuerdo con el contenido, que han sabido transmitir tanto Néstor y Cristina como algunos de los integrantes de sus gabinetes. Sin embargo, esa virtud, expresada en actos, discursos (en particular los expresados en las Asambleas de Naciones Unidas) o declaraciones a los medios no se trasladó a, por ejemplo, las actuales campañas políticas que, salvo excepciones como las del Frente de Izquierda o Progresistas, están completamente vacías de contenido político y ya ni siquiera ofrecen promesas.

Se termina un ciclo, una etapa donde los argentinos y argentinas pudieron recuperar la memoria y avanzar algunos casilleros principalmente en materia de derechos civiles. En adelante habrá que seguir luchando para defender lo conseguido,  presionando para que los empresarios no se sigan enriqueciendo a costa del salario de los trabajadores, para seguir soñando una Argentina justa e igualitaria. La tarea no será simple, en los 12 años en los que Néstor y Cristina condujeron al país, también hicieron lo posible para que hoy tengamos que elegir entre dos hijos directos del menemismo: Macri o Scioli.

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