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En estos días las juventudes políticas argentinas se han reunido nuevamente, sólo que esta vez, el espíritu de la cosa se ha ampliado: a la presentación de la versión Siglo XXI asistieron Andrés “el cuervo” Larroque por la La Cámpora, Leandro Santoro por la Juventud Radical (Agrupación “Los Irrompibles”) y Pedro Robledo, de la Juventud del… PRO.

Cuando yo era joven militaba en la Juventud Peronista. Estoy hablando de los años 80, es decir: no de “la gloriosa” que, por edad, no hubiera alcanzado a integrar, sino de la más modesta, reformista y carrerista JP cafierista- duhaldista- menemista o vaya a saberse qué cosa, ya plenamente integrada al PJ y, por lo tanto, dispuesta a ir detrás del vencedor, cualquiera que este fuese. No cuajaba mucho en ella, así que el advenimiento del menemismo me sirvió para pegar el salto al marxismo que ya venía incubando desde pibe.

En aquella JP militaba una fauna muy variada y, a la larga, medianamente exitosa en la política burguesa: Gabriel Mariotto, Patricia Bullrich, Darío Giustozzi, y otros, cada uno con su respectivo padrino. Esa JP promovió, imitando a la gloriosa de los 70, la refundación del MOJUPO, Movimiento de Juventudes Políticas, que integraban las ramas juveniles de los partidos del llamado “campo popular”. La participación de la Juventud de la Unión del Centro Democrático, el partido de la derecha dirigido por Álvaro Alsogaray, además de estar fuera de la cabeza de cualquiera de los dirigentes de entonces (y fíjense ustedes qué nombres he dado: ninguno es un ejemplo de compromiso con la causa del pueblo trabajador), hubiera provocado el estallido del MOJUPO, sin dudas. Ni qué decir de un intento similar en los días de la hegemonía de la JP montonera, tan reivindicada por sus supuestos herederos, de incorporar a la juventud de Nueva Fuerza, el PRO de entonces.

No es casual que tal voluntad de amplitud y de “unidad nacional” coincida con el progresivo estallido de conflictos obreros y populares por aumentos salariales y contra las cada vez más numerosas suspensiones y despidos, que aumentan al mismo ritmo en que la crisis capitalista mundial descarga inexorablemente sus efectos sobre nuestro “capitalismo nacional”, explotando en la industria automotriz cordobesa, los frigoríficos rosarinos y las bodegas mendocinas en miles de suspensiones y despidos.

Y así como Cristina y Macri se lanzan piropos cada vez más frecuentes, así sus seguidores juveniles encuentran que las diferencias que los separan no son tan importantes. La “unidad nacional” es imprescindible para lograr que el plan de Kicillof, basado en la rebaja del nivel de vida, en la caída del consumo y de la actividad, de resultados, porque la extensión de los conflictos obreros haría inservible la política de ajuste.

De aquí los anatemas contra el recuerdo del SITRAC- SITRAM en los 60 y 70, de cuyo ejemplo Cristina en persona nos recomendó mantenernos alejados. De aquí también, las diatribas y los insultos a los nuevos dirigentes que, como el “pollo” Sobrero, intentan abrir un camino en los sindicatos basado en el respeto a la voluntad de las bases y en la combatividad. De allí que los presidenciables, empezando por el revolucionario ferroviario Florencio Randazzo y el escapista baulero Aníbal Fernández, y siguiendo por los burócratas sindicales de todo pelaje, entre ellos los cómplices del asesino Pedraza, hagan fila para pegarle, para mentir, para atacar al movimiento obrero que empieza a dar los primeros pasos de su reorganización revolucionaria.

Es que temen que se haga añicos el axioma del que han vivido en los últimos años, aquel que reza que, a su izquierda, “no hay nada”. Ellos saben, tanto como nosotros, que a su izquierda está el pueblo trabajador, hartándose de tanta farsa.

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