COMPARTIR

> Por Luis Brunetto

El distanciamiento entre el gobierno y la clase trabajadora, uno de sus apoyos decisivos a partir de 2003, se vuelve cada día más notorio y evidente. Al alejamiento de la fracción moyanista de la CGT que, unida a la CTA opositora ha promovido las primeras acciones de lucha de cierta envergadura durante el año pasado, se suma el creciente malestar de las direcciones sindicales de los gremios “oficialistas”.

Es que el oportunismo de las direcciones burocráticas de la CGT oficial a la hora de sostener al kirchnerismo choca con el descontento de sus propias bases. La erosión inflacionaria de los salarios sumada al efecto del impuesto a las ganancias han aumentado el malhumor, y las direcciones sindicales saben que no pueden sustraerse indefinidamente a la voluntad de los trabajadores. La perspectiva de que los aumentos de salarios vía paritarias sean en gran medida absorbidos por el impuesto, las coloca  en una situación muy compleja. La correcta implantación del control de precios, en este marco, suena a medida oportunista destinada a ofrecer a las direcciones burocráticas un pretexto para negociar blandamente.

Para la CTA oficialista la situación no es menos difícil. Su adhesión “ideológica” al proyecto del gobierno la ha sumergido en una contradicción muy difícil de resolver. Ha sido a través suyo que el gobierno mojó la oreja a la clase trabajadora en su conjunto, con el ofrecimiento “no rechazable” del Ministro de Educación Sileoni del 22 % en tres veces, y su advertencia de que “no sólo el 30 %, sino el 25 % sería una locura”, en lo que debe ser interpretado como un mensaje para toda la dirigencia sindical. En la paritaria nacional docente, otrora orgullo del kirchnerismo, la Lista Celeste, ha sufrido un nuevo golpe con su segundo cierre unilateral por parte del gobierno, que ha pasado de la defensa discursiva de la centralización del sistema educativo a alabar las virtudes federales de la estructura provincializada por el menemismo. La dirección celeste de CTERA se encuentra pues, en la encrucijada de virar su política frente al gobierno nacional y admitir que el ajuste no es sólo “sciolista”. Un panorama como el trazado parece ofrecer amplias posibilidades a las corrientes sindicales opositoras. El moyanismo, en primer lugar, se ha mostrado como un hueso duro de roer. El lanzamiento del Partido de la Cultura, la Educación y el Trabajo, apoyado en la estructura del gremio de camioneros, es el primer intento político independiente de una fracción influyente de la dirección sindical en décadas. Si se trata de un paso hacia la independencia de clase y un punto de reagrupamiento político de la clase en su conjunto, o de la creación oportunista de una herramienta electoral, no puede saberse de antemano, pues las contradicciones ideológicas del moyanismo son evidentes.

El descontento se extiende a todas las categorías de trabajadores, y ni que hablar del sector más pobre, que vive de un trabajo míseramente pagado en las cooperativas Argentina Trabaja, y que el gobierno cuenta como tropa propia. Su perspectiva burguesa y su desprecio por la historia, la cultura y la psicología de las masas trabajadoras de nuestro país, le impiden entender que esa fracción será arrastrada por sus hermanos de clase que se encuentran en mejor posición cuando suene la hora, más tarde o más temprano, de salir a la lucha.

Mientras tanto, el gobierno continuará apostando a la incapacidad de construir una alternativa de izquierda a su proyecto, única salida con posibilidades de éxito. Y mantendrá su empecinamiento, que en Once adquirió ya rasgos catastróficos, en construir una clase empresaria nacional. Como el ex ministro radical Pugliese, seguirá hablándoles a los empresarios con el corazón, para que le contesten con el bolsillo. Algo que es bastante lógico, pues antes que argentinos son empresarios…