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La actual Presidenta de la República dijo en mayo de 2003, unos días antes de asumir Néstor Kirchner, “si uno mira para atrás, el gran déficit de nuestra generación, en los años 70, fue cómo hacer un capitalismo en la Argentina. La sociedad no quería una sociedad socialista sino un capitalismo a la argentina, que en nuestro país tuvo el nombre de peronismo”. Durante casi 11 años se empeñaron en hacer realidad esa idea. Los resultados los evaluó la misma Cristina el 4 de febrero pasado, en el marco de los temblores por la devaluación: “Los empresarios tienen asegurada la ganancia, tienen asegurada la demanda. Pero es necesario que, en lugar de fugar al exterior las divisas las reinviertan en el país y apuesten a su país, porque su país ha creído en ellos y ha apostado al desarrollo de una industria nacional, que en definitiva es apostar a lo que nunca tuvimos: la construcción de una burguesía con conciencia nacional, que es lo que tienen todos los países desarrollados”.

Un viejo proverbio dice que el hombre es el único animal que se tropieza dos veces con la misma piedra, los nacionalistas cuatro o cinco. Al actual proyecto de los Kirchner ya lo intentó Perón, con más enjundia, y fracasó, lo intentó Illia y fracasó, lo intentó Alfonsín y fracasó. Fracasan y lo seguirán haciendo porque: La burguesía argentina renunció a hacer del nuestro un país desarrollado, al menos, desde 1880, tarea que con los recursos del granero del mundo hubiese sido posible pero prefirieron la ganancia inmediata y fácil a ser una clase capitalista explotadora, es necesario recordarlo, como la de los países desarrollados que hoy reclama Fernández.

La teorización acerca de una burguesía nacional con potencialidad revolucionaria o al menos progresista no es nueva, fue introducida por los comunistas en la década de 1930 y adoptada por amplios sectores del peronismo de izquierda, aunque John William Cooke (1919-1968) se diferenció de ella. En un aparente extremo opuesto, otros afirman que la burguesía nacional no existe, y por fin están los que la llaman burguesía local, es decir una mera burguesía intermediaria sin ningún poder propio. Las tres opiniones tienen en común dejar desarmados a los trabajadores y el pueblo al marchar detrás, desconocer o minimizar, a la poderosa clase que los explota y domina, y por lo tanto contra la que deben luchar para su emancipación.

La burguesía nacional es la que dirige políticamente nuestro país, y fue la que modeló el país de los argentinos que conocemos. Es verdad que es una burguesía dependiente, socia menor del imperialismo, que no aspira al desarrollo, pero no se puede negar que se ha constituido como clase políticamente dominante e ideológicamente hegemónica. Criterios sostenidos reiteradamente por los principales revolucionarios y teóricos marxistas argentinos que mencionamos por orden cronológica, Silvio Frondizi (1907-1974), Ernesto Guevara (1928-1967), Milcíades Peña (1933-1965), y Mario Roberto Santucho (1936-1976). Para los cuatro, pero en particular Guevara, burguesía nacional, autóctona, criolla o burguesía a secas son sinónimos.

La misma burguesía nacional y por medio del mismo partido, el justicialismo, es la que gobernó con Menem y con los Kirchner, la diferencia es que en la década del noventa la valorización del capital se realizó mayormente por medio de la especulación financiera y agotada ésta, en la década siguiente, sin abandonar la capitalización financiera, la valorización del capital se realizó principalmente por medio de la producción para la exportación y en alguna proporción para el mercado interno.

Por último nos queda preguntarnos por la importancia práctica de dilucidar esta cuestión. En primer lugar para que las organizaciones populares y el pueblo no marchen a la cola de un proyecto inviable e injusto; en segundo, para que tengan presente que se enfrentan con una clase poderosa política, económica e ideológicamente.

Resumiendo: la burguesía nacional existe, es poderosa, no es antiimperialista, no quiere desarrollar el país, pero es la que ejerce la dominación y es la clase a la que debe enfrentarse y derrotar si se quiere una Argentina independiente, que priorice la inversión productiva, y con ella el trabajo y bienestar para la inmensa mayoría, tareas que sólo se podrán realizar iniciando la marcha hacia el socialismo.

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