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Para explicar el endurecimiento cegetista, el gobierno ha ensayado la vieja explicación del trasfondo político en año electoral, tan grata al libreto de la burguesía argentina. Se trata, sin embargo, de un argumento bastante reñido con los hechos, vetusto, obsoleto, al menos en este caso.

Es cierto que, históricamente, los endurecimientos y la combatividad de los dirigentes se desplegaban al ritmo de la interna del PJ, en la que pretendían hincar el diente y, si era posible, la dentadura completa, amenazando con hacer uso del poder que usurpan, el poder infinito de la clase trabajadora, para sus propios fines. Pero eso se encuentra en un acelerado proceso de cambio, cuyo síntoma más notorio es la cada vez más activa inquietud en las bases y un creciente repudio a los dirigentes traidores.

Es un proceso que se combina con la influencia creciente de las corrientes de izquierda, que a la ya antigua influencia en el gremio docente, suman el crecimiento en los gremios industriales y de servicios. Hoy hay dos sindicatos industriales nacionales, estratégicos por su rol en la economía,  en manos de la izquierda: aceiteros y neumáticos. En Firestone, la única fábrica que el kirchnerista Pedro Wasejko logró ganar en las elecciones del SUTNA del 2016, 12 de los 12 delegados en la reciente elección de comisión interna fueron para la izquierdista Lista Negra.  Comisiones Internas independientes, como la de la Línea 60, han protagonizado conflictos exitosos.  En la lucha de AGR- Clarín, la influencia de la dirigencia del “combativo” gremio gráfico ligado al PJ, integrante de la “combativa” Corriente Federal, es nula, a pesar de que la Comisión Interna ha reclamado y reclama que se ponga a la cabeza.

Pero no son estos los únicos síntomas. La propia dirección de la UOM se halla en una situación de efervescencia. Después de su fracaso a la hora de destruir al activismo en Tenaris-SIAT, ha debido hacerse cargo del prolongado conflicto de Canale LLavallol, cuyas bases eligieron una nueva Comisión Interna,  movilizaron a la sede de la UOM e impusieron la destitución de un directivo de la estratégica seccional Avellaneda y del último delegado traidor, remanente de la vieja comisión interna.

Es esto, y no los lugares en las listas de los partidos burgueses, lo que desvela a los burócratas. Saben que esos lugares son la recompensa por su control eficaz sobre la clase obrera. Si ese control se pierde, ya no tendrán nada que ofrecer a sus patrones. Por eso la marcha del 7 de marzo y el paro con fecha indefinida, con suficiente tiempo para negociar. El problema es, por un lado, que el gobierno, empeñado en radicalizar el ajuste, cada vez puede ofrecer menos. Por el otro, que las bases obreras se han empeñado en retomar el control de su propio destino. Y eso no tiene remedio.

 

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