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Por José Beccar Varela, co-director del Boletín Isleño.

Había una vez un paraíso terrenal, surcado de arroyos, montes, animales salvajes y tigres que hacían temblar las noches.

En ese paraíso vivieron nuestros antepasados isleños, los Chanáes.  Pueblo canoero, pescador, cazador, sabedor como ninguno de las cosas de nuestras islas. Eran libres, mandaban en su tierra y la cuidaban porque conocían su valor.  Cuando llegaron los españoles se tuvieron que acomodar en una parcela, amansarse, abandonar su vida montaraz y remadora, o morir.

Quedó la tierra isleña casi vacía. Pasó a ser el rebusque de los criollos orilleros de los pueblos de Las Conchas (Tigre) y San Fernando. Allí iba el que quería, cortaba leña, cazaba, cortaba “unco” –como dicen los paisanos- para tejer o techar el rancho, pescaba, hacía carbón. Todo eso se vendía en el pueblo y se iba convirtiendo en un medio de vida para el pobrerío.

Y ahí fueron metiendo la cola los Estados. La provincia fue dividiendo el Delta. Se lo tiraron a la marchanta entre distintos municipios, y así se fue fragmentando una región que de por sí tiene una misma y fuerte identidad.

Luego vinieron los gringos, a montones, de regiones increíbles, a poblar esta tierra que les ofrecía, a cambio de un pedazo de suelo propio que no podían obtener en ningún otro lado.

El criollo se agringó y el gringo se acriolló, conformando esa identidad de fierro que es el isleño. Duro, fuerte, trabajador, independiente, libre, manso y salvaje a la vez.

Los gobiernos vieron que crecía la población y empezaron, fragmentariamente, a adoptar medidas erráticas, equivocadas, sin la visión global que merece una región tan especial como la nuestra, siempre sin el concurso del isleño, a quien como es costumbre desde aquella época, se lo trata de incapaz de gobernarse a sí mismo.

Auge de producción: fruta, madera, formio, junco, mimbre, ladrillos, tejas, dulces, muebles, ¡hasta una destilería de combustible llegó a haber en la isla en tiempos en que todo se importaba a principios del siglo XX! Pero los gobiernos no pensaron en el isleño. Todos sus programas estaban orientados a que la gente produjera materias primas para venderle a la ciudad, no a desarrollar la región por sí misma, agregando valor a toda esa masa de productos que salían hacia el Mercado de Frutos, hoy un “shopping” de marcas importadas y baratijas de Indonesia.

Y la ciudad un día no precisó más de la producción del Delta: la fruta empezó a venir del sur, las sogas ya no se hacían con formio, sino de plástico, y las incipientes industrias, producto únicamente del esfuerzo individual del isleño, se cayeron a pedazos. La isla, que supo tener 50.000 habitantes se despobló, como mero suburbio de los diferentes municipios que se la habían dividido.

Hace algunos años que el Delta va teniendo un resurgimiento. Por las nuevas comunicaciones, se convierte en un lugar posible para vivir de una manera más tranquila, más sana, en contacto con la naturaleza y con una austeridad y sencillez que en la ciudad se convierte en pobreza.

Pero también está en la mira de los cuervos que sólo lo ven como una cocina de dólares, haciendo un turismo irresponsable y depredador, que llega, destruye, se lleva y se va, dejando sólo contaminación, ruido, basura, y saqueo de tranquilidad. También los inversores inmobiliarios, de la mano de los políticos corruptos que ponen su “gancho” para dejar hacer se han convertido en buitres que miran la isla sólo para hacer sus negocios, destruyendo el medio ambiente, expulsando al isleño de su tierra, y transformando el modo de vida de las islas radicalmente para hacer sus barrios privados. Nos imponen Normativas de Construcción que quieren hacer “tabla rasa” con el pasado y la identidad de la isla.

Y ante todo este panorama, cae de maduro la pregunta: ¿por qué no es el isleño el que tiene la manija para tomar sus propias decisiones, para resolver sus problemas a su modo en un Bajo Delta unificado, sin fronteras artificiales? ¿Por qué el isleño no tiene autoridades propias, a su imagen y semejanza, un municipio propio que maneje los inmensos recursos que hoy son extraídos y gastados en otra parte dejando a la región con pésimas escuelas, malísima atención médica y ninguna infraestructura de ningún tipo? El isleño se pregunta esto hace ya muchos años.

Hoy son los intendentes de San Fernando, Luis Andreotti, y de Tigre, Sergio Massa, que aparecen en el panorama como la “nueva política”, quienes usufructúan los beneficios propagandísticos que les da el manejo administrativo de estas tierras robadas al isleño.

La Autonomía municipal llegará, porque como dijo Roberto Arlt: “El Delta argentino es uno de los pocos lugares en el mundo donde aún queda un puñado de hombres libres”.

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