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> Por Luis Brunetto

Si rastreamos el origen público del conflicto entre la actual dirección cegetista y el kirchnerismo, debemos remontarnos al acto de River en octubre de 2010 en que Hugo Moyano planteó la necesidad de que un trabajador llegara alguna vez a la presidencia de la Nación. El planteo, leído tradicionalmente como una enunciación de las aspiraciones personales del dirigente camionero, ¿no es acaso la expresión de la necesidad de que la clase trabajadora se eleve a la dirección del país, deformada por el tamiz burocrático de los dirigentes? ¿Y la respuesta de Cristina (“compañero Moyano, yo trabajo desde los 18 años…”), no fue una respuesta de clase en la que quedó clara la voluntad de su corriente de mantener la dirección del proceso en manos de la “burguesía nacional”? Este primer síntoma de distanciamiento se profundizaría luego con el desplazamiento de los lugares prometidos a la CGT en las listas electorales y su reemplazo por jóvenes camporistas, y se sellaría a partir de la decisión de impulsar el reemplazo de Hugo Moyano al frente de la CGT. Pero debajo de la puja entre la dirección cegetista y el gobierno hay, en realidad, raíces más profundas, ligadas al problema del papel de la clase obrera en el desarrollo del proceso antiimperialista.

La respuesta del kirchnerismo a la crisis mundial exige reducir los costos laborales para mantener la tasa de ganancia. En ese sentido, el Congreso de la CGT del 12 de julio marcó un punto importante, ya que representa la voluntad de mantener la autonomía de la central sindical en el actual proceso político, y la deja expuesta a las presiones reales de las bases obreras.

Hay que tener en cuenta que el aislamiento al que el gobierno pretende someter a Moyano lo empuja a profundizar la relación de la CGT con las bases obreras. Por supuesto que el moyanismo puede equivocarse pretendiendo construir una alianza con la oposición, pero en ese caso verá rápidamente disuelto su capital político, que se apoya en su capacidad de movilización y en haber sido la garantía fundamental de la estabilidad y de todas las medidas progresivas tomadas por el gobierno. Sería un pésimo negocio romper con el gobierno para jugar un papel subordinado en la oposición, que no está dispuesta tampoco a permitir que el moyanismo, en tanto expresión de un sector del movimiento obrero, juegue un rol protagónico

Nota completa en la edición impresa. MASCARÓ #4

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