COMPARTIR

Entre las presiones internacionales y las decisiones vernáculas, el gobierno nacional zigzaguea sobre un modelo que intenta conciliar los derechos de los trabajadores con el pago de una deuda fraudulenta, utilizando utópicamente las armas melladas del capitalismo.

La apretada que le ha pegado al gobierno argentino el juez de barrio neoyorquino, en una de cuyas calles (Wall Street) se encuentra la Bolsa de Valores más importante del mundo, ha puesto en jaque el plan kirchnerista de retorno ordenado a los mercados y al capitalismo “a secas”. Los jalones anteriores del programa (acuerdo secreto con Chevron para la explotación de Vaca Muerta, indemnización a REPSOL, resolución de los conflictos en el CIADI y arreglo con el Club de París), y todas esas hazañas de la ingeniería económica nacional y popular, parecen estar destinadas al tacho de basura por la resolución del magistrado norteamericano. Hoy, a un año de las elecciones Primarias de 2015, está absolutamente claro que el eje de la situación política actual del país pasa por la resolución, en uno u otro sentido, de este conflicto.

La voluntad de pagar

El primer efecto de la acción del Juez Griesa ha sido el de resquebrajar la trabajosa unidad que había alcanzado, tras ese plan, la clase dominante, y que se expresaba en el continuo intercambio de piropos entre Macri y Cristina. Tal “unidad patriótica” dependía del éxito del plan Kicillof, y de que el diablo no metiera la cola para perturbarlo. Pero el diablo, como no podía ser de otro modo, metió la cola y cada cuál debió reaccionar según su épica prefijada: el kirchnerismo volviendo a su retórica revolucionaria y el macrismo al gorilismo cipayo más furioso.

En este país, según propia confesión de las partes, gobiernan pagadores seriales y se oponen pagadores seriales. Lo que distingue a ambas fracciones es la forma, no el contenido. Estaba claro que el nacionalismo kirchnerista había llegado a la conclusión de la necesidad de “reinsertarse” en el mundo tanto como el cipayismo macrista. Pero “la opción Griesa” implica un monstruoso ajuste que recaería no sólo sobre el pueblo trabajador, sino también sobre las pymes, la fracción del empresariado en cuyo desarrollo el kirchnerismo deposita su esperanza de construir una burguesía nacional.

Está claro que el macrismo, en cambio, es mucho más afín a la medida de Griesa. Tal afinidad ideológica no discurre en el etéreo mundo de las ideas, sino que es un producto del muy sólido y material interés de clase que representa: el del gran capital nacional y extranjero. De allí su carácter de continuador político e ideológico del proyecto de la dictadura y del menemismo.

Mientras el plan kirchnerista de reinserción internacional comandado por el Ministro de Economía Axel Kicillof, iba de éxito en éxito, el macrismo no dijo esta boca es mía. ¿Qué sentido tenía? Hasta que en boca de Griesa se oyó la voz del imperio…

Por supuesto, Macri y Cristina no son las únicas opciones de la política burguesa, pero nos sirven de prototipo analítico porque representan los “extremos” del arco burgués, independientemente de su suerte política futura. Massa, Scioli, Binner o Carrió, tanto como Cristina o Macri, representan gradaciones ideológicas dentro del más o menos amplio espectro que va, del gran empresario, al pequeño y mediano explotador.

Tales gradaciones quedan expresadas en las posiciones sobre el proyecto de cambio de domicilio de pago de la deuda. Así, mientras el gobernador bonaerense, Daniel Scioli respaldó sin dudas la iniciativa, Sergio Massa y Roberto Lavagna plantearon que deben establecerse en el proyecto de ley otras sedes de pago fuera de la Argentina. La UCR quedó atravesada por la interna entre el alfonsinismo (proclive a apoyar) y la derecha del partido representada por Ernesto Sanz, mientras que la inefable Elisa Carrió se alineó con su amigo Macri declarando que Cristina propone la ¡guerra! “Es como si nosotros ahora dijéramos que la final del Mundial no vale porque el arquero de Alemania hizo un penal, y entonces los invitamos a jugar otro partido en Argentina y ponemos a Oyarbide como juez” afirmó, finalmente, el ex bigotudo imitador de Freddie Mercuri. Como se ve, un menú exquisito y variado en el que el único ingrediente común es la voluntad de pagar.

¿Chavismo?

No es casual, en el contexto que hemos descrito, que el gobierno ensaye un nuevo movimiento pendular hacia la izquierda. Ese movimiento responde no sólo a asegurarse la contención y el apoyo de su base social en tiempos difíciles, sino a la necesidad de atravesar la coyuntura económica, signada por la penuria de divisas, sin recurrir a una devaluación que, esta vez sí, podría disparar una escalada inflacionaria mucho más grave que la del verano. Así, por ejemplo, el gobierno ha reemplazado los palazos de Sergio Berni por la tolerancia en el caso de Donnelley, aceptando la ocupación de la planta y acusando de “terrorista” a la empresa, propiedad de un Fondo de Inversión yanqui. A los obreros de Lear, Gestamp y Emfer, en cambio, el péndulo los agarró yendo para el otro lado, y les dio en la cabeza.

Nota completa en edición impresa. Mascaró #25 de Septiembre 2014.

SIN COMENTARIOS

RESPONDER