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> Por Luis Brunetto

A consecuencia de la alianza que une a ambos gobiernos y que tiene por fin limitar la influencia yanqui en latinoamérica, la victoria de Chávez dio oxígeno al gobierno argentino en medio de su puja con el grupo Clarín. Efectivamente, después de casi diez años al frente del país, el enfrentamiento con el monopolio mediático es el principal frente de conflicto que afronta el kirchnerismo, período en que el chavismo realizó cambios económicos y sociales profundamente revolucionarios, a pesar de la oposición feroz de los medios venezolanos.

¿Se trata de diferencias de táctica y de ritmo entre dos tendencias con objetivos comunes? Puede sostenerse que el kirchnerismo “eligió” el camino de enfrentar al poder mediático para, una vez derrotado éste, avanzar en el terreno de los cambios económicos revolucionarios, en tanto el chavismo aplicaría otra táctica para alcanzar los mismos fines. Tal es la explicación que escuchamos de la izquierda kirchnerista.

Pero también puede sostenerse que se trata de proyectos diferentes. El kirchnerismo apunta explícitamente a crear un empresariado nacional capaz de dirigir la nación. Sus estatizaciones, excepto la de las AFJP, han sido todas realizadas al borde de la catástrofe y, en algunos casos, como el del ferrocarril, ni siquiera la catástrofe ha llevado a la estatización. Los índices de inflación son ocultados en nuestro país a los trabajadores, en tanto que en Venezuela se denuncia abiertamente a las patronales y se estatizan las cadenas de supermercados que especulan con los precios. Mientras Cristina Fernández se pelea por carta con Rocca-Techint, Chávez lo expropia. El resultado de la principal batalla política del chavismo, el golpe patronal del 2002, fue la eliminación definitiva de todo resto de injerencia privada en PDVSA. La principal batalla del kirchnerismo, el levantamiento de la patronal agraria en 2008, terminó en derrota, y no se volvió a hablar del tema. La ley de medios reemplazó a la Resolución 125 como núcleo del programa kirchnerista…

El chavismo proclama a la movilización popular como la verdadera fuente de su poder, desde el caracazo de 1989, pasando por el levantamiento armado del ’92 y por supuesto, por el aplastamiento del golpe del 2002 y la huelga gerencial de PDVSA que le siguió. El kirchnerismo oficial (no la izquierda kirchnerista), en cambio, directamente reniega de su carácter de hijo de la rebelión del 2001, a la que considera una expresión de la “antipolítica”. Ni que decir del intento chavista de reorganizar el estado mediante la formación de comunas, abriendo el camino a la aparición de formas de doble poder.

El chavismo, con todas sus limitaciones, se asume a sí mismo como una tendencia política revolucionaria, de aquí que busque en la movilización de las masas su fuente de origen, poder y legitimidad. Para la burguesía, en cambio, incluso para la versión antimperialista que honesta pero utópicamente el kirchnerismo busca con lupa, hace mucho que la revolución se ha vuelto repudiable. Y no hay lupa que permita viajar en el tiempo hasta las postrimerías del siglo XIX, cuando se sentaron las bases del capitalismo imperialista. La revolución, que en medio de la crisis capitalista el chavismo asume no casualmente con su color rojo y proclama con su carácter mundial y socialista, es el camino de las masas al futuro, al socialismo que, en este siglo, no puede más que ser el del Siglo XXI. En Venezuela, en el mundo y, por supuesto, también en Argentina.

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