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> Por Daniel De Santis

Corría el agitado año de 1974, desde el 23 de mayo al 9 de septiembre se desarrolló un encarnizado conflicto entre la empresa Propulsora Siderúrgica -actual Siderar, que integra el Grupo Techint- y sus trabajadores. Por entonces yo era obrero y delegado de la misma. Durante ese año, dos veces nos reunimos con Agostino Rocca, fundador y presidente del Grupo. En la primera estábamos la mayoría de los 33 delegados, un pequeño número de estos que respondía a la burocracia sindical se robó los adornos que había en la sala. La mayoría, los revolucionarios, nos comportamos como verdaderos caballeros, porque estábamos allí para defender los intereses inmediatos del conjunto y, en el largo plazo, quedarnos con la empresa, es decir: nacionalizar la producción de acero con control obrero.

A la segunda asistimos los cinco integrantes de la Comisión Interna y un número similar de Directivos de Propulsora tratando de llegar a algún acuerdo. No se lo logró, pese a algunas insinuaciones non santas, porque nos mantuvimos firmes en el mandato de nuestros compañeros: Ningún despedido, aumento de los salarios y el reconocimiento del Cuerpo de Delegados.

La lucha había finalizado con un resonante triunfo de los trabajadores. Un par de meses después, me llamó el Jefe de Relaciones Industriales de la Planta de Ensenada para decirme que Agostino quería hablar conmigo a solas, es decir una reunión secreta, en Buenos Aires. No era una situación sencilla debido a que, la regla número uno de un delegado es que nunca habla individualmente con la patronal.

Como no había tiempo de consultarlo con la Asamblea, resolvimos la situación llamando de urgencia a una reunión del Cuerpo de Delegados el que autorizó mi asistencia. Salimos en el Fiat IAVA rojo de Gabriel, un trabajador soltero que había destinado todo su salario a la compra de uno de los autos más cancheros del momento. En el camino nos atascamos en un embotellamiento por lo que llegamos una hora y media tarde.

En la sede central de Techint, Avenida Córdoba 320, me hicieron pasar a un gran salón del 4to piso en el que me esperaba Agostino, con el que me presentó como su heredero, de quien no recuerdo su nombre, pero no era Paolo. Trabajando sobre mi ego y para poner en evidencia lo importante del encuentro me dijo que me había esperado pese a que lo aguardaba un avión que lo llevaría a dar una conferencia ante más de 100 ejecutivos.
Luego de preguntarme qué querían los trabajadores y de haberle respondido que: el reconocimiento del Cuerpo de Delegados, ya que las demás reivindicaciones habían sido cumplidas; pasó a hacer una representación dramática digna del gran actor y compatriota suyo Vittorio Gassman: “Propulsora es mi niña mimada, la etapa tercera de mi sueño, construir allí una siderúrgica integrada desde el alto horno hasta el laminado en frío. ¡Todo lo que tengo es para los obreros! ¡A los accionistas ¿qué le doy?, acciones… papeles!”. Pensé yo: “menos mal que soy un obrero consciente porque sino éste me convence”.

En los 90 el sueño de Agostino se hizo realidad
Pero no porque se construyera en Ensenada el alto horno, la colada contínua y el laminado en caliente sino porque Menen le entregó SOMISA, la mayor empresa de nuestro país después de YPF y su planta de San Nicolás, la mayor fábrica argentina en la que trabajaban 10.000 obreros. Con ello Techint pasó a monopolizar la siderurgia. Mientras los Rocca fueron aliados de los distintos gobiernos, hasta los inicios del primer mandato de Cristina Kirchner, sus integrantes parecían no haberse percatado de ésta realidad.

En un encuentro a puertas cerradas en la Academia de la Ingeniería, el lunes 3 de septiembre, Paolo Rocca, nieto de Agostino y Presidente de Techint , realizó duras críticas a la política oficial: “A partir de 2008 el Gobierno perdió el rumbo… la competitividad comenzó a caer… hace dos años no hay inversión en serio… es difícil que la Argentina vuelva a crecer fuerte, por un cuello de botella en materia energética… la falta de infraestructura atenta contra una recuperación de la actividad económica”. Luego comparó el costo empresario por obrero de Argentina (24 dólares por hora), con México (12 dólares) y Brasil (9 dólares), indicó que existe una pérdida de competitividad de nuestro país frente a sus principales competidores.

En una carta que le dirigió a la Presidenta de la Nación negó esas declaraciones, a la que CFK le contestó con otra y publicó ambas. La sobria respuesta deja toda la responsabilidad a “cierto monopolio, este sí de carácter ilegal“, en clara alusión a Clarín con el que Techint ha marchado junto en más de una oportunidad.

La respuesta política y económica quedó en boca del Vice Ministro de Economía Axel Kicillof, a través de su participación en el programa ultra oficialista 678. Kicillof, entre otras cosas, dijo que Techint se quedó con SOMISA “por dos monedas”. Más adelante agregó que “el único modelo que le gusta a Rocca es el de la competitividad en base a salarios bajos, con represión económica, o con megadevaluaciones… sin realizar las inversiones necesarias para abastecer la demanda interna”, y que “ha recibido subsidios por 400 millones de dólares acumulados”. Todas críticas que compartimos pero, nos preguntamos, ¿por qué el Estado nacional debe subsidiar la ganancia privada?.

Como tanto la derecha política y la izquierda kirchnerista se esfuerzan en asimilar al Gobierno argentino con la Revolución Bolivariana encabezada por Hugo Chávez, nos remite a la diversa actitud de ambos gobiernos ante el monopolio del acero. Mientras en Argentina todo terminó con un intercambio de cartas y un programa televisivo, en Venezuela se expropió la empresa SIDOR sin mediar ningún conflicto sino por una necesidad estratégica del desarrollo industrial del hermano país latinoamericano.

Varios de mis compañeros delegados eran de la misma fuerza política que Cristina, ella ya se ha autocriticado de aquellos sueños, cabría preguntarle a Kicillof con quién hubiese estado él, con los revolucionarios que queríamos estatizar la producción de acero o con los aprendices de burócratas que se llevaron los ceniceros de cristal de Rocca.

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