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Ampliando y expandiendo el mecanismo subsidiario conocido como REPRO, el kirchnerismo ha dado un paso nuevo e inédito en la historia del capitalismo haciendo al Estado cargo del pago de una parte de los salarios del sector privado. Con el proclamado fin de sostener el empleo, este subsidio al empresariado ha pasado de $600 a $2500, y se ha introducido una nueva modalidad con el pago de $2000 para los estudiantes que realicen pasantías en empresas privadas. El subsidio representa entre el 55 y el 70% del mínimo fijado por el Consejo del Salario y prueba la enorme preocupación del gobierno en relación al estallido del problema de la desocupación. Del 6,9 al 7,5% según la última medición del INDEC, la poco confiable estadística oficial nos habla de centenares de miles de trabajadores arrojados a la reserva de mano de obra, a la espera de que la tasa de ganancia de los ricos los vuelva a trasformar en “empleables”.

Lo gracioso es que estas medidas aparezcan revestidas de un carácter “nacional y popular”. Está claro que el fin de la medida es sostener lo que en el lenguaje keynesiano kirchnerista se conoce como “demanda interna”, pero eso no es otra cosa que lo que los marxistas llamamos condiciones de realización de la plusvalía, realización indispensable para que los capitalistas embolsen sus ganancias: toda mercancía encierra, en una parte de su valor, la ganancia del capitalista. Si la mercancía no se vende, la ganancia se esfuma en el aire.

Seguramente, desde la izquierda kirchnerista o desde las tendencias que marchan derechito a someterse al nacionalismo podrán defender el plan en términos de una concesión necesaria para “sostener el nivel de empleo”. Perfecto: ¿por qué entonces el Estado no se embolsa parte de la ganancia correspondiente al capital que invierte? ¿Por qué no reclama parte de la propiedad de las empresas a cambio de lo que, de otro modo, no es otra cosa que un regalo del pueblo trabajador a sus explotadores?

Todo subsidio al empresariado es un subsidio a la ganancia. Cuando se subsidian las tarifas de los servicios públicos que permanecen en manos privadas, o las obras en ferrocarriles y rutas, el Estado burgués aporta sumas que, de otro modo, deberían gastarse a costa de las utilidades. La novedad en este caso es que, al subsidiar directamente los salarios del sector privado, además de mejorar esas condiciones de realización, el estado ensancha la porción de ganancia encerrada en cada mercancía. Es decir: convierte en capital privado primero y, trabajo mediante, en ganancia capitalista después, una parte del capital social de todos los argentinos.

Los grandes empresarios nacionales y extranjeros chocan con el gobierno por los proyectos de leyes “chavistas” o por el intento de cambiar el domicilio de pago de la deuda externa, pero aplaudieron a rabiar la extensión de los REPRO. Es que la disputa entre ambas fracciones burguesas es por la orientación del proyecto capitalista argentino, por el grado de sometimiento o asociación con el imperialismo, por qué porción de la riqueza producida por los trabajadores argentinos se embolsa cada una. Pero estas discrepancias profundas quedan de lado a la hora de celebrar la expansión del programa que mejora, parafraseando la terminología kirchnerista, las “condiciones de explotabilidad” de los trabajadores por los empresarios de todos los tamaños, pequeños, medianos y grandes, y de todas las nacionalidades, argentinos o extranjeros.

Nota completa en edición impresa. Mascaró #25 de Septiembre 2014.

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