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Cuando allá por 2005, en el IV Congreso de las Américas, en Mar del Plata el Comandante Hugo Chávez sepultaba con su histórica frase “Alca, Alca, ALCARAJO” los planes de Estados Unidos de establecer una nueva área de libre comercio en el continente, no fue ingenuo ni azaroso. El por entonces presidente venezolano intentaba desterrar las nuevas formas de saqueo y dominación de los recursos humanos y naturales de América Latina bajo las garras del águila estadounidense.

Una década más tarde, las limitaciones propias de gobiernos como los de Néstor y Cristina en Argentina o Lula y Dilma en Brasil (que fueron derrotados por la derecha que hoy gobierna esos países), sumados a la inteligencia y el poderío estadounidense, llevaron a que proyectos como el ALBA o UNASUR empiecen a peligrar en manos de la Alianza del Pacífico.  Es hacia ese bloque (integrado por Chile, Perú, México y Colombia) que el gobierno de Mauricio Macri, desde Argentina, quiere llevar al resto de los países que aún no se alinearon a las ideas de la Casa Blanca. La Alianza del Pacífico surgió como una alternativa a la derrotada propuesta del ALCA y no es ni más ni menos que la puerta para que, en nombre del libre comercio, Estados Unidos tenga acceso directo a los recursos naturales del continente y al control de políticas económicas de la región.

Mauricio Macri ya dio un primer paso hacia esos destinos al conseguir que Argentina participe por primera vez como País Observador de la próxima cumbre de la Alianza a desarrollarse en Chile. Para justificar el nuevo rumbo de la política internacional argentina el presidente declaró que “el Mercosur tiene que tener dinámica. Queremos que empiece a dialogar e interactuar mucho con la Alianza del Pacífico, que se ha mostrado exitosa y muy dinámica en los últimos años”. Aunque no se sabe a qué llama “exitosa” Mauricio, la realidad es que los tratados de libre comercio a los que deberá sumarse Argentina si quiere ser miembro pleno de la Alianza del Pacífico son acuerdos que favorecen a sectores empresariales de países desarrollados y, por el contrario, perjudican a las poblaciones de los países llamados “en vía de desarrollo”.

Ante este panorama resulta importante recordar algunos puntos destacados del documento de la Cumbre Antiimperialista Anticolonialista que se desarrolló en Bolivia en agosto de 2013 y de la que participaron más de 90 organizaciones sociales de al menos 28 países de todo el mundo. Para frenar las políticas imperialistas de la Casa Blanca, se debe “impedir, con la conciencia y la acción de los pueblos, toda forma de revivir y reinventar el ALCA”, y para eso es necesario que  al modelo capitalista “se contraponga el modelo socialista, basado en empresas con propiedad social, el reconocimiento de la economía plural, estatal y social comunitaria”.

La derecha neoliberal ha retornado con fuerza en América Latina y Argentina es uno de los más claros ejemplos de las consecuencias nefastas de sus políticas. Ante una Venezuela tambaleante y una Bolivia que quedará casi completamente aislada de cualquier apoyo de los Estados de la región, será la presencia y la acción de los pueblos, nuevamente, la que pueda frenar la depredación capitalista.

 

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