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> Por Luis Brunetto

En los conflictos que enfrentan al gobierno nacional con los gobernadores de Buenos Aires y Córdoba y con el jefe de gobierno de Capital aparece como común denominador la voluntad de reducir el gasto nacional. Ese objetivo responde a la necesidad de contener el déficit de las cuentas públicas, que actualmente orilla los 3 puntos del PBI. El hecho de que Scioli, de la Sota y Macri representen a la derecha le facilita al gobierno la tarea de mostrar como lucha contra los gobernadores reaccionarios lo que es un progresivo retorno a la política descentralizadora.

Ya durante el conflicto docente de principio de año, la paritaria nacional fue interrumpida unilateralmente por el gobierno, y tal herramienta, que había sido hasta entonces propagandizada como uno de los más importantes “logros” del nacionalismo popular contemporáneo, fue rebajada a un simple punto de referencia para las paritarias provinciales, ya que, al decir de Sileoni, “el estado nacional no tiene escuelas”. En este caso, el reaccionario Scioli y el kirchnerismo no mostraron fisuras: se trataba de contener el aumento salarial docente, y hasta Cristina salió a dar una mano insultando a los trabajadores de la educación en el discurso de apertura de las sesiones ordinarias del Congreso.

El mismo carácter tuvo el conflicto alrededor del aguinaldo bonaerense, aunque en este caso los trabajadores estatales fueron la mortadela del sándwich en el ataque del kirchnerismo contra Scioli. En el caso cordobés, la transferencia de los recursos que reclama el gobierno provincial está supeditada a la “armonización” del sistema previsional provincial con el nacional, pues el resto de los argentinos no tienen por qué financiar jubilaciones de… ¡22 mil pesos de promedio! (Diego Bossio dixit en 6, 7 y 8 del 21-8-12, aunque después, ante el sonrojo de los panelistas, aclaró que se trataba de las jubilaciones de los jueces). O sea: alargar la edad jubilatoria y reducir las jubilaciones.

Breve historia del subte

Creada durante la Década Infame, la Línea A fue la primera vía subterránea. En 1948, durante el primer gobierno de Perón, pasó a integrar la Administración del Transporte del Gran Buenos Aires (ATGBA), que incluía las líneas de colectivos de Capital y Gran Buenos Aires. En 1955, Perón comenzó a privatizar los colectivos y el subte quedó como empresa del estado nacional hasta que, en 1977, la dictadura creó Subterráneos de Buenos Aires y, en 1979, transfirió su paquete accionario a la entonces Municipalidad de Buenos Aires. Menem completó el proceso entregándolo al grupo Roggio.

¿Debe el subte ser administrado por la ciudad de Buenos Aires? En primer lugar, se trata de un servicio esencial tanto para los porteños como para los habitantes del conurbano que trabajan en la Capital. La salida entonces, sería quitarle la concesión a Roggio y a los concesionarios a cargo de las líneas ferroviarias suburbanas y formar una gran empresa estatal de transporte del conurbano, al estilo de la vieja ATGBA. Pero a una medida de este tipo no sólo se opondría Macri, (que, a no confundir, no rechaza la transferencia, sino las condiciones en que se hace), sino también el kirchnerismo, protegiendo ambos los intereses del grupo Roggio, perjudicando a millones de usuarios y a los trabajadores con el fin de sacarse votos mutuamente. No se entiende en cambio porque la izquierda kirchnerista no promueve una salida de este tipo.

Frente a la crisis mundial, el nacionalismo popular no puede más que desandar el camino tímidamente iniciado en 2003 hacia la centralización nacional de los servicios públicos. Tal camino que, por supuesto, debía ser apoyado, exige hoy rebasar una serie de límites que el gobierno no parece dispuesto a franquear. Recordemos que la descentralización fue el mecanismo mediante el cual el neoliberalismo trató de abrir el camino a la privatización de los servicios públicos: así se transfirieron a las provincias los hospitales nacionales y las escuelas secundarias, algo que ya había iniciado la dictadura al transferir las escuelas primarias (las llamadas escuelas Laínez), y así se destruyeron. Esa tendencia fue frenada por la rebelión del 2001, y parcialmente revertida durante los primeros años del kirchnerismo. Pero la crisis mundial golpea las puertas de casa, y si hemos de enfrentarla dentro de los límites del capitalismo, los recursos del estado argentino deben estar disponibles para subsidiar a la clase elegida para la utopía, la burguesía nacional en proceso de construcción.