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Las imágenes de Kirchner mediando en el conflicto colombiano- venezolano, o de Cristina volando a Honduras en las jornadas que rodearon a la destitución de Zelaya, o las de las reuniones de urgencia para frenar los golpes en Bolivia y Ecuador, o de la presión de Maduro (finalmente infructuosa por la conducta pusilánime de Lugo) sobre los golpistas paraguayos, todo eso parece remitirnos a un pasado lejano. Efectivamente, esas escenas parecen de otra época, sobre todo cuando en las últimas dos grandes crisis que explotaron en Latinoamérica, UNASUR no ha jugado papel alguno. Efectivamente, ante la crisis venezolana iniciada en febrero, la llamada por Modesto Guerrero “revuelta de ricos”, y la actual situación desatada por el conflicto entre nuestro país y los fondos buitres, el organismo impulsado en su momento por Hugo Chávez ni siquiera se ha reunido. La OEA, organización que parecía condenada al olvido o a un papel subalterno, es la que ha intervenido en ambos casos, sobre todo en el conflicto con los buitres.

Pero las razones del ocaso de UNASUR hay que buscarlas en los límites de clase de los procesos latinoamericanos abiertos a principios del milenio. No es casual que, reencauzados tales procesos políticos en los países de mayor peso, Brasil y Argentina, luego de más de una década de disputa, hacia una política de desarrollo asociado con el imperialismo que exige el retorno a los mercados financieros, pasen a un segundo plano los organismos que representaron el intento emancipador de la etapa anterior. Esto no significa, sin embargo, que este viraje deba interpretarse en términos de una pura vuelta a la situación anterior al año 2000, o sea en términos de un simple retorno al neoliberalismo. Hacerlo sería un error tanto como el negarlo o atribuírlo, como hace el sector progresista del kirchnerismo o las corrientes de la “nueva izquierda”, a la genialidad maniobrera del “marxista” Kicillof.

La OEA vuelve en reemplazo de la UNASUR, pero también surgen nuevos alineamientos que tientan a los gobiernos burgueses locales y que empiezan a jugar un papel en el escenario mundial, como los BRICS. Esta organización representa el interés de las proto-burguesías china y rusa, de contrapesar el poder imperialista de las burguesías tradicionales. El proyectado ingreso de Argentina en el bloque es una muestra más de la voluntad de nuestra clase dominante de abandonar a su suerte el proyecto latinoamericanista que había impulsado, o se había visto obligada a impulsar, como consecuencia de la rebelión del 2001. Pero también una prueba de que su interés no es someterse pura y simplemente, sino negociar con el imperialismo norteamericano las condiciones de la recolonización del país.

La suerte de UNASUR, como la suerte del proyecto centenario de unidad latinoamericana, depende ahora de las clases trabajadoras. El nacionalismo y el latinoamericanismo de las clases empresarias han llegado, en este ciclo, a su límite histórico, a su agotamiento. Aislados por los grandes de la región (Argentina y Brasil), Venezuela, Bolivia y Ecuador necesitarán relanzar sus procesos revolucionarios y vincularse con los movimientos que tendrán que desarrollarse al compás del resquebrajamiento de las alianzas que sostuvieron al PT y al kirchnerismo en Argentina.

Es que en la nueva etapa no habrá otra salida más que la lucha por el dominio político de las clases trabajadoras latinoamericanas. O las cadenas.

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