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Qué furias, dolores de cabeza, rabietas e impotencias

recorren los periódicos, pasquines,

pasillos ministeriales y despachos varios

cuando la trabajadora, el trabajador

junto a los de su misma condición,

resuelven

abandonar su suerte individual de

ciudadanos

consumidores

contribuyentes

votantes

vendedores particulares de fuerza de trabajo

para devenir en una sola mano

una sola mente

que se paraliza

y paraliza consigo todo lo que se mueve.

Qué furias, dolores de cabeza, rabietas e impotencias

se producen entonces.

Nunca se encuentran tantos acuerdos

entre los que siempre desacuerdan

(en la forma)

cuando los que como individuos

son ciudadanos, consumidores, contribuyentes, votantes

o vendedores particulares de fuerza de trabajo

pero en la lucha y el futuro

son uno solo

y cuyos brazos y mentes mueven todo lo que se mueve

y deteniéndolo todo

lo reafirman.

Si son ciudadanos

o contribuyentes y van al trabajo

si son consumidores o votantes y

luego van a la casa

seguro encontrarán las flores.

Las palabras y los himnos reposarán

en el gris heroísmo

de sus cotidianas luchas contra lo inanimado.

Pero qué pronto se derrite el bronce,

se marchitan las flores,

se descalibra la balanza y

se ratifica el monopolio del plomo legítimo

cuando los brazos de par en par

las mentes una por una

resuelven que nadie es nadie si no es con otros.

Y no es tanto el perjuicio económico

que existe y pueder ser

como la amenaza latente

que se transparenta en la situación:

no hay dueño, por más dueño

que pueda echar andar un motor

no hay grano de trigo que llegue a una mesa

sin la fuerza de los que somos más

no hay porción de lo producido y pensado

que no sea hecho por millares

esfuerzo universal de los vivos y muertos.

Nuestra única debilidad

es autocondenarnos a ser sólo brazos.

Y cuando parece que se viene

y se anuncia el sordo rumor del malestar

aparecen las furias, los dolores de cabeza,

las rabietas e impotencias

que recorren los periódicos, pasquines,

pasillos ministeriales y despachos varios.

¡Y eso que sólo estamos luchando

por el precio de nuestra fuerza!

Ya se entiende entonces la furia

cuando miramos la máquina entera

y el silloncito de decidir.

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