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> Por Andrés Carminati

Según Carlitos Marx, en las épocas de crisis y de cambios, los temerosos protagonistas del presente acuden en “auxilio a los espíritus del pasado, toman prestados sus nombres, sus consignas de guerra, su ropaje, para, con este disfraz de vejez venerable y este lenguaje prestado, representar la nueva escena de la historia universal”.

Así mal vestidos, con frases y ropajes prestados, los sujetos y sujetas de la historia hacemos nuestras propias historias… otras historias.
No resulta raro, hablando de crisis y de cambios, que después de la Rebelión Popular de 2001 hayan salido a revolotear todos los espectros de nuestros pasados en los sueños de los rebelados y en las pesadillas de los sorprendidos propietarios de sartenes y mangos.

El pueblo que derribó a piedrazos el ajuste y la desesperanza neoliberal, aquellos que de manera más espontánea salieron en las jornadas del “19 y 20” a gritar “que se vayan todos”, portaban en sus manos, además de restos de baldosas y cacerolas, banderas celestes y blancas. Banderas que hasta ese entonces habían sido patrimonio casi exclusivo de festejos futbolísticos y tediosos actos escolares.
Cualquiera que quisiera gobernar más de tres días, tenía que saber ver y escuchar un poco lo que pasaba en ese pueblo que, después de tres décadas de derrotas, salía vestido de Cordobazo y otros azos, y echaba a patadas a un presidente.

Así como los pueblos recuperaban sus luchas, sus trajes y consignas, su prepotencia de pueblo atento y movilizado, los que tenían que venir a gobernar, y poner un poco de orden, necesitaron probar algún viejo trajecito que oliera más a pueblo argentino y más a “te escucho, pero vamos de a poco”. Y en eso volvimos a escuchar de nuestra “Soberanía”, de lo “Nacional y lo Popular”, de la “Industria Nacional”, del “Desarrollo del país”, etc.

No queremos “tener que importar ni siquiera un clavo” decía a finales del año pasado Cristina Fernández, vestida con el traje blanco de la sustitución de importaciones. En casi todos los actos oficiales e inauguraciones revolotean alegres los fantasmas de la “industria nacional” y el “desarrollo soberano”; pero las cifras de los mortales no acompañan demasiado: de las 500 empresas más importantes 338 son extranjeras (337 si se considera la flamante expropiación del 51% de las acciones de YPF -la cual se impone como una importante excepción a la regla-).

A comienzos de este año hubo, en ese sentido, una inauguración que dio que hablar. Fue la de un nuevo horno en Cementos Avellaneda. Allí se produjo aquel diálogo de la presidenta con un ciudadano de a pie, “Antonio” Domínguez, que despotricó contra los “falsos ambientalistas” y reclamó el derecho a “trabajar en paz”. Después resultó ser que “Antonio” era Armando y que era dirigente del gremio minero y del PJ de Olavarría. Pero volviendo a Cementos Avellaneda, ésta sí que era una empresa de origen nacional… hasta mediados de los 80. Ahora pertenece a una corporación multinacional de cemento: Ciments Molins-Votorantim.
Otro caso interesante es el de la “fábrica” de computadoras Banghó, Ser Nacional. Que entre ser y no ser está la cuestión. La planta, de 400 empleados, más que fabricar ensambla componentes importados (chinos obviamente). Tal vez la esencia esté en los tornillos… o los clavos.
Son sólo ejemplos que no quieren desmentir nada, sino mostrar el traje. En definitiva no es culpa de Cristina, ni de Boudou, ni Débora Giorgi que el temeroso fantasma de la empresa nacional no acuda a las invocaciones. Volviendo al Dieciocho Brumario, decía Marx: “los hombres hacen su propia historia, pero no la hacen a su libre arbitrio… sino bajo aquellas circunstancias con que se encuentran directamente, que existen…”. En pleno siglo XXI, donde la transnacionalización y concentración de los capitales se ha agudizado al extremo, ¿cómo hacemos para proyectar un futuro desarrollo soberano? ¿Conjurando los espectros milagrosos de Lord Keynes?

Un caso sensible, y que hoy está en la palestra es el de la megaminería. Los capitales necesarios para poner en marcha proyectos de tamaña inversión sólo los tienen las grandes transnacionales (hablamos de “Mega” minería). El 29 de marzo pasado, CFK presidió el acto de inauguración de una mina subterránea en Cerro Vanguardia, Santa Cruz. En el acto dijo que se sentía como si estuviera casi “frente un hijo”, que sin dudas sería un “modelo” para todas las provincias. Dicho “modelo” consiste en “la asociación entre Estado, con una empresa estatal, como es Fomicruz y una empresa privada” como es la multinacional Anglo Gold-Ashanti. La asociación viene a ser así: 92,5% de las acciones son de la Anglo Gold y lo que queda para Fomicruz. Es un botoncito sí, pero es nacional…

Pero, el mayor mega proyecto mega minero es el protagonizado por la mega estrella Barrick Gold, el primero binacional del mundo: ¡Pascua- Lama! (recursos de Chile y Argentina).
Como Barrick Gold no es un mote muy criollo, y la casa matriz no está ni en San Juan, ni Jujuy, ni Buenos Aires, el proyecto no luce muy “Nacional”. Y considerando el quilombito que se armó entre “beneficiarios” de los mega proyectos y sus gobiernos y gendarmes, tampoco luce muy “Popular”.

Según Marx, una vez que se cierran aquellos períodos de crisis; cuando las revoluciones triunfan o son derrotadas, cuando nuevas formas de relación de los hombres entre sí y de los hombres con la naturaleza son instauradas; los viejos fantasmas se esfuman y quedan como pieza de museo los raidos ropajes del pasado.
¿Cuál será el escenario que tendremos ante nuestros ojos cuando ya no veamos más fantasmas?