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Primero que nada fue el trabajo

el palo hundido en la tierra

leña en la fogata

o jabalina en la cacería.

De allí brotó el pensamiento

que reflexionó sobre ese hacer,

para transformarlo,

Y también germinó un excedente

que se repartió según costumbre

o se trocó por otros bienes.

 

Un día se fugó un pensamiento

que se declaró independiente

y borró con la manga las huellas de su origen.

 

También se fugó un excedente

que inventó serias razones para ser de pocos.

 

El pensamiento fugado

inventó sus dioses que crearon todo

todopoderosos e inmateriales

pero que gustaban de templos

gustaban del oro

gustaban del diezmo

y el sacrificio.

Un pensamiento inspirado en el cielo

pero que en la tierra

gustaba del sudor del trabajo.

 

El excedente fugado

inventó el dinero

se hizo sal, oro, plata, papel

o sólo un número

(cualquiera que sirva para acumularlo)

sus moneditas

dicen valer por sí mismas

valer por todo lo que existe

pero su valor exige trabajo:

porque los bancos

y las armas que lo protegen

no están hechos de papel.

 

Toda filosofía o pensamiento

que no parte de la centralidad del trabajo

que no reconozca su origen en él

trabaja para los explotadores

por eso borra las huellas de su fuga

para exigir más templos en la tierra

que disfrutarán los voceros del cielo.

 

Todo sistema económico

que no parte de la centralidad del trabajo

que desconoce que la riqueza es fruto de él

trabaja para los explotadores

por eso borra las huellas de su fuga

y pinta todo color dorado

para que el brillo de sus espejos

no deje ver el rojo sudor que los sostiene.

 

Toda filosofía

que ame a la humanidad

que aspire a la igualdad y la libertad

debe poner al trabajo en el centro

(fuente de riqueza y pensamiento).

 

Todo sistema político que aspire a la justicia

y al fin de la explotación

deberá desenmascarar a los fugados

reconstruir las huellas borradas

con sangre y oro.

 

No hay tercera posición entre el trabajo y sus negadores

ya suena la hora de la emancipación

todas las proezas del trabajo

serán nuestras

cuando no existan más

voceros del cielo

y acuñadores de monedas.

Cuando el producto del trabajo

(su reflexión y su excedente)

vuelvan a regar los campos
de la humanidad total.

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