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 El cinismo lo traen en el ADN,

que evoluciona a partir de la segunda generación

de culos aplastados en los sillones de la oficina de gerente.

Es una adaptación al medio,

que se transmite de padres a hijos:

como el color de ojos, la calvicie o la diabetes.

 

Por eso es un cinismo natural, espontáneo.

No hay rubor, ni impostura.

Para ellos es tan normal como su fortuna,

la explotación, el genocidio, o la miseria.

Como las cuentas pagadas por el Estado,

o la impunidad judicial.

 

Para eso no necesitan un Duran Barba.

Sí, para limarse los dientes,

la buena onda posmo televisada,

la carita de Heidi y el timbreo arreglado.

 

Su cinismo es tan natural,

como despedir laburantes,

subir las tarifas,

arruinar todo lo público,

y hacer la sonrisa de photoshop.

Favorecer a sus parientes,

a sus amigos,

y todos los millonarios.

Con blanqueos, concesiones,

flexibilizaciones e importaciones.

Y darse un beso de plástico para la TV.

 

Hay que comprender…

Es como su merca y su morfina,

un aliciente, estimulante.

(como la plusvalía y la estafa).

En última instancia, una evolución necesaria,

para aguantar el hedor a muerte
que tienen sus bolsillos,

la sangre ajena que ha inundado “sus tierras”,

el ruido insoportable
que producen los brazos al partirse.

Un mecanismo de defensa,

para no tener que oler el barro y la mierda,

con que han cocinado su poder y lujo.

 

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