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 “Lo misterioso de la forma mercantil consiste en que la misma refleja ante los hombres el carácter social de su propio trabajo como caracteres objetivos inherentes a los productos del trabajo,… y, por ende, en que también refleja la relación social que media entre los productores y el trabajo global, como una relación social entre los objetos, existente al margen de los productores”. Karl Marx, 1867.

 

La producción mercantil domina el mundo.

Los productos del trabajo parecen moverse como autómatas.

¿Acaso nadie los pensó, esculpió, movió, ensambló y llevo al mercado?

 

Las cosas dicen que hablan.

Cuando se pierden, todos lloran.

Las personas, en cambio, enmudecieron,

se volvieron esclavos de sus propios objetos:

en la fábrica, el hogar, en las calles,

en el estómago relleno de sabores artificiales,

en las narices, pechos y penes deformados por la silicona.

 

Gobierna, a balazo limpio, la dictadura de la mercancía.

En su “Estatuto” establece:

Una pared limpia, vale más que cualquier mujer.

La libertad de tránsito de los vehículos, vale más que el derecho al trabajo.

Un sólo teléfono vale mil balas y cien infancias.

 

Es el despotismo mercantil

que castiga con la muerte a las mujeres que se resisten a ser objetos.

Destruye los cerros que pretenden conservar sus minerales,

a las praderas fértiles que no quieren ser container,

a los obreros y obreras que se resisten a ser herramienta.

 

Es la mercancía disparando a boca de jarro.

No son los fachos,

no se trata de extremistas.

Es la simple reproducción del capital,

la propiedad privada, el trabajo asalariado…

¡Es la deshumanización construida con trabajo humano!

 

Es la mercancía, (trabajo humano cosificado),

lobo del trabajo humano vivo.

Ser sus enterradores es la tarea de la humanidad nueva:

destruir la propiedad que encierra

y el tiempo asalariado que esclaviza.

Solo así podrán germinar los hombres y mujeres,

que valgan más que la muerte

y sus vulgares baratijas.

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