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¿En qué momento los ricos,

poderosos,

dueños de todo lo que puede ser privado,

entrenadores de perros,

herederos de la sangre,

el oro y el barro,

convierten su odio,

su miedo,

terror,

en terrorismo?

 

¿Cuándo es que abandonan

la simple explotación,

el acoso policial,

la extorsión,

el homicidio,

la patota,

la estafa,

la violación,

para lanzarse a la cacería atroz?

 

¿Qué es lo que transforma

ese miedo

de los dueños

(a perder una moneda

una línea imaginaria

un status pretensioso

un respeto por la fuerza)

en terror,

en odio,

en la violencia sin límite?

 

¿En qué momento

los ladrones de todo,

los usurpadores del planeta,

los apropiadores del trabajo,

los estafadores consuetudinarios,

se convierten en ladrones de la muerte?

 

¿Qué cosa es lo que agiganta

su gran miedo,

su gran odio,

– después de haber consumido tantas vidas,

de haber provocado tantas muertes,

de haber privado tantos derechos-

para querer adueñarse de la muerte?

Querer robar el derecho a ser

un cuerpo sin vida,

una placa en el cementerio,

a ser algo que fue,

a ser la certeza de ya no ser.

 

¿Será una respuesta a la rebeldía,

a la juventud sin miedo,

sin respeto a la santísima propiedad mal habida?

 

¿Será el terror de los momentos de crisis,

de expansión de nuevas formas de robo?

 

Periódicamente la propiedad se desenmascara,

saca a relucir su genética podrida,

su concepción de sangre y lodo,

renueva el contrato con la muerte,

con el robo, la estafa,

y sale desbocada a buscar

cien años más de paz:

de esa paz de los dueños,

con la resignada justificación de lo establecido,

el resignado caminar al trabajo,

y resignado caminar a la muerte.

 

Cien años más de silencio,

y olvido,

que son los mejores envoltorios

de la propiedad privada.

 

Por eso el grito,

y la memoria

de quienes son más,

cuando se vuelven una voz sola,

hacen tambalear la mentira,

y el miedo,

que construyeron los grandes castillos

para pocos.

 

¡Ayotzinapa vive!

¡La lucha sigue!

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