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Sólo en momentos de abundancia,
y cuando las papas queman,
se contrata a los “terceristas”:
Ellos  saben que hay tiempos
de ceder,
para no perder,
de incluir,
para existir,
de mediar,
para conciliar.

En el fondo no busca la justicia,
sino el orden,
No busca igualdad,
sino Seguridad Jurídica,
No busca soberanía,
Sino conquistar confianza:
para suprimir esa idea,
de cambiar todo lo que deba ser cambiado.

Podrán ampliar el consumo,
repartir mejor la torta,
y hasta tocarle el culo a los riquitos mediocres.

Pero jamás la santa propiedad,
Jamás el monopolio de porciones del planeta,
Jamás el monopolio de las industrias,
Jamás la división fundamental:
entre propietarios
y trabajadores (desapropiados).

La propiedad y la clase
es su orden sagrado.

Ellos saben que cuando es la hora,
desde el seno de sus privilegios,
suena la sirena de la revancha clasista:
Y con los resortes de su poder intactos,
vuelven los dueños a pisar las hierbas,
de la tierrita salvaje que les pertenece,
vuelven los dueños con su soberbia,
a avasallar a la peonada levantisca
que se creyó el cuento.

¡Salen los dueños de cacería!
con sus perros que persiguen el olor de clase,
que muerden con furia a la negrada altanera,
que hacen jirones con los derechos.

Esos perros…
Reconocen a la distancia el tufo que deja la plusvalía,
porque que es el motor que todo lo mueve,
y el que sacia el hambre de los patrones.

El tercerismo conoce cuál es su tiempo,
por eso desensilla hasta que aclare.

Sabe muy bien de quién es la estancia,
y nunca mordió la mano de un dueño.
Si fue sensible con la peonada,
nunca se olvida lo que es sagrado.

Si usted esperaba un final distinto,
es porque fue educado en la escuela del dueño:
donde repiten todos los días,
que no existen clases sociales.

Pero ahora que nos soltaron los perros,
si se encuentra de este lado,
más le vale que lo entienda rápido,
porque al olor a explotación
no hay perfume que lo tape.

Ilustración: Valentín Carmin
Ilustración: Valentín Carmin

 

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