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¿Cuáles son los parámetros de la cordura y con qué herramientas cuenta una persona para aliviar sus padecimientos mentales? La desmanicomialización y el acceso a terapias y tratamientos son, en la práctica -pese al trabajo por la externación y ley de por medio- lujos reservados a unos pocos.                              

Valga la paradoja, hace una década no se pensaba en la salud mental desde el Estado. No tenía un lugar en las políticas públicas como una rama específica de la salud, ni se había pensado en los locos como personas que pudieran haber tenido o volver a tener (antes o después de sus locuras respec-tivas) capacidad para tomar sus propias decisiones.

Hace mucho más de una década que la sociedad está cada vez más psicoanalizada. Argentina es el país del mundo con más psicólogos por habitante y desde la infancia se administra medicación psiquiátrica ante trastornos cuya especificidad es al menos bastante difusa. Es casi imposible recorrer los manuales de psiquiatría, donde se definen y delimitan las patologías y sus síntomas o indicadores, sin sentir que la sociedad toda, puesta bajo la lupa de los “padecimientos mentales” –como define la Ley de Salud Mental- cuadra en alguna de estas disfunciones. Es el caso de los trastornos de hiperactividad o de déficit de atención. ¿Existe acaso algún niño que no sea en mayor o menor medida hiperactivo o distraído? ¿Debería eso alertar a padres, maestros y especialistas? ¿Qué se espera hacer con esos niños al diagnosticarlos? ¿A quiénes es funcional una sociedad donde desde la infancia se regulen nuestros humores y aplaquen nuestras exaltaciones?

Si hilamos fino cualquiera podría terminar en un manicomio, en un psiquiátrico, tras las rejas de la cordura que monopolizan algunos y configuran otros con la medicalización de la sociedad en su conjunto. ¿Cuán auténticamente centrada está una persona que desde la adolescencia, o peor aún desde la infancia, se administra con cierta periodicidad alguna dosis de psicofármacos?

La medicación -en cuestiones de salud mental y de salud en general- tiene que ver con posibilitar que el individuo siga siendo funcional de alguna manera. Que el trastabillar de su estabilidad mental y emocional o de sus dolencias de cualquier índole, no entorpezcan su rol en la rutina y en la maquinaria productiva.

Ver la locura pero no ver al loco

Es casi cotidiano que nos reconozcamos inmersos en situaciones que nos exasperan, dignas de la insanía. Los malabares para hacer rendir el sueldo o para generar algún tipo de ingreso con el cual sobrevivir son un ejemplo más que válido en los límites de la razón que andamos bordeando con una frecuencia cada vez mayor. Sin embargo, en el caso de las personas diagnosticadas con algún tipo de “patología” mental, la dificultad para pensar en cómo podría volver a transitar su rutina y sus vínculos, tiene mucho que ver con lo que dice Laura Lago, coordinadora del taller El Cisne del Arte en la casa de pre-alta del Hospital Alejandro Korn de Melchor Romero, con la mirada o el rol de un otro social. “Muchas veces, que la persona esté en condiciones de ser externada, pero que no cuente con una vivienda, con una contención familiar, dificultan su reinserción en la sociedad.  Hay personas que quieren desplegar algún trabajo (formal o informal) y se los incentiva para que lo lleven adelante y que no sea contraproducente, porque a veces el trabajo ha sido coyuntura de desestabilización. La idea seria crear las condiciones para que la gente pueda decidir. Y después, hay que ver cómo se lleva con el otro social, porque tal vez queda con un comportamiento que el otro social no aguanta”.

Manuela Martínez de Murguía, estudiante de psicología en la UBA y la psicóloga Sofía Lopez Yelpo, integrantes del taller El Pan del Borda, reafirman la dificultad que existe para que una persona vuelva a vivir en la misma sociedad que lo empujó al manicomio. “Quienes  hoy viven en el hospital no cuentan con una familia en la cual estar contenidos. Son muchos años de encierro, de institucionalización. La población de los hospitales neuropsiquiátricos públicos en general pertenece a una gran porción de la sociedad que  sufrió la exclusión a lo largo de toda su historia. La mayoría nunca contó con educación, trabajo y una vivienda digna, no podemos leer el padecimiento aisladamente del contexto en que se genera, en un ámbito de exclusión y marginación. Para pensar en un bienestar mental es necesario también pensar cómo se transforma este medio que perjudica a las mayorías”.

Es ese contexto, el que no quiere ver a sus locos, el que decretó el encierro de aquellas personas inconvenientes e incomodas para el resto de la población.

Lo frágil de la locura

La conexión de los sujetos con lo extra corpóreo y las manifestaciones de una sensibilidad diferente no siempre levantaron sospechas. Las culturas de tribus originarias, o más atrás en el tiempo, de las sociedades greco-romanas, vanagloriaban y guardaban cierto respeto hacia aquellos que manifestaran la posibilidad de comunicarse o ser poseídos por dioses o espíritus y no había una condena hacia sus comportamientos, sino más bien una valoración mística. Las miles de mujeres quemadas en la hoguera por brujería o herejía llenarían hoy pabellones enteros. Los ritos de adoración o sacrificio poco tenían que ver con lo que representa la cordura civilizada y moderna.

La normalidad en estos términos fue construida desde la moral burguesa que, con el surgimiento de la psiquiatría en nuestro país (entre 1880 y 1910), buscó dar respuesta a la presencia de indigentes e “idiotas” y simultáneamente brindar ciertas seguridades a los que sí podía considerarse ciudadanos.

A principios del siglo XX, Carlos Octavio Bunge escribió “Nuestra América, ensayo de psicología social” donde delimita dentro de los sujetos a ser sospechados o condenados por “vagancia o extravagancia” a inmigrantes, indios y negros. La teoría de Lombroso, el médico criminólogo italiano que sostenía que había una tendencia innata, de orden genético que predisponía la delincuencia, también determinó y fue parámetro de detección de criminales, con basamentos racistas y discriminadores. La psicología es un terreno donde abundan valoraciones arbitrarias y subjetivas sobre quiénes contituyen una amenaza al orden social.

En este contexto, no se puede pensar al surgimiento del manicomio de manera aislada al poder político ejercido desde una ideología clasista y jerárquica.

Las palabras y las cosas

En simultáneo al surgimiento del manicomio como la institución donde albergar a quienes se desviaban del orden social establecido, se crearon los manuales de psiquiatría como el DSM (manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales) de la Asociación Americana de Psiquiatría y el CIE (Clasificación Internacional de Enfermedades) de la Organización Mundial de la Salud, donde se definieron las características antisociales o disociales que podían ser encuadradas como trastornos mentales. En el listado de síntomas y comportamientos posibles de ser clasificados se encuentran los problemas de concentración, los cambios de humor, las dificultades en el lenguaje, las posturas rígidas o extravagantes, la ansiedad. Lo inadecuado de cada una de estas conductas, queda sujeto al diagnóstico.

En la publicación de las XXV Jornadas de residentes de psicología y psiquiatría de la provincia de Buenos Aires, tomo 1, el Doctor Santiago Efraín Primerano dice que “el diagnóstico en psiquiatría sigue siendo un proceso vulnerable al error; y el profesional que lo emite debe recordar sus limitaciones con humildad y ha de mantenerse dispuesto a revisar las decisiones diagnosticadas y a admitir su carácter falible. En el mejor de los casos, los profesionales no superamos nuestras herramientas, y para ser conscientes de nuestras propias limitaciones debemos reconocer las de los instrumentos de diagnósticos (DSM IV)”.

No es ninguna novedad, sin embargo, que el poder del saber médico hegemónico no estuvo ni está dispuesto a revisiones de este tipo.

Del enfermo mental al sujeto de derechos

Pensar que la persona que atraviesa un padecimiento mental se encuentra en esa situación por circunstancias ajenas a su responsabilidad o propias de una especie de discapacidad inherente, tiene que ver con una perspectiva reciente basada en el reconocimiento de la universalidad de los derechos humanos. Si bien los derechos humanos tienen más de medio siglo de historia, han hecho falta regulaciones y reclamos constantes para que su alcance cubra al género humano en su totalidad.

“Antes los casos entraban de oficio, tu caso iba por expediente a un derrotero, hasta que te declaraban insano. Ahora se considera que tenés derecho a que si tenés alguna dificultad para ejercer tus derechos, podés hacerlo vía una asistencia parcial y avalada por informe” dice Laura Lago. La Ley de Salud Mental presupone la capacidad de la persona, considerando así que ésta puede optar de manera autónoma o bajo asesoramiento, por el mejor tratamiento, antes de considerar su internación.

En el caso de las personas ingresadas en los manicomios, los procesos de externación y reinserción fueron en un principio parte de la iniciativa aislada de algunas instituciones y sus trabajadores. Del Hospital Alejandro Korn de Melchor Romero dependen tres dispositivos de externación: la casa de pre-alta, y los centros comunitarios Pichón Riviere y Franco Basaglia. El nombre de este último proviene del reconocido psiquiatra italiano, precursor en la lucha por la desinstitucionalización en ese país. Basaglia planteaba que el sistema de salud, respecto al “enfermo mental” de aquellos tiempos era contradictorio al proponer las vías de la curación a través de su encierro y custodia. Este psiquiatra decía que el manicomio no podía curar en tanto oprime y despersonaliza a sus internos, además de someterlos a maltratos y abusos tales como la falta de alimentación y la medicalización excesiva.

Optar por el mejor tratamiento entonces incluye, por sobre todo, buscar alternativas terapéuticas para evitar la internación, o bien considerarla la última instancia. La perspectiva de derechos en la atención de la salud también implica la modificación de un modelo que asiste a las necesidades de la población según se presentan, por otro que considera los parámetros de una vida saludable, un derecho inalienable e indiscutible que es responsabilidad de los Estados.

Hacia el fin del manicomio

La desmanicomialización se presenta como un oasis para el panorama de la salud mental. La progresiva eliminación del manicomio como institución y como concepto implica un avance en reconocer la singularidad de las personas cuyo tratamiento puede no necesitar de su reclusión. En ese sentido, la Casa de pre-alta del Hospital Alejandro Korn fue precursora en empezar a sentar las bases para que los internos puedan reinsertarse en la sociedad. Hace 25 años, este dispositivo empezó a buscar formas de intervenir en función de poner un límite a los tiempos de encierro y proyectar la externación de aquellos pacientes en situación de abandonar el intramuros.

Sin embargo, como remarca Manuela Martínez de Murguía “la cuestión de la desmanicomialización no es para nada sencilla, no puede entendérsela sólo en el plano de la salud, sino que es necesario romper con una estructura social, económica, política que segrega y oprime en la cárcel, en las villas, en el manicomio, en las fábricas. El cumplimiento de las leyes de Salud Mental que trabajan y fomentan procesos de desinstitucionalización y desmanicomialización, y la puesta en marcha de todo un sistema que se adecue a las mismas, es una exigencia constante de quienes trabajamos en el ámbito de la salud mental. Pero las leyes son tan sólo una herramienta más y deben ser acompañadas con el trabajo cotidiano y la lucha por la igualdad en todos los ámbitos”.

En el marco de lo real, los manicomios no sólo siguen existiendo, sino que son escenario de miserias y crueldades mucho más perversas que los reveses de la psiquis.

¿Sensatez o hipocresía?

A la par que se evalúan los beneficios de dar el debate sobre la salud mental y de contar con una herramienta legal de alcance nacional (ver recuadro “Psicopateadas entre la teoría y práctica”), debemos detenernos tal vez y ver si la pintura del oasis no se está resquebrajando.

La represión en el hospital Borda el pasado 26 de abril, puso al descubierto el accionar del gobierno de la ciudad de Buenos Aires respecto a la privatización de las instituciones de la salud. Desde el Pan del Borda,  Martínez de Murguía destaca “El estado de la salud mental es expresión de todo un modelo de salud público que ha sido totalmente degradado, coherente con el modelo de ciudad privatista, excluyente y neoliberal del PRO. En el Borda particularmente los métodos de vaciamiento son silenciosos, pero sistemáticos: se han cerrado servicios, se redujeron al extremo las camas de internación, de la mano de una externación compulsiva de pacientes y su derivación a instituciones privadas. De un día para el otro se cortó el servicio de gas, sometiendo a un crudo invierno a los pacientes y trabajadores. Víctimas de la pretensión de hacer de un hospital público un negocio inmobiliario privado, los internos del hospital vieron recrudecidas las condiciones ya de por sí inhumanas del encierro”.

La idea de desmanicomializar, no es sinónimo al hecho de pasar con una topadora por encima de los lugares que construyen sentidos y dan formas a la externación. Tampoco es coherente o racional pensar en un proyecto de erradicación de las estructuras manicomiales, sin resolver qué hacer con las personas que encuentran allí su única contención.

Laura Lago aborda esta contradicción, “la ley dice que deben garantizarse la vivienda y el trabajo para la inserción, pero no es tan así, las casas de convivencia son pocas, viven en condiciones terribles, para alimentarse tienen que seguir recurriendo a la alimentación que les brindamos como recurso desde el hospital. Es positivo tener la posibilidad de darles la comida, pero la alimentación es uno de los temas en los que no se sienten dignos si no lo generan ellos mismos. Al mismo tiempo, no pueden prescindir del alimento, o prescinden y su índice nutricional baja”.

Reintegrar a una persona a su cotidianidad, es un trabajo profundo que desborda a quienes trabajan la desmanicomialización desde dentro. Clara Weber explica que “también tenemos que trabajar con los efectos nocivos que generó la internación. Hay patologías que se han vuelto no externables por permanencia en la institución y hay personas que no se quieren ir porque te dicen “es muy duro vivir afuera”, lo cual es verdad. Pese a todo lo duro que tiene el manicomio, también hay personas con historias de vida muy vulnerables. El que entró loco y pobre al hospital, sale más loco y más pobre; y el manicomio no sólo enferma a la persona internada, sino al profesional que trabaja ahí”.

Uno de los agentes de cambio y acción en evitar la internación y favorecer la externación son los acompañantes terapéuticos que no sólo carecen de un reconocimiento de su formación, sino que se encuentran en condiciones de creciente precarización (ver recuadro “Un año sin cobrar”). Rodrigo Falcone aclara que “un acompañante terapéutico no alcanza para hacer el trayecto de la desmanicomialización. Por ahí los pacientes están en su casa pero no están integrados a la sociedad porque faltan otras cosas, falta alguien que lo contrate, un patrón que quiera asumir el riesgo de contratar a un chico que estuvo en un neuropsiquiátrico, que tuvo una depresión o que tiene problemas con el alcohol. Encontrarle una productividad a esto en esta lógica capitalista”. Falcone concluye explicando la funcionalidad de la pobreza y la exclusión para este tipo de lógica, “porque la pobreza de alguna manera regula el precio de lo que vos le tenés que pagar al tipo activo que tiene miedo a perder su trabajo por miedo a quedar pobre. Así las cosas, la nueva ley de salud mental es funcional”.

La billetera mata

El término que se logró consensuar para hacer referencia al sujeto de derechos protagonista de la ley de salud mental, fue el de “usuario”. Como menciona Clara Weber, es un avance frente al término “paciente” que representaba una pasividad incapaz “pero hay un montón de discusiones porque es algo ligado a lo materialista que no es exactamente lo que pasa en salud mental”. El loco de los manicomios públicos no es claramente el que puede pagar un tratamiento en una clínica privada, ni son esas instituciones las que deben lidiar con la realidad extramuros de las personas que albergan.

Manuela Martínez de Murguía dice “nosotros no negamos que exista la locura, pero la manera de abordarla tiene que ver con el discurso de una clase que tiene los medios para generar las instituciones donde se encierra lo no productivo. Se generan además teorías y prácticas que reproducen esta segregación”. El usuario puede “hacer uso” en tanto cuente con recursos económicos, que no es el caso de las personas que no pueden ser externadas por falta de vivienda o trabajo. Aun así, parece que la libertad tiene precio.

Valga la paradoja, hace una década no se pensaba en la salud mental desde el Estado. No tenía un lugar en las políticas públicas como una rama específica de la salud, ni se había pensado en los locos como personas que pudieran haber tenido o volver a tener (antes o después de sus locuras respec-tivas) capacidad para tomar sus propias decisiones.

Hace mucho más de una década que la sociedad está cada vez más psicoanalizada. Argentina es el país del mundo con más psicólogos por habitante y desde la infancia se administra medicación psiquiátrica ante trastornos cuya especificidad es al menos bastante difusa. Es casi imposible recorrer los manuales de psiquiatría, donde se definen y delimitan las patologías y sus síntomas o indicadores, sin sentir que la sociedad toda, puesta bajo la lupa de los “padecimientos mentales” –como define la Ley de Salud Mental- cuadra en alguna de estas disfunciones. Es el caso de los trastornos de hiperactividad o de déficit de atención. ¿Existe acaso algún niño que no sea en mayor o menor medida hiperactivo o distraído? ¿Debería eso alertar a padres, maestros y especialistas? ¿Qué se espera hacer con esos niños al diagnosticarlos? ¿A quiénes es funcional una sociedad donde desde la infancia se regulen nuestros humores y aplaquen nuestras exaltaciones?

Si hilamos fino cualquiera podría terminar en un manicomio, en un psiquiátrico, tras las rejas de la cordura que monopolizan algunos y configuran otros con la medicalización de la sociedad en su conjunto. ¿Cuán auténticamente centrada está una persona que desde la adolescencia, o peor aún desde la infancia, se administra con cierta periodicidad alguna dosis de psicofármacos?

La medicación -en cuestiones de salud mental y de salud en general- tiene que ver con posibilitar que el individuo siga siendo funcional de alguna manera. Que el trastabillar de su estabilidad mental y emocional o de sus dolencias de cualquier índole, no entorpezcan su rol en la rutina y en la maquinaria productiva.

Ver la locura pero no ver al loco

Es casi cotidiano que nos reconozcamos inmersos en situaciones que nos exasperan, dignas de la insanía. Los malabares para hacer rendir el sueldo o para generar algún tipo de ingreso con el cual sobrevivir son un ejemplo más que válido en los límites de la razón que andamos bordeando con una frecuencia cada vez mayor. Sin embargo, en el caso de las personas diagnosticadas con algún tipo de “patología” mental, la dificultad para pensar en cómo podría volver a transitar su rutina y sus vínculos, tiene mucho que ver con lo que dice Laura Lago, coordinadora del taller El Cisne del Arte en la casa de pre-alta del Hospital Alejandro Korn de Melchor Romero, con la mirada o el rol de un otro social. “Muchas veces, que la persona esté en condiciones de ser externada, pero que no cuente con una vivienda, con una contención familiar, dificultan su reinserción en la sociedad.  Hay personas que quieren desplegar algún trabajo (formal o informal) y se los incentiva para que lo lleven adelante y que no sea contraproducente, porque a veces el trabajo ha sido coyuntura de desestabilización. La idea seria crear las condiciones para que la gente pueda decidir. Y después, hay que ver cómo se lleva con el otro social, porque tal vez queda con un comportamiento que el otro social no aguanta”.

Manuela Martínez de Murguía, estudiante de psicología en la UBA y la psicóloga Sofía Lopez Yelpo, integrantes del taller El Pan del Borda, reafirman la dificultad que existe para que una persona vuelva a vivir en la misma sociedad que lo empujó al manicomio. “Quienes  hoy viven en el hospital no cuentan con una familia en la cual estar contenidos. Son muchos años de encierro, de institucionalización. La población de los hospitales neuropsiquiátricos públicos en general pertenece a una gran porción de la sociedad que  sufrió la exclusión a lo largo de toda su historia. La mayoría nunca contó con educación, trabajo y una vivienda digna, no podemos leer el padecimiento aisladamente del contexto en que se genera, en un ámbito de exclusión y marginación. Para pensar en un bienestar mental es necesario también pensar cómo se transforma este medio que perjudica a las mayorías”.

Es ese contexto, el que no quiere ver a sus locos, el que decretó el encierro de aquellas personas inconvenientes e incomodas para el resto de la población.

Lo frágil de la locura

La conexión de los sujetos con lo extra corpóreo y las manifestaciones de una sensibilidad diferente no siempre levantaron sospechas. Las culturas de tribus originarias, o más atrás en el tiempo, de las sociedades greco-romanas, vanagloriaban y guardaban cierto respeto hacia aquellos que manifestaran la posibilidad de comunicarse o ser poseídos por dioses o espíritus y no había una condena hacia sus comportamientos, sino más bien una valoración mística. Las miles de mujeres quemadas en la hoguera por brujería o herejía llenarían hoy pabellones enteros. Los ritos de adoración o sacrificio poco tenían que ver con lo que representa la cordura civilizada y moderna.

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La normalidad en estos términos fue construida desde la moral burguesa que, con el surgimiento de la psiquiatría en nuestro país (entre 1880 y 1910), buscó dar respuesta a la presencia de indigentes e “idiotas” y simultáneamente brindar ciertas seguridades a los que sí podía considerarse ciudadanos.

A principios del siglo XX, Carlos Octavio Bunge escribió “Nuestra América, ensayo de psicología social” donde delimita dentro de los sujetos a ser sospechados o condenados por “vagancia o extravagancia” a inmigrantes, indios y negros. La teoría de Lombroso, el médico criminólogo italiano que sostenía que había una tendencia innata, de orden genético que predisponía la delincuencia, también determinó y fue parámetro de detección de criminales, con basamentos racistas y discriminadores. La psicología es un terreno donde abundan valoraciones arbitrarias y subjetivas sobre quiénes contituyen una amenaza al orden social.

En este contexto, no se puede pensar al surgimiento del manicomio de manera aislada al poder político ejercido desde una ideología clasista y jerárquica.

Las palabras y las cosas

En simultáneo al surgimiento del manicomio como la institución donde albergar a quienes se desviaban del orden social establecido, se crearon los manuales de psiquiatría como el DSM (manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales) de la Asociación Americana de Psiquiatría y el CIE (Clasificación Internacional de Enfermedades) de la Organización Mundial de la Salud, donde se definieron las características antisociales o disociales que podían ser encuadradas como trastornos mentales. En el listado de síntomas y comportamientos posibles de ser clasificados se encuentran los problemas de concentración, los cambios de humor, las dificultades en el lenguaje, las posturas rígidas o extravagantes, la ansiedad. Lo inadecuado de cada una de estas conductas, queda sujeto al diagnóstico.

En la publicación de las XXV Jornadas de residentes de psicología y psiquiatría de la provincia de Buenos Aires, tomo 1, el Doctor Santiago Efraín Primerano dice que “el diagnóstico en psiquiatría sigue siendo un proceso vulnerable al error; y el profesional que lo emite debe recordar sus limitaciones con humildad y ha de mantenerse dispuesto a revisar las decisiones diagnosticadas y a admitir su carácter falible. En el mejor de los casos, los profesionales no superamos nuestras herramientas, y para ser conscientes de nuestras propias limitaciones debemos reconocer las de los instrumentos de diagnósticos (DSM IV)”.

No es ninguna novedad, sin embargo, que el poder del saber médico hegemónico no estuvo ni está dispuesto a revisiones de este tipo.

Del enfermo mental al sujeto de derechos

Pensar que la persona que atraviesa un padecimiento mental se encuentra en esa situación por circunstancias ajenas a su responsabilidad o propias de una especie de discapacidad inherente, tiene que ver con una perspectiva reciente basada en el reconocimiento de la universalidad de los derechos humanos. Si bien los derechos humanos tienen más de medio siglo de historia, han hecho falta regulaciones y reclamos constantes para que su alcance cubra al género humano en su totalidad.

“Antes los casos entraban de oficio, tu caso iba por expediente a un derrotero, hasta que te declaraban insano. Ahora se considera que tenés derecho a que si tenés alguna dificultad para ejercer tus derechos, podés hacerlo vía una asistencia parcial y avalada por informe” dice Laura Lago. La Ley de Salud Mental presupone la capacidad de la persona, considerando así que ésta puede optar de manera autónoma o bajo asesoramiento, por el mejor tratamiento, antes de considerar su internación.

En el caso de las personas ingresadas en los manicomios, los procesos de externación y reinserción fueron en un principio parte de la iniciativa aislada de algunas instituciones y sus trabajadores. Del Hospital Alejandro Korn de Melchor Romero dependen tres dispositivos de externación: la casa de pre-alta, y los centros comunitarios Pichón Riviere y Franco Basaglia. El nombre de este último proviene del reconocido psiquiatra italiano, precursor en la lucha por la desinstitucionalización en ese país. Basaglia planteaba que el sistema de salud, respecto al “enfermo mental” de aquellos tiempos era contradictorio al proponer las vías de la curación a través de su encierro y custodia. Este psiquiatra decía que el manicomio no podía curar en tanto oprime y despersonaliza a sus internos, además de someterlos a maltratos y abusos tales como la falta de alimentación y la medicalización excesiva.

Optar por el mejor tratamiento entonces incluye, por sobre todo, buscar alternativas terapéuticas para evitar la internación, o bien considerarla la última instancia. La perspectiva de derechos en la atención de la salud también implica la modificación de un modelo que asiste a las necesidades de la población según se presentan, por otro que considera los parámetros de una vida saludable, un derecho inalienable e indiscutible que es responsabilidad de los Estados.

Hacia el fin del manicomio

La desmanicomialización se presenta como un oasis para el panorama de la salud mental. La progresiva eliminación del manicomio como institución y como concepto implica un avance en reconocer la singularidad de las personas cuyo tratamiento puede no necesitar de su reclusión. En ese sentido, la Casa de pre-alta del Hospital Alejandro Korn fue precursora en empezar a sentar las bases para que los internos puedan reinsertarse en la sociedad. Hace 25 años, este dispositivo empezó a buscar formas de intervenir en función de poner un límite a los tiempos de encierro y proyectar la externación de aquellos pacientes en situación de abandonar el intramuros.

Sin embargo, como remarca Manuela Martínez de Murguía “la cuestión de la desmanicomialización no es para nada sencilla, no puede entendérsela sólo en el plano de la salud, sino que es necesario romper con una estructura social, económica, política que segrega y oprime en la cárcel, en las villas, en el manicomio, en las fábricas. El cumplimiento de las leyes de Salud Mental que trabajan y fomentan procesos de desinstitucionalización y desmanicomialización, y la puesta en marcha de todo un sistema que se adecue a las mismas, es una exigencia constante de quienes trabajamos en el ámbito de la salud mental. Pero las leyes son tan sólo una herramienta más y deben ser acompañadas con el trabajo cotidiano y la lucha por la igualdad en todos los ámbitos”.

En el marco de lo real, los manicomios no sólo siguen existiendo, sino que son escenario de miserias y crueldades mucho más perversas que los reveses de la psiquis.

¿Sensatez o hipocresía?

A la par que se evalúan los beneficios de dar el debate sobre la salud mental y de contar con una herramienta legal de alcance nacional (ver recuadro “Psicopateadas entre la teoría y práctica”), debemos detenernos tal vez y ver si la pintura del oasis no se está resquebrajando.

La represión en el hospital Borda el pasado 26 de abril, puso al descubierto el accionar del gobierno de la ciudad de Buenos Aires respecto a la privatización de las instituciones de la salud. Desde el Pan del Borda,  Martínez de Murguía destaca “El estado de la salud mental es expresión de todo un modelo de salud público que ha sido totalmente degradado, coherente con el modelo de ciudad privatista, excluyente y neoliberal del PRO. En el Borda particularmente los métodos de vaciamiento son silenciosos, pero sistemáticos: se han cerrado servicios, se redujeron al extremo las camas de internación, de la mano de una externación compulsiva de pacientes y su derivación a instituciones privadas. De un día para el otro se cortó el servicio de gas, sometiendo a un crudo invierno a los pacientes y trabajadores. Víctimas de la pretensión de hacer de un hospital público un negocio inmobiliario privado, los internos del hospital vieron recrudecidas las condiciones ya de por sí inhumanas del encierro”.

La idea de desmanicomializar, no es sinónimo al hecho de pasar con una topadora por encima de los lugares que construyen sentidos y dan formas a la externación. Tampoco es coherente o racional pensar en un proyecto de erradicación de las estructuras manicomiales, sin resolver qué hacer con las personas que encuentran allí su única contención.

Laura Lago aborda esta contradicción, “la ley dice que deben garantizarse la vivienda y el trabajo para la inserción, pero no es tan así, las casas de convivencia son pocas, viven en condiciones terribles, para alimentarse tienen que seguir recurriendo a la alimentación que les brindamos como recurso desde el hospital. Es positivo tener la posibilidad de darles la comida, pero la alimentación es uno de los temas en los que no se sienten dignos si no lo generan ellos mismos. Al mismo tiempo, no pueden prescindir del alimento, o prescinden y su índice nutricional baja”.

Reintegrar a una persona a su cotidianidad, es un trabajo profundo que desborda a quienes trabajan la desmanicomialización desde dentro. Clara Weber explica que “también tenemos que trabajar con los efectos nocivos que generó la internación. Hay patologías que se han vuelto no externables por permanencia en la institución y hay personas que no se quieren ir porque te dicen “es muy duro vivir afuera”, lo cual es verdad. Pese a todo lo duro que tiene el manicomio, también hay personas con historias de vida muy vulnerables. El que entró loco y pobre al hospital, sale más loco y más pobre; y el manicomio no sólo enferma a la persona internada, sino al profesional que trabaja ahí”.

Uno de los agentes de cambio y acción en evitar la internación y favorecer la externación son los acompañantes terapéuticos que no sólo carecen de un reconocimiento de su formación, sino que se encuentran en condiciones de creciente precarización (ver recuadro “Un año sin cobrar”). Rodrigo Falcone aclara que “un acompañante terapéutico no alcanza para hacer el trayecto de la desmanicomialización. Por ahí los pacientes están en su casa pero no están integrados a la sociedad porque faltan otras cosas, falta alguien que lo contrate, un patrón que quiera asumir el riesgo de contratar a un chico que estuvo en un neuropsiquiátrico, que tuvo una depresión o que tiene problemas con el alcohol. Encontrarle una productividad a esto en esta lógica capitalista”. Falcone concluye explicando la funcionalidad de la pobreza y la exclusión para este tipo de lógica, “porque la pobreza de alguna manera regula el precio de lo que vos le tenés que pagar al tipo activo que tiene miedo a perder su trabajo por miedo a quedar pobre. Así las cosas, la nueva ley de salud mental es funcional”.

La billetera mata

El término que se logró consensuar para hacer referencia al sujeto de derechos protagonista de la ley de salud mental, fue el de “usuario”. Como menciona Clara Weber, es un avance frente al término “paciente” que representaba una pasividad incapaz “pero hay un montón de discusiones porque es algo ligado a lo materialista que no es exactamente lo que pasa en salud mental”. El loco de los manicomios públicos no es claramente el que puede pagar un tratamiento en una clínica privada, ni son esas instituciones las que deben lidiar con la realidad extramuros de las personas que albergan.

Manuela Martínez de Murguía dice “nosotros no negamos que exista la locura, pero la manera de abordarla tiene que ver con el discurso de una clase que tiene los medios para generar las instituciones donde se encierra lo no productivo. Se generan además teorías y prácticas que reproducen esta segregación”. El usuario puede “hacer uso” en tanto cuente con recursos económicos, que no es el caso de las personas que no pueden ser externadas por falta de vivienda o trabajo. Aun así, parece que la libertad tiene precio.

Pensar que la reglamentación de la ley va a resolver estas carencias, sería como confundir una mancha de humedad que amenaza tirar un techo abajo, con el agua cristalina del oasis que veníamos imaginando.

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