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¿Cuáles son las novedades del reciente estudio sobre “la genoticidad del glifosato…” realizado por la Universidad de Río Cuarto, en relación a estudios anteriores?
Es muy importante porque explica y muestra cómo las personas son afectadas en su salud por vivir en zonas que se fumigan con químicos. Se genera un daño en la estructura genética, principalmente por la exposición al glifosato, que es el principal producto usado en nuestro país. Esa genoticidad no fue nunca evaluada en los estudios financiados y presentados por las empresas, que en definitiva son los que toman en cuenta los funcionarios. Al mismo tiempo, lo que queda expuesto es que las poblaciones del interior del país, sin estar hoy necesariamente enfermas, tienen este tipo de lesiones genéticas que afectará su organismo y el de sus hijos.

¿Qué hace el Estado con estos estudios?
El Estado nacional está informado de lo que está pasando y sin embargo no ha habido ningún tipo de respuesta. No se han tomado medidas para proteger a la población. Lo único que hizo el Ministerio de Salud fue crear en 2012 un registro oncológico y de seguimiento de nacimientos de niños con malformaciones a nivel nacional y obligatorio, que antes no existía. Ahora bien, si uno ve los informes de 2012 y 2013, se encontrará con una manipulación de la información evidente. Porque por ejemplo, en el caso de las malformaciones, se cuenta como registro el lugar donde el niño nació, es decir el Hospital donde nació, y no donde vivían sus madres. Hoy es sabido que en los pueblos casi no se realizan partos, sino que se hacen en maternidades de ciudades grandes, entonces se diluyen esos casos en una enorme cantidad de nacimientos. Lo mismo sucede con los casos de cánceres, se cuentan los casos donde los oncólogos lo tratan, que casi siempre son en servicios de ciudades grandes.
Es decir que esa muestra que hace el Ministerio de Salud no termina de representar la realidad de los pueblos del interior, donde uno se encuentra con que el 40% de la gente está muriendo de cáncer, duplicando la media nacional.

¿Qué es lo que se debería hacer para contrastar esta situación?
Lo principal y más urgente es reconocer que los agroquímicos son tóxicos, hacer una campaña para que se usen menos. El ministro de Ciencia y Tecnología de la Nación (Lino Barañao) sigue diciendo que uno se puede tomar un vaso de glifosato y no pasa nada, reproduciendo en realidad el discurso de las empresas que lo fabrican y lo venden.
En Argentina, cada año aumenta un 7% el mercado de los químicos que se utilizan, exponiendo cada vez más a su población, no sólo a la población que convive con las fumigaciones, sino también a la población que consume los alimentos rociados con esos químicos.
Hay que prohibir definitivamente las fumigaciones aéreas. En Argentina la “Fuerza Aérea Sojera” cuenta con 900 aviones fumigadores que rocían 20 millones de hectáreas con estos productos. En Europa son prohibidas las aplicaciones aéreas. También hay que prohibir las fumigaciones cerca de los pueblos, porque el nivel de exposición es altísima.

¿Cómo construir una alternativa en materia de producción de alimentos, diferente a la lógica de los agronegocios?
Hay una manera de producir diferente. Hay formas de disminuir el uso de los agrotóxicos, con experiencias en la agroecología como las de las facultades que han capacitado a productores y producen hasta 5 mil hectáreas, es decir en una escala importante, de una manera más sana que sigue siendo rentable, y no contaminante.
Obviamente somos un país productor de alimentos y no vamos a dejar de serlo porque es una característica de nuestro territorio. El problema es que actualmente estamos asimilados a un modelo, donde la renta es apropiada por unas empresas del sector que controlan el comercio exterior y los insumos básicos de la producción.
Ese modelo produce una enorme cantidad de granos, pero son granos venenosos, porque la soja, el maíz, que nosotros producimos están cargados de residuos pesticidas. Ya hay países que nos compran que están denunciando cada vez más los problemas que tienen quienes comen los alimentos que se producen derivados de nuestros granos.
Con esto quiero decir que aún desde la lógica de las propias exportadoras, vamos a tener que cambiar el modo de producir porque hasta los mismos chinos van a comprarnos menos soja.

¿Qué pasa entonces con el consumo de alimentos derivados de transgénicos, generan algún trastorno?
Estudios realizados en Inglaterra, Francia, Alemania y Rusia, muestran que el consumo de alimentos transgénicos trae aparejadas consecuencias no sólo en quien los consume, sino fundamentalmente en las generaciones subsiguientes. Los experimentos en ratas alimentadas con maíz transgénico da como resultado que tienen menor sobrevida, manifiestan mayor cantidad de cánceres, y se ve mucha consecuencia en la descendencia, con crias de menor peso, más chicas y mayormente estériles.
La importancia de estas investigaciones es que parten de la base de los trabajos de bioseguridad que presenta Monsanto y la industria en general, y que son los únicos que se consideran para aprobarles la comercialización.

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