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Existen dos grandes visiones sobre el kirchnerismo extendidas en la militancia popular de nuestro país. La que lo asume como gobierno popular que enfrenta, como puede, a las corporaciones ampliando los derechos de los sectores populares y la que lo considera una gran farsa bajo la cual operó la continuidad del neoliberalismo con saqueo, entrega
y represión. Ambas lecturas combinan indiscutibles elementos de la realidad ponderando diferentes momentos de un proceso político largo que es difícil encorsetar en una sola definición.
Quienes acuerdan con la segunda mirada, realzan el valor de la rebelión popular de 2001 como momento de quiebre de la hegemonía neoliberal y la función restauradora del orden político y económico dominante que el kirchnerismo cumplió durante su primer mandato. En cambio quienes se identifican con la primera perspectiva resaltan el choque del gobierno con sectores dominantes a partir del conflicto con las patronales agrarias en 2008 y la consiguiente polarización política y social que le siguió a partir de los conflictos con otros sectores del establishment.
De estas concepciones se derivan también las proyecciones a futuro. Mientras unos creen que la posibilidad de un proyecto de emancipación radica en que finalice derrotada la experiencia del kirchnerismo para comenzar de cero nuevamente, los otros consideran que no hay perspectiva de liberación de nuestro pueblo sin partir del “piso” de la identidad kirchnerista.

Discutir el balance de la Argentina bajo hegemonía del kirchnerismo luego de doce años de gobierno no es un tema menor. Pero estamos convencidos de que la polarización que este debate generó al interior del campo popular – con no pocas fracturas y divisiones – es resultado de nuestra incapacidad como sector activo del pueblo de integrar una  mirada que escape tanto al consignismo abstracto como al pragmatismo posibilista.

Es tan cierto que el kirchnerismo cumplió una misión restauradora luego de la crisis de 2001 como su choque con el establishment económico y político luego de 2008. Es tan verdadero que el oficialismo no impulsó ni se propuso una transformación de la estructura económica y política de la Argentina, como que sus políticas mejoraron las condiciones de vida del pueblo trabajador y habilitaron la expansión de derechos materiales y simbólicos. Asumir esta perspectiva a lo mejor no brinda la “comodidad” que facilitan las visiones polarizadas –cuya contracara suele ser una política esquemática y conservadora – pero claramente nos acerca mucho más a la realidad que vive nuestro pueblo.

El proceso inaugurado con la rebelión de 2001 y hegemonizado por el kirchnerismo nos deja una estructura económica que ha profundizado su carácter dependiente y un régimen político relegitimado. Pero también nos lega una Argentina con alto nivel de politización y organización popular, con núcleo para nada despreciable de sentido común sumamente hostil a las políticas de privatización, desregulación o ajuste.

Los sectores dominantes han cerrado filas y promueven una transición hacia un modelo de continuidad en los patrones de acumulación pero de cambio en las políticas de “inclusión social”, tal como se expresa en los foros empresariales.

Todos los candidatos presidenciables (opositores y oficialistas) se proponen como ejecutores de ese programa antipopular.
Por ello podemos arriesgar que aunque en el terreno de la disputa institucional el campo popular llega al 2015 con escasas posibilidades de modificar el rumbo conservador del sistema político, existe la posibilidad de comenzar a plantearse una nueva articulación a partir de las enseñanzas de todos estos años. Estas deben incluir tanto a quienes han sido parte de la experiencia del kirchnerismo pero no quieren abonar a su recambio conservador como a quienes nos hemos mantenido fuera del proyecto oficial pero no hemos defeccionado en el libreto de la oposición sistémica y gorila.

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