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En un año que se perfila con mucha conflictividad laboral, la necesidad de una clase trabajadora fuerte ante las patronales y el Estado, vuelve a poner en el eje del debate la cuestión de la unidad. En medio de la división de las centrales, aparece la lucha de las comisiones internas, cuerpos de delegados y sindicatos combativos por democratizar los espacios gremiales.

Un sindicato es mucho más que la imagen de señores gordos rodeados de patovicas y barrabravas que generalmente terminan siendo también empresarios o funcionarios, o amigos de ambos, y suelen mandar a golpear,- cuando no a matar- a los propios trabajadores que su sello dice patrocinar. Pero los sindicatos no son malos. El problema es lo que hacen con ellos quienes mayormente los conducen. Y malo, lo que se dice malo, es no tener chance de elegir si estar afiliado o no, como sucede con casi el cuarenta por ciento de los trabajadores desocupados y precarizados que conforman el mercado laboral. Esos laburantes no tienen posibilidades de sindicalizarse (aunque algunos salten la barrera e incluso sectores desocupados, se organicen gremialmente), es decir que no tienen una entidad que los represente ni los respalde ante el patrón, ni obra social, ni nada de lo que implica un sindicato en nuestro país.

Según los datos de 2005 -que son los últimos más o menos confiables-, el 37% del total de los trabajadores registrados está sindicalizado. Este índice es de los más altos de América Latina y del mundo. Sin embargo, parece poco si se lo compara con el 65% de principios de los noventa. Así, tenemos un mercado de trabajo de características duales: por un lado un sector altamente sindicalizado (fundamentalmente en estatales y en servicios); y otro altamente precarizado.

El modelo sindical criollo

En términos generales, el movimiento obrero argentino tiene una estructura de sindicato único por rama reconocido por el Estado.

Esta característica plantea desafíos, como el funcionamiento de la democracia al interior de cada uno de estos sindicatos. Como toda institución, son el resultado histórico de fuerzas sociales encontradas, por eso no son iguales los sindicatos argentinos hoy a los de principios de Siglo XX y, por eso, las leyes que los regulan tampoco son las mismas. En la actualidad puede decirse que el modelo sindical se articula sobre dos ejes: la unidad de representación de intereses colectivos: ésto implica que en un mismo lugar de trabajo puede haber tantos sindicatos como los trabajadores quieran, pero el Estado sólo reconoce al que mayor cantidad de afiliados cotizantes tenga. Ese sindicato se adjudica la personería gremial en tanto los demás son simplemente inscriptos en el registro del Ministerio de Trabajo, Empleo y Seguridad Social  (MTESS); otra característica es la concentración sindical: el sindicato que negocia es el que más fuerza tiene, por lo tanto busca “disuadir” la fragmentación y alentar la figura de un sindicato único por rama de industria cuyo poder de conflicto sea grande y su poder de negociación, también.

Estas características son cuestionables por las prácticas de la burocracia y por la vigencia de una batería de leyes y reglamentaciones laborales desfavorables para los trabajadores que de ellas se desprenden. La flexibilización laboral, la prerrogativa absoluta del Estado como garante de las relaciones capital-trabajo cristalizadas en que, por ejemplo, sea el Estado quien homologue los convenios colectivos, o que existan figuras como la conciliación obligatoria, que resulta imposible de objetar para los trabajadores, son trabas evidentes que hacen también al modelo sindical.

Ahora bien, ¿el problema es que exista un sindicato único por rama? Si se analiza en el plano de lo ideal, esta característica debería ser una fortaleza para el movimiento obrero. En los hechos, el problema es la práctica burocrática y mafiosa de la dirigencia y los estatutos que las perpetuan (es más fácil ser candidato a presidente de la nación que a secretario general de algunos gremios). Y esa pareciera ser otra característica distintiva del sindicalismo nacional, porque ha existido desde siempre.

Tiros, líos, cosha golda…

Una vez, en una charla que recordaba las históricas jornadas del Cordobazo y el Viborazo, el dirigente obrero Gregorio “Goyo” Flores preguntó al público: -¿qué es la burocracia?-. Se hizo un silencio y todos se empezaron a mirar. –Es una relación con el Estado-, contestó el referente del SiTraC-SiTraM. Si se observa a la cúpula sindical, se verá que claramente se construye a partir de una relación con el Estado, que en los hechos cambia como el sol (sino basta ver la historia de Moyano, enfrentando en los 90 las privatizaciones y luego entrando y saliendo de los negocios y las listas del kirchnerismo, o muchos dirigentes antes menemistas hoy despotricando contra aquellos años).

El movimiento obrero argentino estuvo y está atravesado por el peronismo. Hay quienes se animan a decir que nuestro país es un caso clásico de corporativismo sindical, o sea que la configuración de los sindicatos se construye en una estricta dependencia con el Estado.

Es verdad que ya en el primer gobierno de Perón la CGT se declaró peronista, aún cuando tuviera una historia como central obrera que venía desde los años treinta, cuando por supuesto no existía el justicialismo. Si bien en estos gobiernos (el primero seguro, el segundo un poco menos) se reconocieron varias conquistas de los trabajadores, hay que decir que en el período de ascenso de Perón, los dirigentes sindicales que no respondían a la línea del gobierno y de la central fueron desplazados. Reconocer este aspecto no es ser “gorila”. Nadie en la ciudad de Berisso, bastión peronista, desconoce que Cipriano Reyes y Luis Gay, dos históricos líderes sindicales que jugaron un rol preponderante en la jornada del 17 de octubre de 1945 y en la consolidación de la figura de Perón, fueron luego corridos por el incipiente pero poderoso aparato justicialista.

Nota completa en edición impresa. Mascaró #20 de Marzo 2014.

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