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De 2001 a esta parte, miles de argentinos han conseguido un trabajo que no tenían. Esa realidad no obstruye otra verdad: el blanqueo, las condiciones laborales y el valor del salario no han ido tan en alza como las ganancias de los empleadores. Los desafíos de un movimiento obrero que para luchar contra la precarización y el desempleo debe enfrentarse al Estado, las empresas y la burocracia sindical.

> Por Rafael Farace y Agustín Santarelli

Advertencia: Esta nota tendrá mucha estadística, muchos números, molestos a veces para leer, incómodos para asimilar cuando se asume que estamos hablando de personas, de trabajadores, cuando entre esos índices están nuestros familiares, nuestros amigos, están nuestros nombres.

Cada año mueren 7000 trabajadores en Argentina. Es decir, que 20 personas fallecen a diario por causas de accidentes (4 por día) o enfermedades derivadas de su labor (16 por día). Si se puede digerir ese, el más duro de los datos, todo lo demás será un soporte para entender la situación del trabajador y el trabajo en la última década, que algunos definen como ganada.

Diez años atrás la desocupación superaba el 20 por ciento de la población activa, el trabajo en negro alcanzaba a la mitad de los trabajadores y el salario promedio se encontraba un 30 por ciento por debajo de la línea de pobreza.

En 2003 se estaba recuperando la actividad económica tras una de las crisis más profundas de la historia argentina, pero gran parte de la población aún no percibía los cambios. Finalmente para 2007 el Producto Bruto Interno se había duplicado, la desocupación había caído al 7,5 por ciento, el trabajo no registrado a 39 por ciento y el INDEC intervenido difundía un polémico índice salarial que presentaba al ingreso promedio por encima de la línea de pobreza. Hoy, los números parecen estancados. Siempre en torno a datos oficiales, el trabajo en negro se instala en el 34,5 por ciento y la desocupación se ubica en 7,2 por ciento. Si sumamos el 9,3 por ciento referido a los subocupados (los que necesitan trabajar más horas), tenemos que más de la mitad de las personas, tiene problemas laborales.

1. De casa al trabajo. Son las 5 y media y Walter ya está fichando en la fábrica. A la misma hora suena un despertador y Acevedo se levanta. Toma un mate cocido y sube al colectivo. A las 7 tiene que fichar en el obrador. Esta semana a Walter le tocó el turno de la mañana, hasta las 3 y media de la tarde con esa hora extra casi obligatoria. La semana pasada laburaba hasta la medianoche, diez horas también. En la construcción no hay turnos rotativos, pero sí esas obligadas horas extras. Hasta las 5 de la tarde nadie se va de la obra.

Walter forma parte del 65,5% de los trabajadores que tienen un trabajo en blanco, según el INDEC. Ingresó a la industria metalúrgica tras la crisis de 2001 y fue delegado de su sector en un par de períodos. Es decir, que a la luz de la estadística y los lugares comunes, sería un trabajador privilegiado. Pero si se mira bien, Walter es parte del 29,5% de los trabajadores que conforman la tasa de sobreocupación, es decir de los que trabajan más de 45 horas semanales. Su jornada es de 9 horas diarias (la jornada aprobada por convenio colectivo), pero ante la demanda de la empresa y la diferencia salarial no duda en hacer todas las horas extras que aparezcan.

Acevedo forma parte del 64,4% de los obreros constructores que no se encuentran registrados y no realizan aportes jubilatorios. Luego de años de changas, desde 2005 en adelante trabaja con pocos períodos de paro gracias al impacto de la recuperación económica en la construcción que, con muchos altibajos, casi triplicó su actividad desde la caída de la convertibilidad. Trabaja 10 horas diarias, sino más, y convive con la muerte: su sector es uno de los más afectados por los accidentes y las enfermedades laborales, aunque los datos oficiales no den cuenta de ello.

Estos trabajadores de sectores y ramas económicas tan distintas tienen algo en común: los diez años de crecimiento económico les devolvieron el trabajo pero no han sido ellos los más beneficiados y las condiciones laborales siguen siendo precarias. Walter y Acevedo deben convivir con la flexibilización de sus salarios, puesto que una parte importante de sus ingresos varían según criterios y prerrogativas de la patronal, como las horas extras y los premios por presentismo y niveles de producción. De esta manera, se naturaliza un ritmo de trabajo más intenso y una jornada laboral más extensa y son los trabajadores los que sufren por ello el impacto en su salud física y psíquica.

Nota completa en edición impresa. Mascaró #17 de Noviembre 2013.

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