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El domingo 7 de abril a las 9 de la mañana Jorge Comesaña estaba cargando nafta en una estación de servicio de la circunvalación platense y le llamó la atención el movimiento de buzos tácticos, policías y bomberos en un desagüe de calle 68 entre 30 y 31. El jubilado se acercó y vio como retiraban 7 cuerpos. El testimonio de otros vecinos dice que en total fueron 12 los cadáveres retirados. La declaración de Comesaña consta en la causa, pero esta docena de fallecidos no figura en ningún lado, porque el listado y el deseo de Bruera, Casal y Berni ya había sido cerrado en 51 muertos y 1 desaparecido.

En la Justicia, también está registrado el testimonio de una odontóloga de la morgue, quien expresa que se modificaron los protocolos de actuación, que se sugirió un número fijo de 51, y que a medida que entraran más cuerpos debían salir los otros a cremación.

Esa testigo también declara que cerca de 200 cuerpos habían sido enviados al Hospital Naval.

En cada rincón de La Plata, Berisso y Ensenada, todos dicen haber escuchado o saber que alguien murió por acá o fue arrastrado por el agua por allá durante la inundación del 2 de abril. También se cuenta que los que saben algo tienen mucho miedo de hablar. En cada una de esas conversaciones, igual que a la hora de escribir sobre el tema, sobrevuelan ciertas contradicciones entre la certeza de que se ha ocultado información (y se ha mentido y tergiversado), y el temor de caer en un mito colectivo. Hace diez años, la misma sensación corría por el cuerpo de la gente de Santa Fe. La nómina oficial tras el temporal de fines de abril de 2003 que realizó el, por entonces, gobernador Reutemann fue de 23 fallecidos, pero el relevamiento posterior encabezado por los organismos de derechos humanos santafesinos, dio cuenta de 150 víctimas fatales.

La lista de Casal

El primer caso que salió a la luz en relación a la tergiversación de datos fue el de Juan Carlos García, a quien se le firmó una muerte por paro cardiorrespiratorio no traumático.  Esto fue denunciado por el Juez Arias, cuando el Ministro Casal decía que la lista de fallecidos por el temporal era de 51. Juan Carlos García era la víctima 52, pero el Poder Ejecutivo sigue sin reconocerlo dentro del listado oficial.

Tras la exposición pública del caso, el poder Ejecutivo abrió un paraguas para atajarse de cualquier reclamo. Con el ministro Casal a la cabeza, se insistió en que los fallecidos eran 51, pero agregaron que había otras 37 muertes que se registraron ese día bajo otras razones, ajenas al temporal. Lo siniestro de esa estrategia es que no se publicaron los nombres de esas personas. El propio Juez Arias explica que “Entonces, aparece el caso de Juan Carlos García y dicen ‘Sí, Juan Carlos García figura entre esos 37’. Y ¿quién más?, ‘eso no se puede decir’ contestan. Entonces, cualquier caso presentado como irregular va a parar a ese listado anónimo de 37, a ese casillero en blanco, entre esos 37 comodines”.

El silencio de los inocentes

En la intimidad de la calle, todos parecen saber que este mecanismo que involucra al poder político, policial y judicial, se repitió en muchos casos. Pero surge la pregunta, ¿y qué pasó con la gente que perdió a alguien cercano?  El denominador común es que esas familias están bajo coacción. En los vecinos de clase media que han perdido familiares, la coacción pasa por su propia actuación, por haber retirado los cuerpos antes de que se investigue. A sugerencia de la policía o las salas velatorias, esas familias buscaron un médico privado (tal vez un familiar, un conocido) que les firmó y certificó una situación que no es real. Si el certificado dijera que era una muerte traumática, esa familia hubiera tenido que esperar que llegara la policía a retirarlo, que lo lleven a la morgue, que le hagan una autopsia, pasar todo un trámite judicial y estar horas y horas a la espera del cuerpo para poder ser velado e inhumado.

En el caso de los fallecidos en la periferia, en los barrios humildes, existe mucho miedo o confusión. En muchos casos, la llegada de un patrullero genera la idea de que ya la muerte ha sido denunciada, comunicada.

A esta altura, y siempre en los lugares donde la muerte no es una sorpresa, poco importa en qué lista fue a parar un vecino, un amigo, una madre o un hijo. Ahí la preocupación y la incógnita, como antes de la inundación, pasa por saber qué se podrá comer a la noche, sobre qué acostarse y con qué taparse.

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