COMPARTIR

Seré Millones, la película que recrea el asalto a un banco por parte del ERP en 1972 renueva el lenguaje documental y las formas del fim político tradicional. Lleva en cartelera casi las mismas semanas que Relatos Salvajes.

En una sola tarde un hombre se mira dos película nacionales seguidas: Seré Millones, un documental que no es un documental y Relatos Salvajes, un film que agrupa distintos episodios. Con todo eso en la cabeza, sale y escribe esta nota, que no es una crítica, ni dos, es una crónica de un hombre que vio en una tarde dos películas nacionales impresindibles de esta época.

Sala uno

Casi las 8 de la noche del miércoles 22 de octubre. Llego apurado al cine Gaumont en el barrio de Congreso para ver Seré Millones. En el hall hay una cola de tres personas. Claro: se estrenó el 4 de septiembre, séptima semana, ya la vio todo el mundo.

Entro casi al empezar los títulos y la verdad es que me llevo una sorpresa. Confieso que los primeros minutos de la película los pasé, costumbre de viejo militante, contando la cantidad de espectadores: la oscuridad me p uede haber engañado, pero había más de cien.

Al terminar el film uno de sus directores, Omar Neri, nos anuncia que está asegurada la octava semana (la permanencia en cartel depende de la cantidad de espectadores) aunque, ya no, en la hermosa Sala principal donde estamos, sino otra vez en una de las salas de arriba… más pequeñas. ¿Molestará a los sectores de poder de hoy un film documental sobre la expropiación por el PRT- ERP de diez millones de dólares en 1972 del antiguo Banco Nacional de Desarrollo, dinero que, entre otras cosas, sirvió para financiar la fuga de Trelew, la Compañía de Monte Ramón Rosa Giménez, a los Tupamaros uruguayos, al MIR de Chile y al Ejército de Liberación Nacional boliviano? ¿Les hará ruido en algún lado a los jóvenes maravillosos de la década ganada, para quienes no se puede hacer política sin plata, que los héroes sean los dos serenos del banco, Angel “turco” Abus y Oscar Serrano, por cuyas manos pasó una fortuna sideral sin que se les caiga un centavo para su bolsillo?

Por supuesto, no es cosa fundamental, pero entregar la Sala 1, ¿no es acaso admitir el éxito de la película y de su consecuente carga político ideológica?

Sala ¿?

El sábado 11 de octubre había intentado ver en los cines del Coto de Lomas de Zamora Relatos Salvajes. Había entradas para la ¡cuarta fila desde adelante! Imposible ver así una película. Así que mi encuentro con el super tanque nacional (aunque no tanto, porque hay plata de la Warner) se produjo a continuación de Seré millones, en el mismo Gaumont, en una sala de la que no recuerdo ni el nombre ni el número.

Golpe a la mandíbula. El primer relato me dejó perplejo. Redondo, perfecto. Un guión que podría perfectamente haber escrito por Woody Allen. El avión que cae del cielo y remata la historia personal de Pasternak me conecta con el episodio de Historias de Nueva York en que Allen protagonista sufre la mágica desaparición de su madre, desaparición que va convirtiéndose poco a poco en un alivio hasta que, una mañana, en el cielo de Nueva York se dibuja la figura omnipresente de la idishe mamele, en activo diálogo con los millones de transeúntes, a los que les cuenta las vicisitudes de la vida de su hijo.

El director Damián Szifrón aquí parece invertir mediante una dosis altamente venenosa de humor negro la suerte del personaje de Edipo reprimido (así se llamaba el fragmento de Allen en la película). Aquí, el hijo no se queda quieto, se rebela ante la suerte que lo dobla y escoge la muerte por destino para todos los que colaboraron con su madre en el forjamiento de su infelicidad: ¿Un alter ego opuesto del -al menos a mí siempre me pareció así- culposo, miedoso, cínico e irónico director norteamericano, en este caso irónico también, pero audaz, justiciero y violento?

Esto no es un documental

En enero de 1972 un comando del Ejército Revolucionario del Pueblo robó el Banco Nacional de Desarrollo, en el centro porteño. “Cuando eran jóvenes robaron un banco, hoy lo volverían a hacer”, dice la bajada de Seré millones, la película que en un modo de documental atípico recrea el asalto con los propios protagonistas del hecho como narradores y con actores que ficcionan el hecho.

Uno de los méritos del excelente film dirigido por el ya mencionado Neri junto a Mónica Simoncini (ambos de Mascaró Cine Americano) y Fernando Krichmar (de Cine Insurgente), y producido por Alejandra Guzzo, es el de haber roto el formato del documental para dar paso una estructura narrativa que no es tampoco ficcional. ¿Puedo, en mi papel de cinéfilo y, en este caso, de crítico aficionado, definir a la estructura del film como política? Me refiero a que no se trata de un film de contenido político, con un mensaje político, sino de una película que es un acto político en sí mismo.

Apoyo esta opinión en una serie de cuestiones. La primera es la decisión de haber puesto en manos de los protagonistas de los hechos el casting de la obra. Serrano y Abus son dos personas atravesadas por la política, su decisión pues, a la hora de elegir a los actores no puede pues, tener otro contenido más que ese. La incorporación al film del proceso de elección se transforma así en un registro de lo que se constituye, en este caso, en un “casting político”.

Pero al ofrecer al espectador el registro de ese proceso, los directores despliegan ante el espectador un panorama de lo que representa una de las dificultades fundamentales de la política revolucionaria en la actualidad: la ruptura de la continuidad política generacional. Efectivamente, y no por culpa suya, el grado de conocimiento que poseen los actores seleccionados del proceso revolucionario 1969-76 es muy limitada, rayana en el “analfabetismo” político.

La película no se doblega ante este escollo, y asume plena y abiertamente una función de educación política. Por eso es que lo que, suponemos, al principio estaba concebido como un simple procedimiento narrativo, termina siendo insoslayable. Nos referimos a la intervención de Abus y Serrano en la dirección de los actores y en la organización de las escenas “ficcionales”. Ese procedimiento va mucho más allá del simple intento de ajustar la escena a lo que efectivamente los protagonistas hicieron o dijeron en tal o cual situación: se hace indispensable a la hora de transmitir el mensaje político cuando no se cuenta con intérpretes políticamente formados.

Nota completa en edición impresa. Mascaró #27 de Noviembre 2014.

SIN COMENTARIOS

RESPONDER