COMPARTIR

La mentira, el ocultamiento y el vaciamiento como política de Estado para sostener un modelo de pocas palabras y muchas, rápidas y destructivas decisiones.

 

“En Alemania es delito negar el holocausto”, comentaba a Mascaró el exjuez Carlos Rozanski en una entrevista realizada tras las aberrantes declaraciones del titular de la Aduana José Gómez Centurión. Pues bien, en Argentina, o al menos en la Argentina actual, es más grave ponerse en tetas que desmentir fallos judiciales históricos. Así las cosas, un funcionario público puede negar el plan de exterminio de la última dictadura militar, Macri puede decir que el empleo está creciendo cuando hay miles de despidos, Gerardo Morales puede pedir la prisión de Milagro Sala por corrupta (aunque se la juzgara por una movilización), y un hijo puede perdonarle una deuda millonaria a su padre aunque uno presida el país y el otro se haya enriquecido gracias a sus habitantes. Para que todo esto suceda sin mayor repercusión, Mauricio tiene al mejor equipo de la historia, y no precisamente dentro de su gabinete.

 

Clarín miente

O tergiversa, u oculta, o simplemente elige ignorar. No es nuevo que Clarín engaña, como no es nuevo que Macri es un invitado de la casa, lo que sí es bastante novedoso es el nivel de obscenidad con el que se manejan desde que Mauricio es presidente. El jueves 9 de febrero casi todos los principales matutinos pusieron en tapa, en mayor o menor medida, la escandalosa condonación de deuda que el gobierno nacional le otorgó a la empresa de papá Franco; casi todos los diarios, menos “el gran diario argentino”. Esa misma metodología aplican cuando, en la misma semana que su empresa despidió 350 trabajadores de Artes Gráficas Rioplatenses, publican en tapa las declaraciones en las que el presidente asegura que está creciendo el empleo. Además de la enorme cantidad de notas que justifican el accionar gubernamental, se solidarizan con el pueblo aconsejando cómo bañarse menos, usar el ventilador en lugar del aire acondicionado y hasta diciendo que la ruta 2 está mucho más ordenada producto de que los automovilistas están “imbuidos del concepto de un gobierno que quiere lo mejor para todos”, cuando lo que sucedía era que la ruta estaba vacía porque fue un penoso fin de semana largo en materia de turismo.

En el caso de La Nación, la relación con el gobierno es diferente, aunque no opuesta. El propio diario le “marca la agenda” al gobierno.  El caso de derechos humanos es el más notorio y la editorial del día 7 de febrero es un claro ejemplo; ese día el diario de la familia Mitre arremetió una vez más contra las organizaciones que fueron exterminadas por la dictadura del 76, queriendo instalar nuevamente la “teoría de los dos demonios” afirmando, entre otras cosas, que la Justicia “no se ha ocupado hasta el momento de investigar y sancionar a los responsables de la acción de los movimientos guerrilleros”. En una nota publicada en Revista Zoom, Daniel Cecchini opina que la presión de La Nación para detener los avances de las causas tiene como fin último “evitar las condenas a los cómplices civiles de la dictadura cívico-militar-judicial-eclesiástica”. En diciembre último hubo dos acontecimientos que fortalecen la idea de Cecchini: por un lado, el juez federal Julián Ercolini sobreseyó a Bartolomé Mitre, Ernestina Herrera de Noble, y Héctor Magneto en la causa Papel Prensa, al considerar que no compraron la empresa bajo presión ni a precio vil; por otro, la Cámara  de Casación había otorgado la falta de mérito en la causa en la que el empresario Carlos Blaquier está acusado de colaborar con la desaparición de personas que trabajaban en su ingenio azucarero, aunque en este caso la procuradora de la Corte Suprema ordenó que se siga investigando al empresario y su socio.

Son sólo ejemplos de cientos y cientos que permiten decir que Clarín hace el trabajo político de ocultar todo lo que el gobierno de Macri no hace o hace mal, y La Nación hace el trabajo ideológico de seguir sosteniendo o reviviendo ideas ya varias veces refutadas por la propia justicia y que buscan, entre otras cosas, generar el temido y peligroso “no te metas”. Entre tanto, ambos hacen negocios.

 

El enemigo interno

Vieja es la táctica del enemigo interno, pero no por vieja deja de ser efectiva. Sin embargo a Mauricio no le alcanza con “un” enemigo, porque son demasiados los “errores” de su gestión como para distraer a la opinión pública con un solo flanco al que apuntar. Terminada la excusa del “segundo semestre” y de “la pesada herencia”, empezaron a reaparecer viejos placebos. Mientras rezan a la espera de que vuelva el fútbol (que ya no será para todos), los menores, los pueblos originarios y los inmigrantes vienen siendo los actores sociales a los cuales el gobierno culpa de todos los males para despistar a la opinión pública. Con este propósito, se extraditó a un joven peruano acusado de asesinar a otro niño tras un asalto (el caso Brian), aunque hay serias dudas de que haya sido el responsable; así mismo, resulta que los mapuches son “agentes del terrorismo” según el diario Clarín, y el magnate Lewis “es un buen tipo que eligió la Argentina para vivir sin pedir nada”, según Macri. Con ese esbozo de argumento el oficialismo (gubernamental y mediático) justificó la brutal represión a los pueblos que luchan por su tierra, que hoy está en manos del empresario que “vino sin pedir nada”, pero se quedó con tierras y lagos del pueblo argentino.

Pero sin dudas el más importante elemento, entre tantos a los que él/los gobiernos acusan de todos los males, es el inmigrante.

 

 Lo digo, no lo digo

A la hora de enfrentar públicamente temas controversiales, el oficialismo va modificando tácticas para eludir momentos complejos. Primer ejemplo: “yo no fui”. Mauricio Macri, el presidente de la Nación, el Jefe de Estado, y varios de sus miembros del gabinete, desconocen  o dicen desconocer, muchas cosas graves. Gabriela Michetti, su vice, salió a aclarar que Macri “no sabía” de la reducción de deuda que sus funcionarios le hicieron a la empresa de su papá Franco; María Eugenia Vidal dijo que las declaraciones de Gómez Centurión no representan a su gobierno ni a ella misma; Macri, el presidente, dice “no tengo idea” cuando le preguntan sobre las declaraciones de Lopérfido que aseguró que los desaparecidos eran 9 mil y no 30 mil; Marcos Peña, jefe de gabinete, respondió “te la debo”, parafraseando a su jefe, cuando un periodista le preguntó por la condonación de una quita de deuda de 19.000 millones de pesos a empresas eléctricas.

Segundo ejemplo: “el sinceramiento”. Acompañados, lógicamente, por la ceguera cómplice de los medios monopólicos, Cambiemos ha aplicado una fórmula que no falla: “era necesario”, o “había que sincerar la situación”. Con estas frases, el gobierno nacional aumentó las tarifas en los servicios públicos y nafta; recortó el alcance de medicamentos gratuitos para jubilados; perdonó la deuda de papá Franco con el Estado; y “sinceró” el dinero de la trata y el narcotráfico (entre otros rubros) mediante el blanqueo de capitales, y un largo etcétera. Al utilizar el argumento de la sinceridad, elimina la posibilidad del reproche, porque claro está que nadie que hace algo con sinceridad lo hace con mala fe. ¿No?

De esta manera, e incorporando supuestas humoradas a preguntas  incómodas, o armando puestas en escena que llegaron al absurdo, como el caso donde supuestamente el presidente viajaba en colectivo, pero después se supo que fue una escena planificada; el gobierno de Cambiemos fue armando un relato en base al no relato; es decir ignorando, esquivando o “maquillando” respuestas ante las temáticas más difíciles. (…)

Nota completa en edición impresa Mascaró #39, Marzo – Abril de 2017.

SIN COMENTARIOS

RESPONDER