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Una solución peronista a los problemas del mundo

 

Francisco atraviesa su cuarto año al frente del Vaticano con un fuerte protagonismo en un mundo altamente agitado y avanza en influencia en la política local. Con gobiernos a nivel global y regional cada vez más derechizados, el Papa progresista le devuelve a una Iglesia en crisis su rol protagónico como mediadora entre ricos y pobres.

 

Corren los primeros años de la década del 60 y en algún club de barrio porteño se realiza un baile popular con orquesta típica. Un grupo de amigos celebra un acontecimiento y brinda a viva voz por Perón. Se arma la discusión, empujones, y un par de gorilas grandotes vienen a increpar a quienes acaban de nombrar al tirano depuesto. El joven, apenas parado de la cabecera de la mesa recibe un cachetazo. Antes de que le den un nuevo trompazo en la otra mejilla, alguien dice, “más respeto que es un cura”. Los agresores se calman, pero automáticamente aparecen otros muchachos que se le van al humo al flamante padre por considerarlo parte de la Santa Iglesia Católica Apostólica Romana que apoyó el bombardeo de la Plaza y el golpe al General. Finalmente todo se descomprime cuando el mismo muchacho que había aportado el dato de que Jorgito era un cura, aclara que “es un cura peronista”.  La escena se narra antes de que se cumplan diez minutos desde el inicio del documental “Llámame Francisco”. Es la primera gran definición del film que protagoniza Rodrigo de la Serna, que guionó Martín Salinas, que dirige el italiano Daniele Luchetti y que está disponible en Netflix para los casi cien millones de espectadores que cuentan con el servicio prepago en todo el mundo.

La película no ha estado exenta de polémica, sobre todo al momento de repasar el accionar de Bergoglio durante la dictadura. El periodista Horacio Verbitsky ha hecho notar que el orden de los acontecimientos y la actitud del entonces  Superior Provincial de la Orden de los Jesuitas para América del Sur y rector de la Universidad del Salvador (USAL), parecen alterados. Por lo que, una participación cuanto menos indiferente o compasiva (por no decir cómplice) para con los militares y en contra de los curas de su diócesis perseguidos,  se narra como una posición heroica. El guionista del documental Martín Salinas contestó en una entrevista de la agencia Paco Urondo: “Esto es ficción. No es la primera vez que me toca ficcionalizar una vida. Pienso que el personaje que quisimos contar es una mezcla del verdadero Bergoglio con un Bergoglio que es muy importante en la actualidad, por lo que representa políticamente”.

 

LA IGLESIA UNIVERSAL

El ascenso del papa Francisco como figura preponderante a nivel global debe contextualizarse en un mundo desordenado y en crisis, con la hegemonía imperialista en disputa y un creciente descontento con la globalización neoliberal.

Los discursos del sumo pontífice tienen relación con la situación económica, financiera, alimentaria, ambiental y cultural. Sus palabras progresistas contrastan con las expresiones políticas que también referencian críticas a la globalización neoliberal pero desde la derecha conservadora y que se han impuesto como alternativas concretas en diferentes países, como el caso Donald Trump en EEUU, el triunfo del Brexit británico y el ascenso de partidos nacionalistas y neonazis europeos, así como el avance de la derecha latinoamericana.

En su primera exhortación apostólica como Papa, difundida a finales de 2013, denominada La alegría del Evangelio, Francisco ya se muestra crítico al neoliberalismo: “Algunos todavía defienden las teorías del ‘derrame’, que suponen que todo crecimiento económico, favorecido por la libertad de mercado, logra provocar por sí mismo mayor equidad e inclusión social en el mundo. Esta opinión, que jamás ha sido confirmada por los hechos, expresa una confianza burda e ingenua en la bondad de quienes detentan el poder económico y en los mecanismos sacralizados del sistema económico imperante. Mientras tanto, los excluidos siguen esperando”.

Su impronta descontracturada lo muestra como una figura más terrenal, más lejana a los lujos y más abajo del pedestal celestial que envestía a su antecesor Benedicto XVI, por lo que también lo acerca con el común de la gente. Las críticas de Bergoglio encajan en los descontentos y los sentires de millones de personas, fundamentalmente de las víctimas del neoliberalismo, que pretenden un cambio social, una sociedad diferente. Ahora, bien, ¿se puede esperar que el máximo representante de una institución como la Iglesia católica  se salga de la razón de ser de su función y encabece una resistencia ante un sistema político-económico-cultural que lo contiene y conforma? ¿O su tarea es buscar consensos, contener los descontentos y brindar las garantías necesarias para recobrar la salubridad de un sistema capitalista y patriarcal en crisis, y –al mismo tiempo- reposicionar a su machacada institución? Por complejas que parezcan las preguntas, el peronismo suele tener las respuestas. Y como se ha dicho, debajo de la túnica blanca, el hombre tiene esa formación y esa cintura.

 

CONCILIACIÓN Y RECONCILIACIÓN

“¿Qué hace un Papa? ¿Cuál es su misión?”, le preguntó Fidel Castro a Ratzinger, en el marco de la visita del enviado de la Santa Sede a Cuba en marzo de 2012. La contundente y nada inocente pregunta va al fondo de la cuestión y al rol del Vaticano a nivel mundial.

Consultado por Mascaró, el periodista y analista internacional venezolano, Modesto Emilio Guerrero ensaya  una tajante respuesta: “su rol es correspondiente con el organismo internacional que representa. La Iglesia es un aparato reaccionario global, por lo tanto el Papa, su jefe, hace política global, su rol es prever riesgos al sistema mundial dominante y mediar allí donde entra en peligro”.

En el marco de esa definición histórico-política, surge la necesidad de responder por qué el 13 de marzo de 2013 se eligió con fumata blanca, a Jorge Bergoglio como sumo pontífice.

El director y portavoz latinoamericano de la Asociación Internacional del Libre Pensamiento, Esteban Lozada sostiene que “Jorge Mario Bergoglio y Karol Józef Wojtyła comparten haber sido elegidos pontífices por motivos geopolíticos. La elección de Juan Pablo II, en plena guerra fría, fue estratégica para luchar contra el comunismo y los movimientos con pensamiento marxista dentro de la Iglesia. La elección de un cardenal latinoamericano de origen argentino como líder del Estado teocrático del Vaticano, fue motivada por las características de algunos gobiernos de América Latina, que habían empezado a incorporar algunos componentes de izquierda a sus discursos, recordemos que la Iglesia católica repudia desde la doctrina social cualquier movimiento con alguna afinidad hacia las ideas marxistas”.

En un texto titulado Geopolítica vaticana de los días inmediatos a la asunción de Francisco, el periodista e investigador uruguayo Raúl Zibechi, también hacía hincapié en que la elección de un Papa latinoamericano en un contexto político de gobiernos regionales progresistas, populares, debía leerse en la clave histórica de la Iglesia católica de contraponer cualquier avance emancipador y mantener así el orden mundial imperante.

Consultado por Mascaró sobre aquella mirada, el autor del artículo reflexiona desde el presente: “Yo era uno de los que pensaba que Francisco iba a tener un papel negativo a nivel regional. Me parece que me equivoqué. Al momento de su asunción, en lo estrictamente geopolítico, América Latina vivía otro momento. Tal vez mi mirada ideologizada me impidió mirar la realidad tal cual era, y debo decir que Francisco no resultó lo que yo proyectaba”.

En este momento en América Latina “él incide en moderar la oleada conservadora. Su posición, sus declaraciones, tienden a mitigar el avance derechista. El caso más concreto es su relación con el gobierno de Macri: su posición contra Cambiemos, no modifica las decisiones pero tiende a ponerle límites, porque genera una onda deslegitimadora de las medidas que toma el gobierno”, aclara el periodista uruguayo. En ese sentido pueden mostrarse los ejemplos de la publicación en la web oficial del Vaticano de una foto del Papa con un joven en silla de ruedas al conocerse la quita de subsidios a personas discapacitadas por parte de la ministra de Desarrollo Carolina Stanley, o su insistencia en los discursos contra la “meritocracia”, tan cara a la propuesta macrista.

El cambio en los mandos de los gobiernos latinoamericanos, la caída de Dilma en Brasil, el avance de la derecha en Argentina, la crisis de la revolución bolivariana en Venezuela, han puesto a Francisco en otro lugar, aunque él no se haya movido de su posición.

Más allá de los virajes y las características de los distintos ejecutivos regionales, deben enumerarse expresiones populares y avances en derechos arrancados por la lucha de diversos colectivos militantes en los últimos tiempos que tensionan el rol de la Iglesia en las decisiones y las políticas de Estado. Y que siguen siendo terrenos de disputa regional para la Santa Sede porque cuestionan modos de vidas y privilegios.

Lozada enumera una serie de elementos: “En Uruguay, país que desde sus orígenes logró establecer el laicismo de Estado, se sancionó la ley de despenalización del aborto, como también la regulación legal del consumo de marihuana. Los movimientos estudiantiles de Chile reclaman una educación pública verdaderamente laica. Bolivia logró transformarse en un Estado plurinacional y de esta forma obtener el reconocimiento de derechos de culturas históricamente oprimidas por la ideología católica. Los derechos adquiridos en la Argentina por la comunidad LGBTIQ comenzaron a replicarse en Sudamérica y además las organizaciones laicistas, ateas, feministas, antipatriarcales, de la diversidad y librepensadoras en general que comenzaron a proliferar en la región”.

Otro punto importante es el fenómeno del culto mediático, político y corporativo evangélico pentecostal, que en Brasil logró una importante penetración en el Congreso de la Nación.

“El Papa es el mediador mundial”, dice Gustavo Vera, legislador porteño y amigo de Jorge Bergoglio desde sus días como Cardenal.

La palabra mediador puede encerrar diferentes lecturas y todas podrían encajar con el papel de Francisco. Lo más identificable se halla en el discurso por la paz, para terciar entre partes enfrentadas. Para Zibechi, “la influencia en el rumbo del mundo no es importante porque no puede salirse de lo estrictamente moral. Su incidencia tiene que ver con lo ético, más que con lo político. El Papa no tiene un poder político militar directo, es una influencia moral y de hecho puede decir muchas cosas correctas, pero no tiene capacidad para aplicarla, para hacer que se cumplan”.

Bajo el efectivo discurso del perdón y la reconciliación, el Vaticano ha encarado distintos conflictos en los que ha tratado de imponer su intermediación. Antes de que Donald Trump deshiciera los acuerdos alcanzados entre la administración de Obama y Cuba, Francisco había jugado un rol importante para romper el hielo de las relaciones entre ambos países. Si bien el gobierno de la Revolución Cubana tomó con pinzas las intenciones de la negociación y el carácter de la misma, que por ejemplo no contenía modificaciones en torno al bloqueo, fue un hecho significativo a nivel mundial.

También la Iglesia medió en los conflictos de Colombia, Venezuela e incluso llegó a proponer la misma salomónica receta de la reconciliación para revisar el pasado en Argentina y así “perdonar” a los genocidas militares, civiles y miembros de su propia institución involucrados en la última dictadura militar. (VER RECUADRO)

 

Nota completa en edición impresa Mascaró #41, Julio – Agosto de 2017.

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