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(Especial para Mascaró, del prólogo de su último libro “Ciudad blanca, crónica negra. Postales del narcotráfico en el Gran Rosario, Santa Fe, Córdoba y Buenos Aires. Capitalismo y etapa superior del imperialismo).

-Voy a vivir hasta los 21 años. Nada más. Esto lo tengo claro.

Mi vida pasa por un par de buenas llantas (zapatillas), tener cargada la tarjeta del celular y poco más.

-Lo único que te pido es que si me decís algo, cumplilo – dice el pibe que no llega a diecisiete años y es de un barrio explotado de los arrabales rosarinos a fines de 2013.

Mientras los grandes medios de comunicación y las redes sociales afirman que la expectativa de vida llega hasta pasados los setenta años, ese avance científico no llega a muchas pibas y muchos pibes de estas regiones. No le hablen de lo que está mal ni de lo que está bien. El muchacho sabe que lo van a matar a los 21 años. Que tener 30 es ser un viejo en su mundo, en su universo cotidiano.

En esa confesión hay, sin embargo, una secreta esperanza.

Una vieja consigna que se hace carne en un pibe que no tiene proyecto.

-Si me decís algo, cumplilo- pide el muchacho. El viejo valor de la palabra.

Casi un mito fundacional de aquella Argentina de nuestros viejos.

Este chico desesperado que espera la muerte a los 21 años, necesita tener cerca a alguien que le cumpla lo que le dice.

He allí una señal de transformación.

Desde lo cercano, pelear cada uno de los chicos, cada una de las chicas para que no sean soldaditos, “sicarios” o consumidores consumidos.

El narcotráfico es el ciclo capitalista actual de acumulación de dinero fresco e ilegal y que alimenta otras actividades. Y junto a las armas conforman esa manera de concentrar efectivo sin rendir cuentas a nadie.

Hay muchas armas y mucha droga entre los pibes y el pueblo en general porque así se mantiene el sistema.

Luchar contra el narcotráfico es luchar contra el capitalismo.

Algo que suena estúpido a la hora de tomar conciencia del objetivo de los grandes partidos políticos nacionales.

Cuando los narcos amenazan con matar, la frase es emblemática: “…les mando a los pibes”. “Los pibes” como sinónimos de sicarios.

Esa es la urgencia que plantea el narcotráfico.

Y no parece que haya recuperación del sentido existencial para los pibes con gendarmes y policías, sino con escuchas atentas, escuela, trabajo, deporte, cultura y alegría bien cerquita de ellos.

Porque esa solución “coordinada” entre los gobiernos de Santa Fe, Córdoba y Buenos Aires con el nacional, de poner gendarmes en las grandes ciudades no es más que cumplir el proyecto de Ronald Reagan de julio de 1988 y que luego se convirtió en el Plan Colombia, el plan Mérida en México y la permanente presencia del Ejército en Río de Janeiro y San Pablo.

El resultado de esa política de seguridad ciudadana implementada por Estados Unidos generó y genera miles de muertes jóvenes, crecimiento del narcotráfico y negocios inmobiliarios varios.

De allí que nuestra idea es que este ciclo de acumulación y circulación de dinero fresco que es el narcotráfico también funciona como nueva etapa del imperialismo: control social sobre los pueblos del continente para garantizar que nunca más se produzca un enamoramiento masivo con la idea de la revolución.

La esperanza está en volver a hacerle sentir a miles y miles de pibes argentinos que tienen derecho a soñar, a reir, a enamorarse y que trabajar no es una gilada ni una pérdida de tiempo.

Y esa es una pelea cotidiana, cercana, afectiva y profundamente política y rebelde.

Porque así como no hay que naturalizar lo malo, tampoco hay que naturalizar lo bueno: miles y miles de maestras y maestros, trabajadores sociales, médicos, psicólogos, artistas, mujeres y hombres, todos los días en cada rinconcito de esta fenomenal geografía argentina ponen el oído, la caricia, la palabra y el proyecto para que chicas y chicos no sean mandados por distintos explotadores.

En ellos está el presente mejor.

Es urgente reparar en ellos.

Y también es imprescindible denunciar con nombre y apellido a los mafiosos y sus cómplices, sin pedir permiso a ningún poder para hacerlo.

Nuestros pibes, nuestras hijas necesitan algo más que cantarle el feliz cumpleaños y apagar las velitas de la torta.

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