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LA INSEGURIDAD Y OTRAS SENSACIONES

La seguridad sigue marcando la agenda política y, en el país con el promedio más alto de policías por habitante del continente, se propone seguir sumando uniformados para resolver la conflictividad social. El negocio del miedo y la silenciosa marcha hacia una sociedad cada vez más controlada.

 

El problema de la seguridad que lo resuelva Montoto. Mario Montoto es el proveedor de las miles de cámaras de vigilancia que el PRO colocó en toda Capital Federal y con las que se sembró todo Tigre, así como también un cliente asiduo del Estado bonaerense. Hace un año, Montoto organizó con su Fundación TAEDA el encuentro “El Hemisferio Americano: Desafíos para el Desarrollo y la Seguridad”, donde participaron Daniel Scioli, el Secretario de Seguridad nacional Sergio Berni y sus pares a nivel provincial, Alejandro Granados, y porteño, Guillermo Montenegro, y también Sergio Massa. Los encargados de dictar el curso fueron  especialistas de Estados Unidos e Israel. Otros funcionarios que contaron sus experiencias en “seguridad ciudadana” y “narcotráfico” pertenecían a los gobiernos de México y Colombia. De esas fuentes y servicios saldrán las políticas de seguridad que se implementen en los próximos años.

“Donde hay armas puede haber muerte”, expresó entre otras frases hechas Daniel Scioli al encabezar uno de los tantos actos de graduación de policías locales entre los días que separaron las PASO de la elección presidencial. La oración conlleva a simple vista una contradicción, porque en ese mismo momento, puntualmente en su querida Mar del Plata y según él para “mejorar la vida de la gente”, estaba largando 700 armas a la calle, al servicio del orden y de todos los problemas que los policías (en funciones o de civil) creen que se pueden resolver con la reglamentaria.

La idea de que cuantos más uniformados haya, mejor será la vida, es una falacia. En principio porque humanamente no se puede fundar una sociedad a partir del castigo, de la pena, de la coerción y la represión, sostenida en la estigmatización y la cultura de la delación. Y porque los índices de delito callejero (por supuesto que no existen datos de delito financiero, ni de robos de guante blanco) no se ha revertido. Además, a la hora de la muerte, las balas calibre 9 milímetros también cuentan. Según datos de la Coordinadora Contra la Represión Policial (Correpi), cada 28 horas muere en Argentina una persona a manos de un agente de alguna fuerza.

El Ministerio de Seguridad bonaerense, que dirige hasta diciembre Alejandro Granados, destaca con orgullo  que desde que Scioli decretó la emergencia en seguridad en abril de 2014,  es notorio “el aumento de los enfrentamientos entre el personal policial y los delincuentes, verificándose un incremento del 27,9% en la cantidad de delincuentes abatidos por el personal policial”. Aunque algunas veces los enfrentamientos se den adentro de un patrullero, como explicaron los policías de la Comisaría 9na de La Plata, que sucedió con Juan Martín Yalet quien terminó asesinado con un tiro en la cabeza y sus manos esposadas por la espalda.

En lo que va del año, en Rosario se registraron más muertes por balas policiales (17 casos) que aquellas que ocurrieron en una situación de robo (15 casos). Las muertes provocadas por agentes de la Policía de Santa Fe representan el 11 por ciento del total de los crímenes que se cometen.

Pero estos números no generan tendencia en la opinión pública. Al contrario, todos los estudios de marketing, los analistas, periodistas, tecnócratas y políticos, aseguran que cuantos más policías, más cámaras, más patrulleros y más potentes sean las luces azules, más segura será la vida.

Pero ¿vamos a ser mejores porque nos multen ante cada incorrección?, ¿vamos ser más educados si nos penan duramente y nos amenazan? Por el contrario, seguramente seamos mejores por convencimiento, con conciencia, por una ética que haga que nos valoremos como pares, que vaya en contra de la estigmatización y cultura de la delación y el buchoneo.

 

CADA UN METRO, POLIS

“Nosotros vemos críticamente la decisión de enviar cada vez más policías a las calles, y queremos discutir ese sentido de seguridad”, dice Lucrecia Cuello, integrante del Colectivo de Jóvenes por Nuestros Derechos que desde hace 9 años organiza la Marcha de la Gorra. Cada 20 de noviembre, miles de pibas y pibes de los barrios de Córdoba toman el centro de la ciudad, al que durante el resto del año no pueden entrar, para manifestarse contra el Código de Faltas vigente y el gatillo fácil.

“Tenemos experiencia para oponernos, porque vivimos en una provincia donde esa práctica sucede hace muchos años y el delito (en términos de delito callejero) no ha disminuido. Córdoba es una ciudad sitiada, y aún así la población sigue demandando políticas de seguridad”, continúa Lucrecia, quien explica que con tanta policía, “los que padecen verdaderamente la inseguridad son los pibes y las pibas que no pueden salir de sus barrios para evitar ser detenidos”.

Durante los años kirchneristas, el presupuesto de la Polocía Federal, la Gendarmería, la Prefectura y la Policía de Seguridad Aeroportuaria creció más del 800%. La Gendarmería cuenta con 30.500 efectivos, el 70% más que en 2003, la Federal tiene casi 35.000, Prefectura tiene 18.000 (3 mil más que antes del gobierno de Néstor), y Seguridad Aeroportuaria casi 4000 mil policías. La Metropolitana tiene 6000 hombres y mujeres.

Según datos de Naciones Unidas del año 2014, Argentina es -proporcionalmente- el país con mayor cantidad de policías de América Latina: 558 cada 100 mil personas.

Sólo en la provincia de Buenos Aires hay casi 100 mil uniformados, contando los de la bonaerense junto a las flamantes policías locales. Cuando Scioli asumió la gobernación, había 48 mil. Según el mandatario, ese dato manifiesta una de “las victorias” de su gestión. En el primer acto después de las PASO de agosto, el ex motonauta adelantó: “La policía local es un logro para la provincia y un proyecto para el país”. El macrismo coincide con esa línea, de hecho su campaña por la policía porteña fue levantada como bandera desde el inicio de su carrera política.

Es decir que los números aquí relevados seguirán creciendo, aunque la fórmula no guarde relación con una disminución del número de delitos cometidos. Basta sino repasar el detalle de que Rosario es la ciudad con uno de los porcentajes más altos en relación a la cantidad de policías por habitantes (hay 1 policía cada 177 civiles, según el Censo de 2010) y guarda tal vez el escenario de violencia más marcado del país.

En todo caso, y ya en el plano de lo subjetivo, se puede decir que las medidas de saturación policial hacen que un sector de la sociedad tenga la “sensación” de estar más seguro.

 

SENSACIONES

Cada vez que se trata mediáticamente un tema policial, se vuelve con ironía a la frase del Jefe de Gabinete nacional, Aníbal Fernández, cuando manifestó que la inseguridad era una sensación. Aníbal es indefendible, pero en sus palabras hay un pedazo de verdad sincerado. La sensación de miedo a ser víctima de un delito, además de ser real, es todo un negocio, para las empresas trasnacionales de cámaras de vigilancia y el dueño de Puertas Pentágono como para los políticos, tanto oficialistas como opositores. Porque es más fácil tomar medidas para bajar el miedo, que para disminuir el delito, ni hablar si de lo que se trata es de eliminar las desigualdades.

Como explica Esteban Rodríguez Anzueta , existe un “desdoblamiento del delito y el miedo al delito. De ahora en adelante, el miedo al delito aparecerá como un problema separado aunque articulable al delito. La sensación de inseguridad ya no será el reflejo del delito, sino un problema en sí mismo que merece una atención particular”. (VER RECUADRO “El discurso del orden…”).

En definitiva, todas las acciones que se vinieron registrando en los últimos años, como las promesas de las medidas que se tomarán tienen la intención de atacar la sensación y no meterse demasiado con el crimen organizado, es decir con todo el sistema delictivo. Un lavador de plata, un banquero, un financista que maneja dinero ilegal vinculado al narcotráfico, a la trata de personas, a la evasión fiscal, la fuga de divisas derivadas de la soja, no genera temor social ni afea el paisaje. Desmantelar el crimen organizado, implicaría además exonerar, encarcelar y perder los servicios de varios uniformados.

 

JUEGAN DE LOCAL

Gran parte de los actos de campaña y discursos de Scioli estuvieron vinculados a la promoción de las policías comunales: “Nueva Policía Local para tu victoria” decían los carteles en las autopistas de acceso a la Capital Federal. La provincia de Buenos Aires terminará con 17 mil agentes locales distribuidos en distintos municipios.

Esta nueva fuerza se creó por decreto luego de fracasar varias veces en la legislatura bonaerense. A diferencia de otros proyectos que planteaban una policía municipal de prevención, el sciolismo incorporó a los oficiales de uniforme y boina azul a la estructura madre de la Bonaerense, vetando de autonomía a los municipios e impidiendo la posibilidad de una descentralización. La idea de Scioli es nacionalizar la experiencia.

El modelo de las “policías comunales” o “locales” viene siendo aplicado tanto en México como en Colombia y en ambos lugares dio sobradas muestras de las posibilidades que estas estructuras brindan a la corrupción y por ende al rápido entrelazamiento con las bandas dedicadas al narcotráfico y otros negocios ilegales.

“Cadetes y oficiales de la Policía local, ¿juráis a la Patria seguir constantemente su bandera y defenderla hasta perder la vida?”, pregunta Scioli a los nuevos uniformados de chaleco y boina azul. La pregunta obligada es: ¿para qué guerra se están preparando?

La propaganda oficial del Gobierno de la Provincia de Santa Fe, que adorna las carteleras de publicidad, también está llena de policías y patrulleros cero kilómetro. Entre los chiches nuevos de la poli santafesina se exhibe un lujoso ¡camión hidrante! ¿Van a perseguir a los narcos o ladrones con chorros de agua? ¿O es que el versito de la seguridad les sirve para prepararse para otras tareas?

Si nos remitimos a la historia de nuestro país, la principal guerra que ha llevado adelante el Estado (que no somos todos), ha sido contra el pueblo que habita este territorio. Inauguró su existencia con el genocidio contra los pueblos originarios en la Patagonia y el gran Chaco, acrecentó su prestigio con la Semana y la Patagonia Trágica, dejó millares de muertos a las órdenes de la Forestal, bombardeó desde el aire Plaza de Mayo y procuró exterminar a 30.000 hijos de este pueblo, queriendo borrar hasta las huellas de su muerte (por sólo mencionar los hitos más notables de su práctica).

Por eso, tratándose de recetas calcadas de dos Estados que hoy llevan adelante el terrorismo contra su población, como Colombia y México, ¿policía local para qué victoria?

 

TE QUIERO A TI PARA LA POLICÍA

“Acompañanos en el cambio, sumate a la Policía Federal Argentina”, dice el spot del Ministerio de Seguridad de la Nación, en la que tres jóvenes agentes cuentan lo que es tener vocación y amar la profesión. Pero más allá de la propaganda oficial, el reclutamiento viaja de boca en boca en cada curso de último año de secundaria.

Sólo en 2014, más de 26 mil jóvenes se anotaron para ingresar a la policía de la provincia de Buenos Aires. Basta observar las colas de cuadras y cuadras de pibes y pibas que se inscriben para las policías locales en las grandes ciudades del territorio bonaerense. Cualquier joven que curse el último año del secundario, o algún plan de terminalidad como el FINES, sabe que con solo acceder al curso, se comienza a percibir una beca de $3.500, y seis meses después, con la graduación se cobra un sueldo de $10.000. Para estudiar cualquier otra carrera no existe una beca de tan fácil acceso. Meterse en la policía es una tentadora salida laboral para quienes no pueden estudiar.

El presupuesto de 2015 que proyectó Scioli como gobernador estipuló un aumento del 66% para las fuerzas de seguridad, mientras que para Salud y Educación fue del 28% y Desarrollos social, del 31%.

Ante las pocas posibilidades de abrirse camino al mundo laboral, la oferta fácil del ingreso a alguna fuerza es una opción considerable. Según el INDEC, el 17,7% de los jóvenes de entre 18 y 24 años se encuentra desempleado. La precariedad laboral se expresa también de manera notoria, donde seis de cada diez trabaja en la informalidad.

“La posibilidad de convertirse en agente de las fuerzas de seguridad es algo habitual para los chicos y chicas de los barrios, porque en pocos meses garantiza una salida laboral. En tres meses una persona es agente, con un sueldo, en blanco”, explica Lucrecia Cuello.

Se genera una convivencia mucho más cercana en los territorios, porque la policía como institución está presente -con sus acciones punitivas-, pero también en las relaciones de los ámbitos familiares, porque hay un amigo, una hermana, un primo que es policía. “Por eso se debe ser claro en que este problema no es particular, con uno o dos policías, sino con la institución, las decisiones políticas y el sistema”, concluye la integrante de Jóvenes por Nuestros Derechos.

 

CUANDO PASE EL TEMOR

El 31 de Enero de 2015 se realizó una caravana multitudinaria por las calles de La Matanza, al cumplirse seis años de la desaparición y asesinato de Luciano Arruga. La marcha partió desde la plaza que lleva su nombre en el barrio 12 de Octubre, donde vivía. Y terminó en la colectora de General Paz, cerca del lugar en el que el último día de enero de 2009 un auto lo atropelló cuando intentaba cruzar desesperado.

Vanesa Orieta, hermana de Luciano Arruga, encabezó la movilización con el micrófono en mano e interpeló a los vecinos de Lomas del Mirador durante más de 30 cuadras: “Luciano está desaparecido, vecino y vecina, por haberse negado a robar para la policía de este barrio. La misma policía que trata por medio de amenazas de incorporar a los jóvenes de los barrios humildes a redes delictivas manejadas por la policía. Vecino, vecina: usted lo sabe, sabe de las zonas liberadas, de los desarmaderos de autos, de los expendios de drogas, de los delitos cometidos en complicidad y con participación de la policía. Por lo tanto, vecino y vecina, dejemos de criminalizar a los pibes que viven en los barrios y empecemos a poner el acento en esa policía que está al servicio del delito y somete a nuestros pibes a detenciones arbitrarias, a torturas, al gatillo fácil, a desapariciones forzadas. Empecemos a tener conciencia de que hoy, los pibes en los barrios humildes no son respetados”.

En la puerta de la ex comisaría de la calle Indart, donde a Luciano lo golpearon y maltrataron en varias oportunidades, Vanesa le habló al propio barrio que insistió para que la bonaerense abriera un destacamento en su zona por el miedo a la inseguridad. Hoy ese lugar fue recuperado y transformado en un Espacio para la Memoria. Pero por las dudas, el destacamento se mudó a tres cuadras.

Así las cosas, habrá que animarse a enfrentar un discurso dominante que además de los medios tiene la fuerza, y cada vez más fuerza.

Lo que está de fondo, más allá de la represión y la contención ante el posible descontento popular en un contexto de ajuste, es el modelo de sociedad al que se apunta con estos proyectos: el de la vida militarizada para una sociedad controlada a través de mecanismos coercitivos, de la vigilancia y la vigilanteada. Y esa no es una salida segura, para nadie. Porque hasta a seguro se lo van a llevar preso.

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