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Por Julián Maradeo*

 

Francisco lo hizo. Silenciosamente, pero lo hizo. Pocos repararon en que, tras los gestos, en apariencia renovadores, de Jorge Bergoglio, se escondía una estrategia neoconservadora. Apenas dos movimientos dignos del Ogro de Bakú lo demuestran. Mientras Occidente se extasiaba por el sismo que había provocado la elección de un varón sudamericano para ocupar la silla petrina, el ex arzobispo de Buenos Aires restablecía relaciones con el poderosísimo –y clausurado- Instituto del Verbo Encarnado (IVE), creado en la década del 80 en Mendoza, alma mater de la alianza clérigo-militar.

Segundo movimiento: en mayo, mientras planeaba en el avión que lo regresaba a Roma, Bergoglio lanzó otro bombazo, refiriéndose a la conservadora Fraternidad San Pío X: “El año pasado di la licencia para la confesión a todos ellos, también una forma de jurisdicción para el matrimonio”. Así, Bergoglio continuaba el camino iniciado por Benedicto XVI, quien en 2009 le había levantado la excomunión a esta congregación que se opone a que las misas se den en castellano, y no en latin, y a todo lo planteado a partir del Concilio Vaticano II. Como si hiciese falta mostrar que todo seguía igual, casi en simultáneo, Richard Williamson, el obispo lefebvrista que se refugiaba en La Reja (Moreno), negaba el Holocausto.

Sin embargo, ambos movimientos sólo tienen rebote dentro del campo católico. Fuera de él, estas decisiones emergen, comúnmente, a causa de algún exabrupto, por medio del cual quedan al descubierto su misoginia, la mirada retrógrada de la historia -por caso, al aseverar que la verdadera Argentina es la hispánica, pre 1810-, su antisemitismo, la coerción a la que someten a sus integrantes, etcétera. La pedofilia eclesiástica es el verdadero talón de Aquiles del Papa. Es decir, de la institución que pretende erigirse en el faro moral que vigila el andar de los ciudadanos de a pie. Los hechos lo contradicen.

Dato de Mariana Iglesias y Lucia Toninello: desde 2002, cuando se conocieron los abusos cometidos por Julio César Grassi, hay 59 curas y 3 monjas denunciados por ese delito en Argentina.  Ante ese efecto dominó, la reacción de la curia es una y siempre la misma: el hermetismo. ¿Qué sentido tiene? Uno muy profundo y que responde a la ontología de este tipo de instituciones milenarias: el paso del tiempo garantiza, a priori, que luego de alcanzar el clímax los grandes problemas desaparecen y permanece la institución. Por este presupuesto es que Francisco apeló a la misma caja de herramientas que ha utilizado el Vaticano en situaciones análogas. Primero, lanzó un protocolo que indicaba cómo actuar ante la aparición de casos. Luego, amenazó públicamente a los curas y obispos que encubriesen a los acusados. Y, por último, pidió que se acompañe a las víctimas.

Lo que no vio venir la jerarquía católica es la organización de quienes padecieron los abusos. Con la estadounidense Barbara Blaine, presidente de Survivors Network of those Abused by Priests (SNAP), a la cabeza del movimiento mundial, en Argentina, todo comenzó, en 2014, a partir de la decisión de la platense Julieta Añazco. Quizá sin querer, Añazco expuso algo que no hay que olvidar: Francisco es Bergoglio. Pues, cuando vertebró a las numerosas víctimas, se encontró que muchas, ilusionadas con su llegada a Roma, habían enviado cartas o copias de sus causas y, a vuelta de correo, recibieron lo mismo: silencio. Ergo, complicidad. El caso que rompe los ojos es el del Instituto Antonio Próvolo, entre cuyos curas acusados se encuentra Nicola Corradi  (82), quien formó parte del contingente enviado al país a mediados de la década del 80 luego de que se descubriesen los abusos perpetrados en Italia a lo largo de un cuarto de siglo. No obstante, el Vaticano simuló enterarse a fines de 2016 cuando estalló todo en Luján de Cuyo.

En un claro salto cualitativo, las víctimas ya no se reconocen como tales. No. Son sobrevivientes. Su nueva identidad no sólo refleja el calvario que debieron atravesar, sin olvidarse de aquellos que prefirieron terminar con su vida antes de continuar con el tormento, sino también el momento en que decidieron organizarse para luchar en reclamo de justicia. Aunque, a decir verdad, todas manifiestan un deseo muy íntimo: cuidar a los chicos que corren, hoy, el mismo peligro.

 

*Periodista, realizador del documental “No abusarás”.

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