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Usted ha investigado Plan Cóndor y la participación estadounidense en las dictaduras latinoamericanas durante décadas pasadas, ¿de qué manera opera el departamento de inteligencia norteamericano en esta época?

La Operación Cóndor fue una operación de contrainsurgencia que se da en el marco de la doctrina de seguridad nacional, que fue el plan general para las dictaduras del Cono Sur que nos impusieron desde los Estados Unidos en los años de los 60 y los 70.

En principio y especialmente en Chile, la Operación Cóndor tuvo la característica de elegir víctimas que fueran figuras importantes. Pero además, fueron atrás de los dirigentes de las organizaciones que habían conformado la coordinadora guerrillera en Sudamérica. Por eso decimos que tuvo un objetivo contrainsurgente.

Es interesante también recordar cómo realizaban operaciones de guerra sucia, guerra psicológica y contrainsurgencia, utilizando a la prensa como aliados. Vale decir también que la Operación Cóndor no fue la única, sino tal vez es la que dejó más huella.

Es importante recordarlas para entender que hoy estamos ante un esquema también contrainsurgente, aunque de otro tipo. Entonces hemos visto asesinatos a campesinos en Paraguay, como también sucede en Honduras. Tenemos que saber que esa contrainsurgencia -con otros elementos- se sigue desplegando en estos tiempos, y que estos procesos de guerra sucia y guerra de baja intensidad, tienen fundamentalmente a los medios masivos de comunicación y a diversas ONGs trabajando para ellos.

¿De qué hablamos cuando decimos injerencia norteamericana en  América Latina?

La injerencia estadounidense en nuestro continente fue total, porque está demostrada su participación en todos los golpes de estados del continente.

La injerencia actual es de otra manera, porque se trata de un nuevo esquema de guerra de baja intensidad. El nuevo esquema se trazó en 1990 con el protagonismo del Comando Sur y el Pentágono. Desde entonces hubo muchas operaciones, muchas de las cuales fueron coordinadas desde diferentes ONGs, porque cuando quedó descartado lo de la CIA, tuvieron que buscar otros mecanismos. Así, existe por ejemplo la denominada Fundación para la Democracia (NED por su sigla en inglés National Endowment for Democracy), o la USAID, que actúan en todos nuestros países y que sirven como plataforma para el departamento de Estado.

¿Qué papeles cumplen esas ONG diseminadas en nuestros países?

Supuestamente son organizaciones que manejan dinero para el desarrollo de la región. Hoy por hoy, el 80% de las organizaciones no gubernamentales que hay en nuestro continente, relacionadas en una intrincada red de araña, son de procedencia estadounidense. Estas fundaciones trabajan sobre sectores campesinos, sobre sectores políticos, sobre la justicia, los parlamentos, sectores estudiantiles e incluso movimientos sociales. Tienen una fuerza muy fuerte en las redes sociales y muchas veces se desenvuelven como anónimos. Tienen un trabajo de etapas extraordinario y esto quedó demostrado cuando fue el golpe a Chávez en Venezuela, donde el dinero que iba a las fundaciones con fines supuestamente benéficos terminó financiando a los golpistas.

Hay que decir que no necesariamente la gente que trabaja en una ONG, sabe exactamente para quién está trabajando.

Obviamente además de la invasión de las ONG tenemos la invasión militar con las Bases y las agencias de inteligencia que se diseminaron por el mundo con la excusa de la lucha antiterrorista. Es una presencia activísima. Hay 70 bases militares en la región y una intercomunicación de centros de inteligencia en común que les ha posibilitado montar la red de espionaje que ha quedado expuesta en el último tiempo. Y si a eso le sumamos la presencia de la Cuarta Flota, la amenaza es grande.

En un reciente artículo usted dice que como latinoamericanos debemos comprender que somos “las resistencias a vencer”. ¿Cuál es la preocupación del imperialismo sobre la región?

Nosotros estamos en un momento de ofensiva. El proceso que está surgiendo en América Latina es un proceso emancipatorio. Tenemos muchos peligros, claramente. Tenemos la Alianza para el Pacífico surgida con la idea de dividir al continente, pero que está atravesando fuertes contradicciones. Porque como los países que lo integran deben realizar Tratados de Libre Comercio con Estados Unidos, eso está generando fuertes resistencias en los pueblos.

El imperio tiene muchos problemas internos, pero como dijo el secretario de estado John Kerry, nosotros somos el patio trasero para ellos, es decir que en algún momento vendrán y cuando se cansen van a recurrir a la fuerza.

¿De qué manera se puede enfrentar el constante asedio del imperialismo?

Hay que tener claro que Estados Unidos cuenta con el aparato para hacernos la guerra cotidiana todos los días de su vida, sobre todo ante la integración latinoamericana actual que, con grandezas y debilidades, debe pensar en una defensa y una acción común.

Uno no puede quedar encerrado en un libro Orwelliano, en una indefensión total.

¿Cuál es el desafío inmediato de nuestros pueblos si se quiere alcanzar una verdadera integración regional y -por qué no- la segunda y definitiva independencia?

Es un momento histórico, es un momento en el que tenemos que tomar conciencia de lo que estamos viviendo. Y tenemos que resistir, porque en este siglo XXI, o nos salvamos y terminamos con la dependencia o viviremos otro siglo de recolonización. Porque la expansión global del imperio en este momento es muy violenta.

La resistencia es en gran parte cultural, porque culturalemente es donde se toma conciencia, se forja un pensamiento y un posicionamiento crítico. Hay que rebelarse, conocer qué es el colonialismo y qué es la dependencia, y luchar contra eso. El problema es no darnos cuenta del momento. Tenemos que fortalecernos desde las bases, recordando que los gobiernos de la integración surgieron de los que caminaron en las carreteras, en las calles, los que se opusieron al neoliberalismo, que se levantaron, enfrentaron y murieron en la lucha. Esas mismas bases deben luchar por la unidad de los latinoamericanos. La unidad latinoamericana es la única salvación y también una demanda histórica.

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