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“Si yo quisiera podría ahora mismo, presentarme y decir: soy un hombre. Y tal vez sería cierto”.

Mauro Cabral

La pregunta es si la verdad de la sexualidad, del género o de la identidad siquiera se halla en los cuerpos. Entonces la intersexualidad, mucho más que una letra sumada a la sigla de la diversidad, viene a derribar toda especulación. La afirmación de Mauro Cabral, extraída de Cumbia, copeteo y lágrimas (2007) pone en juego no sólo la autoafirmación en un género masculino, sino que señala tal vez indirectamente a todas las instancias que construyen y certifican la masculinidad de varones y la feminidad de mujeres como algo auténtico e indiscutible. ¿Hace esa afirmación a una persona intersex o trans, o gay? Ciertamente no. Cualquier varón podría, como podría cualquier mujer que así quiera nombrarse, hacer y deshacer su propia condición.

La cuestión con la intersexualidad es más compleja por empezar porque excede a la subjetividad y a la propia voluntad de constituirse como varón o mujer, sino que vuelve, como un sueño pesadillezco a la autoridad médica para intervenir los cuerpos de niñxs cuyos genitales se presentan al nacer cuanto menos de manera confusa ante la mirada obtusa y normalizadora de la medicina.

Las unidades de medición son aplicadas no sólo para considerar el tamaño de los objetos, sino también de las personas y sus partes. Y las partes en cuestión, están entre las piernas.

John Money, fallecido en 2006, fue el sexólogo que comenzó a experimentar quirúrgicamente en la intervención de los cuerpos de niñxs cuyos genitales eran ambiguos. Esta ambigüedad se estableció sobre una regla, o un parámetro según el cual los penes que midieran entre 2,5 y 5 centímetros y los clítoris que no excedieran el centímetro, serían considerados los tamaños de la normalidad. Esta concepción, siempre entendida en el marco de pensar como las únicas opciones posibles, las de ser varón o mujer.

Bien podría al mundo no importarle que sus genitales sean medidos al nacer. Claro que si la medida obtenida se encuentra dentro de los parámetros esperados, ser indiferente o ignorar estos procedimientos, podría ser una opción. Sin embargo, es muy difícil imaginar que la decisión tomada por lxs padres/madres de unx niñx cuyos genitales no son identificados como “normales”, se niegue a la intervención quirúrgica de “normalización” que la sugestión médica propone. Esa intervención sobre el “problema” de su hijx, tiene consecuencias el resto de la vida en la relación de esa persona con su propio cuerpo.

El doctor John Money fue el primero, pero sus exploraciones fueron luego de rutina. Entonces, los genitales de entre 1 y 2,5 centímetros debían operarse para normalizar a esx individux y, como era más sencillo emular quirúrgicamente una vagina que construir un pene, dicha intervención tendería en esa dirección. Las personas intersex han visto afectada su sensibilidad genital y su capacidad de goce al haber sido sometidas a operaciones mutilantes que afectaron no sólo sus cuerpos sino sus subjetividades y autoestima.

La nuestra es todavía una sociedad pacata que se alborota cuando se habla de prácticas sexuales disidentes a la norma heterosexual hegemónica. Testimonios como el de Mauro Cabral son prueba suficiente de que la “diversidad” excede las prácticas y las identidades autopercibidas. Muy lejos está el orgullo y la obtención y reivindicación de derechos de subsanar las diferencias que se llevan en el cuerpo y con el cuerpo se pagan.

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