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> Por Ramón Raggio*

Para comprender la verdadera riqueza de los trágicos hechos del 26 de junio debemos escapar a la nostalgia. No se acota la cuestión a un hecho meramente reivincativo y de homenaje. El análisis sobre la Masacre de Avellaneda debe estar englobado en un registro de absoluta actualidad.

El fenómeno del kirchnerismo no podría ser comprendido al margen de los sucesos del 2001. El pico de movilización y disputa en las calles que significaron las jornadas del 19 y 20 de diciembre, marcaron y forjaron a fuego a una diversidad de militantes. Se comprendió entonces la potencia y la fuerza de un pueblo movilizado. No sólo desde los diversos espacios populares de militancia que pujaban por un cambio, sino también por los entonces gerentes del orden.

Los asesinatos de Darío Santillán y Maximiliano Kosteki formaron parte de un plan aleccionador -al decir del entonces Jefe de la SIDE Carlos Soria-. Hecho el golpe a los sectores más movilizados y dinámicos, el esquema consistía entonces en consolidar un Estado abiertamente represivo, capaz de mostrar orden y control sobre la protesta social a los organismos internacionales.

Este intento fracasa con la resistencia de las organizaciones y la creciente presión social sobre Eduardo Duhalde, desembocando posteriormente en una salida apresurada del poder. Se abre entonces una doble dinámica.

Con las elecciones de 2003 se da comienzo a un proceso de recomposición y normalización institucional. El acceso de Néstor Kirchner a la presidencia significó la estabilidad que reclamaban los sectores dominantes. Transferido el coste de la devaluación a los sectores populares por su antecesor, se abre una vía hacia la paz social y la estabilización de beneficios y ganancias.

En simultáneo opera un pasaje a segundo plano del dinamismo y conflictividad de los meses previos. Este reflujo de las fuerzas sociales se traduce en una propuesta de canalización democrática con ciertas concesiones sociales, inclusión de ciertas demandas históricas del campo popular al programa de gobierno e incorporación de sectores movilizados a espacios gubernamentales.

El relato oficial actual circunscribe la militancia política y la juventud ligada a ella al momento de consolidación del kirchnerismo. Sin embargo, las experiencias de lucha y resistencia del pueblo vienen de larga data. Darío Santillán y Maximiliano Kosteki son ejemplos de esa tradición de lucha, no comprendida en el relato oficial. Son expresión de otra política: esa que siente su intervención desde una dimensión integral atada a la solidaridad, al compromiso y a la combatividad desde las bases.

Comprender entonces que estos militantes fueron ejemplo de política transformadora y prefigurativa es comprender que su masacre significó un cambio de etapa en nuestro país. Permanecen aún abiertos los desafíos y el capítulo actual para esa generación que apuesta a un pueblo movilizado con un horizonte realmente transformador.

*Miembro del Colectivo editorial de Marcha.org.ar

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