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La historia de la Iglesia Católica, y su representación jerarquizada, está cubierta por un velo, que termina por ser una gruesa capa, de encubrimientos y sangre. El poder del Vaticano es tal que podríamos decir, sin riesgos a parecer exagerados, que para la Santa Sede, lo que no es santo, es secreto.

El Archivo Secreto del Vaticano viene ocultando y haciendo “desaparecer” documentos desde, se estima, el Siglo IV. Textos, archivos y documentos que deberían pertenecer al patrimonio y estudio de la humanidad posiblemente nunca vean la luz gracias a los Pactos de Letrán, acuerdo firmado por Benito Mussolini y la “Santa Sede” en 1929, que otorgó al pequeño territorio italiano estatus de Estado Independiente, soberano, autónomo y con libertad para establecer sus leyes, tener su ejército y sus propias relaciones diplomáticas.

En el último siglo, gran parte del poder del Vaticano se ha construido en alianza con los sectores más reaccionarios y conservadores de las elites gobernantes, en acuerdo con el nazismo y el fascismo y con el financiamiento directo de las mafias, sobre todo italiana y norteamericana.

Todos podrán acordarse la trama secundaria de la última saga de El Padrino, donde un Corleone entrado en los cincuenta, con ánimos de retirarse, que no tiene mejor idea que entablar lazos con el Banco del Vaticano y un grupo financiero del Instituto para las Obras de Religión (IOR). Para muchos, la incursión del director del film, Coppola, en este asunto es sólo un detalle para “aggiornar” al personaje, cuando la realidad es que esconde grandes denuncias, entre ellas, la muerte de Juan Pablo I -que quiso detener el “manoseo” del Banco Ambrosiano y murió misteriosamente con sólo treinta y tres días como Papa y al que no se le realizó nueva autopsia después de los escándalos que ocasionó su fallecimiento- y, por otro lado, la firme amistad de Roberto Calvi, conocido como “El banquero de Dios” y Michele Sindona, banquero de la Mafia.

En el año 2010, por el fenómeno de la difusión de documentos clasificados conocida como VatiLeaks, el ex director general del IOR Gotti Tedeschi debió renunciar, entre otras cosas, por no poder fundamentar la transferencia de 28 millones 904 mil dólares de dos entidades del Vaticano a su banco.

Se estima que hoy en día, de los aproximadamente ciento ochenta institutos financieros italianos, por lo menos un tercio posee dinero del Vaticano, además de tener inversiones en empresas y fábricas de todas las ramas (inmobiliarias, destilerías, hierro, alquitrán, acero, textiles y mucho más) y un gran caudal de tierras distribuidas en todo el globo. Para el Vaticano los duros momentos económicos que azotan al mundo fueron una excusa perfecta para que la canonización de Juan Pablo II y Juan XXIII se convirtiera en todo un show mediático y sus patrocinadores fueran grandes petroleras y bancos.

El Diego, bien fiel a su estilo maradoniano, alguna vez expresó: “Entré al Vaticano y vi el techo de oro. Y me dije cómo puede ser tan hijo de puta de vivir con un techo de oro y después ir a los países pobres y besar a los chicos con la panza así. Dejé de creer, porque lo estaba viendo yo”. Tal vez no sea la mejor manera de decirlo, pero no se puede negar que hay una verdad tras sus dichos y que, poco a poco, fue calando en el pueblo.

La designación de Bergoglio al mando de la iglesia puede tener una explicación en la lectura del Vaticano de recuperar peso ante el alejamiento masivo de la gente de la estructura eclesiástica (que no debe confundirse con un alejamiento de la creencia o no en un Dios) y un posicionamiento de la mira en América Latina. Un nuevo intento, que no será el último, del Vaticano por resignificar su imagen y su rol, criticando -y hasta ahí- su papel en el pasado y modificando, al menos discursivamente, posturas políticas definidas.

En ese marco, vale preguntarse, ¿cómo hará una Iglesia que no ha parado de enriquecerse mientras el mundo se destruía, para poder volver a llamarse “La Iglesia de los desposeidos”?

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