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Por Armando Cassinera*

Históricamente, el lugar natural de desarrollo de la investigación científica ha sido la universidad pública. “La Noche de los bastones largos” en julio de 1966, un mes después del derrocamiento de Arturo Illia y posteriormente la última dictadura militar, consolidaron un modelo de universidad y separaron la investigación científica hacia otros ámbitos supuestamente menos politizados.

En el caso del CONICET, desde 1983 en adelante, cada gobierno le ha dejado su impronta. En los últimos años, a partir de la nueva estructura de funcionamiento del CONICET, se ha impulsado el crecimiento y creación de nuevos Centros Científicos Tecnológicos (CCT). Este proceso tiene como hecho político fundante, la creación en el año 2007 del Ministerio de Ciencia Tecnología e Innovación Productiva que tiene la particularidad de que el único organismo de Ciencia y Técnica que está bajo su jurisdicción administrativa es el CONICET.

Lo primero que se debe señalar es que los diversos organismos de ciencia y tecnología no conforman un sistema sino que se organizan y funcionan como compartimentos estancos. La creación del ministerio no vino a jugar un papel aglutinador y organizador en ese sentido, aunque sin dudas, el sólo hecho de su creación es muy significativo.

El presupuesto global destinado al sector, si bien ha crecido en términos nominales, se mantiene aproximadamente en los mismos niveles porcentuales del PBI siendo los rubros de infraestructura edilicia y equipamiento lo más destacable.

Pero es en la cuestión política donde se establecen las mayores controversias. No existen canales institucionales para discutir política científica democráticamente ni se abre la discusión al resto de la sociedad. En ese sentido prevalece el criterio elitista de que la ciencia es cuestión exclusiva de los científicos. Lo que queda de lado es que la investigación científica se realiza casi exclusivamente en organismos públicos por lo cual la sociedad tiene legítimo derecho de opinar al respecto.

El actual ministro de Ciencia y Técnología, Lino Barañao, ha definido como áreas prioritarias a la Biotecnologia, la Nanotecnología y las Tecnologías de la Información y la Comunicación (TICS) y ha elegido a los sectores económicos más concentrados y hegemónicos como los principales beneficiarios.

La biotecnología, por ejemplo, tiene su principal demandante en el modelo agrario industrial, extractivista y concentrado y a la empresa Monsanto como “aliada estratégica”. Cabe mencionar que el propio CONICET debió dejar de otorgar el Premio Monsanto que concedía antes de la creación del ministerio, por cuestionamientos éticos realizados desde la entonces Secretaría de Ciencia y Tecnología. Hoy la vinculación con Monsanto es política de Estado.

La sociedad Estado-agroempresarios se expresa en instituciones como el INDEAR, centro de investigación tecnológica ubicado en un predio de la Universidad Nacional de Rosario, que une a científicos del CONICET y a la Universidad Nacional del Litoral con empresarios del agro, entre los que se encuentra el denominado “Rey de la Soja” Gustavo Grobocopatel. “Estamos en una revolución verde de la magnitud histórica de la revolución industrial inglesa”, dijo Grobocopatel en mayo pasado, quien ha agradecido el esfuerzo del gobierno en materia de investigación y ha expresado en más de una oportunidad que “el principal agregado de valor es el conocimiento”.

También en el sector de medicamentos hay desarrollos biotecnológicos. En ambos casos está presente de una u otra manera el negocio de las patentes y la apropiación de los conocimientos generados con recursos públicos y por científicos formados en la educación pública.

A nivel mundial, la ciencia comprometida con los objetivos del capitalismo ha hecho enormes aportes para que vivamos cada vez peor.

Los remanidos argumentos de la tecnología de punta, la excelencia académica, etc, apuntan a enfatizar sólo un aspecto de la investigación científica y tecnológica que es el “saber cómo” y deja de lado intencionalmente el “saber qué”, es decir a dónde apunta la política científica.

Es imprescindible propiciar la discusión amplia del rol de la Ciencia y la Tecnología y tener en cuenta el ejemplo de las Madres del Barrio Ituzaingó que ante la presencia inusual de casos de cáncer en los niños del barrio se pusieron a investigar seriamente y terminaron enfrentando, acusando y condenando al modelo sojero que los está matando con sus fumigaciones.

*Profesional Principal del C ONICET. Delegado de ATE-CONICET, Rosario.

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